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De uno de los edificios intactos que había allí salieron dos policías uniformados y, junto con el chófer, se pusieron a la tarea de plegar la capota del coche y guardarla en la parte de atrás. La fina llovizna que persistía desde el amanecer empezó a caer sobre nosotros.

El primer ministro observaba con calma la operación. Cuando el conductor volvió al volante, Churchill se puso de pie y apoyó su peso en la larga barra metálica que había en la parte delantera del compartimiento.

—Caballeros, ustedes decidirán si quieren ponerse de pie o permanecer sentados —dijo—. A este tiempo de hoy, del que no tenemos escapatoria, quizá prefieran plantarle cara conmigo aquí arriba. En realidad, tratándose de distancias cortas, es bastante más cómodo estar de pie. Jefe de escuadrilla, verá que si se coge con fuerza de esta barra podrá sujetarse perfectamente bien.

El ayudante civil y yo nos pusimos de pie y, tal como había dicho el primer ministro, descubrimos que de aquel modo los tres estábamos más cómodos. Churchill rebuscó algo en sus bolsillos, pero mi compañero se adelantó a él con presteza, sacó una caja de fósforos y encendió uno. Mantuvo quieta la llama para que el primer ministro pudiera encender su puro.

Churchill aspiró dos o tres profundas caladas, humedeció el puro en su boca y declaró que estaba listo. El coche empezó a avanzar a menos de veinte kilómetros por hora.

Detrás de nosotros, los otros ayudantes de campo estaban asimismo de pie en sus coches. A una velocidad constante, la pequeña caravana avanzó entre casas, almacenes y muelles bombardeados.

Nos acercamos a una esquina en particular y vimos a un grupo de mujeres del servicio femenino de voluntarias que habían montado una tienda en la que se servía comida caliente y bebidas. Alrededor de ella se había congregado una multitud; una apreciable cantidad de aquella gente miraba con expectación. En el momento mismo en que nuestro coche fue avistado, estalló un gran clamor; todo el mundo levantó la mano y gritó saludando con entusiasmo. Las personas que estaban dentro de la tienda salieron a toda prisa para unirse a la muchedumbre. Todo el mundo agitaba los brazos. Algunas personas llevaban la Union Jack. El ruido era tremendo.

En seguida, Churchill se quitó el sombrero, lo sacudió jovialmente y sostuvo su gran puro para que todos lo vieran. Los gritos se intensificaron.

—¿Estamos desmoralizados? —gritó él.

—¡No! —fue la respuesta inmediata.

—¡Dales su merecido, Winnie!

—¡Aguantaremos!

—¡Adelante, señor Churchill!

—¡Demuéstreles quiénes somos!

El coche siguió avanzando lentamente. Los integrantes de otra multitud más pequeña que estaba más allá de la tienda oyeron el ruido y tan pronto como estuvimos a la vista se inició otra gran conmoción. Churchill agitó su sombrero, alzó los brazos ante la gente y aspiró expresivamente el humo de su puro.

—¡Aguantaremos! —exclamó.

—¡Aguantaremos lo que haga falta! —respondió la multitud.

—¡Paguémosles con la misma moneda!

—¡Dele su merecido a Adolf!

—¡Dios salve al rey!

—¡Hurra!

—¿Estamos desmoralizados? —gritó el primer ministro agitando su sombrero y dando una calada al puro.

Esto continuó durante casi dos kilómetros; las multitudes, mantenidas en orden por atentos policías —todos ellos, pude observar, estaban ansiosos por ver al famoso visitante—, flanqueaban las calles. Llegamos a una zona totalmente destruida en la que las máquinas todavía no habían empezado a trabajar retirando los escombros. Era impresionante pensar que toda aquella masa de trozos de hormigón, vigas astilladas, ladrillos rotos, millares de fragmentos de cristal, grandes charcos de agua, enhiestos hierbajos que habían brotado entre las ruinas, una vez habían sido hogares y lugares de trabajo. Allí no había nadie, probablemente debido a que no quedaba ninguna casa en pie; no había razón, pues, para quedarnos. Permanecimos de pie mientras pasábamos en silencio por el estrecho espacio aún transitable tras el trabajo nocturno de la Luftwaffe.

Finalmente, la caravana llegó a una zona menos dañada y se detuvo junto a un alto edificio Victoriano. Aparte de algunas ventanas tapiadas con tablas de madera y los omnipresentes sacos de arena, el edificio no parecía tocado por las bombas. Un cartel cerca de la entrada principal informaba de que se trataba del hospital de Whitechapel. Una fila de policías uniformados nos estaba esperando en el patio para recibirnos, y todos saludaron a Churchill cuando éste bajó del coche. Entramos en el hospital con paso rápido; por primera vez en ese día, la pierna herida me causó problemas, pero aun así conseguí no quedarme atrás. Oímos un rugido cada vez más fuerte; en el patio se había reunido una multitud para dar la bienvenida al primer ministro, y en todas las ventanas y puertas se apiñaba la gente para agitar los brazos, gritar y saludar.

Churchill levantó el sombrero, miró en todas las direcciones y dio una alegre calada a su puro.

—¿Estamos desmoralizados? —gritó a la multitud.

—¡No! —vociferaron todos en respuesta, mientras agitaban banderas con entusiasmo.

Dimos una vuelta por las salas, hablamos con los médicos, enfermeras y camilleros, charlamos con los pacientes. Churchill se demoró especialmente en la sala de niños y conversó no sólo con los pequeños sino también con sus padres. En todos los sitios el mensaje era el mismo, repetido sin cesar, con apenas alguna variación menor:

—Continuaremos hasta el final, no nos rendiremos nunca, ya hemos puesto a Hitler a la defensiva, podemos aguantar lo que nos eche, se llevará alguna buena sorpresa.

Después del hospital le tocó el turno a una gran escuela en Leytonstone; había recibido el impacto directo de una bomba alemana lanzada con paracaídas. Y más tarde fuimos hasta la High Road de Leyton, que había sufrido un duro bombardeo; allí, la gente estaba agrupada a ambos lados de la calle. En cada unos de estos sitios, Churchill repetía su actuación con el sombrero, la sonrisa y el puro.

A la hora de comer regresamos a la sede del Almirantazgo. Después de un ligero gesto de su cabeza y unas palabras de agradecimiento, Churchill desapareció en el interior del enorme edificio. Para entonces, yo ya estaba agotado por las multitudes de la mañana y los gritos y las largas caminatas entre la gente. Churchill mantuvo su dinamismo y vigor hasta el final. Junto con mis colegas ayudantes de campo tomamos una comida ligera; después de eso, vinieron nuestros respectivos coches para recogernos y llevarnos a casa. En cuanto llegué a mi cuarto en la base de Northolt, me acosté y me quedé dormido al instante.

El día siguiente no hubo actividad, pero al otro fui llamado otra vez al Almirantazgo. Esta vez, la excursión fue a la orilla sur del Támesis, a los barrios de Southwark y Waterloo, que habían sido devastados por una incursión a finales de abril. Al día siguiente regresamos al East End y la zona de los muelles. Dos días más tarde, el séquito viajó al norte para visitar las partes más castigadas de Birmingham, Coventry, Manchester y Liverpool. Después de una semana, de regreso ya en Londres, salimos inmediatamente para hacer una visita a Battersea y Wandsworth.

Fui edecán de Churchill sólo durante tres intensas semanas, en el transcurso de las cuales me convencí de dos cosas en relación con el primer ministro.

La primera fue que en verdad era un gran hombre, un hombre capaz de inspirar la imposible creencia de que Hitler no sólo podía ser vencido sino que efectivamente lo sería. En ese verano de 1941, los alemanes estaban comprometidos en la primera fase de la invasión de la Unión Soviética, por lo tanto cedió la presión sobre las islas Británicas. Pero, en realidad, el peligro de ataques aéreos nunca desapareció, y la guerra submarina en el Atlántico estaba entrando en la etapa más peligrosa para los británicos. La lucha en el norte de África, que parecía prácticamente acabada tras desmoronarse el ejército italiano, de pronto tomó un nuevo y más preocupante cariz cuando Rommel asumió el mando del Afrika Korps y avanzó velozmente hacia Egipto y el canal de Suez. La mayor parte de Europa estaba ocupada por los alemanes. La Unión Soviética se batía en retirada. Los judíos estaban siendo agrupados en guetos; los campos de exterminio estaban construidos y listos para empezar su macabro trabajo. Los norteamericanos todavía no habían entrado en la guerra. Se mirara como se mirase, los británicos no estaban ganando en ninguna parte y las perspectivas no eran alentadoras. Churchill, sin embargo, estaba más allá de todo eso. Gran Bretaña jamás había tenido un líder más grande en una época peor.