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Ahora había recibido una carta de ella.

Le respondí ese mismo día. Redacté lo que pretendía que fuera una carta considerada, una que ayudara y fuera simpática sin intentar interferir de ninguna manera. Al final le decía, tan delicadamente como pude, que si ella creía que eso serviría de ayuda, yo podía obtener un breve permiso y viajar a toda prisa para verla.

Dos días más tarde recibí su respuesta. Sólo contenía una frase: «Ven cuanto antes».

De inmediato cursé una solicitud de permiso de cuarenta y ocho horas a la oficina del comandante de la base. Pero al mismo tiempo sentí que debía tomar una última precaución contra los impulsos del corazón. Escribí otra carta a Birgit; también de una sola frase.

«Si voy a visitarte», le decía, «¿es posible que vea a mi hermano?».

Ella no respondió. Partí tan pronto como el permiso me fue concedido.

20

Mis encuentros con Rudolf Hess en Mytchett Place duraron tres días. En cuanto supe quién era el prisionero, supuse que me habían enviado allí porque él me recordaba de nuestro encuentro en Berlín o que, por alguna otra razón, él había pedido verme. Nada podía estar más lejos de la verdad. En ningún momento pareció haberme reconocido, se mostró suspicaz respecto a mí y desde el primer día las únicas respuestas que de él obtuve fueron hostiles o carentes de interés.

En cinco años, las circunstancias de Hesshabían cambiado radicalmente. En 1936, era una de las personas más poderosas y temidas de Alemania, pero, desde que estaba arrestado en Mytchett Place, se había convertido en un prisionero de guerra a quien sólo se le permitían las comodidades y privilegios mínimos. Sus maneras intimidatorias habían desaparecido. Cuando abría la boca era para quejarse del trato o para plantear exigencias a las que yo simplemente no podía responder. Durante la mayor parte del primer día estuvo hosco y callado, y ni siquiera se mostró dispuesto a reconocer mi presencia en la habitación.

Las cosas mejoraron el segundo día. A pesar de que su suspicacia no había desaparecido, creo que empecé a obtener aquello para lo que había sido enviado por el propio Churchill. Ese día, y al siguiente, progresé más que el primero. Debido a las circunstancias, no se trataba de un encuentro ideal, pero cuando mi misión acabó, sentí que tenía alguna información importante para el primer ministro.

Dejé Mytchett Place en la mañana del cuarto día, inmediatamente después de un desayuno temprano. No volví a ver a Hess antes de irme. El coche me llevó rápidamente a Londres y me dejó en la sede del Almirantazgo. En mi mente giraba un embriagador cóctel de excitación, intriga, expectativa y los más prosaicos recuerdos de muchas horas de incómodo aburrimiento. Fueran cuales fueran las circunstancias, Hess era la peor compañía.

Apenas se supo que había regresado al Almirantazgo, fui llevado a una oficina de dos habitaciones que me había sido asignada en la última planta del edificio. Que mi investigación era algo prioritario quedó muy claro, ya que, además de aquella oficina, me destinaron una secretaria y un traductor. Se me aseguró que los archiveros de la biblioteca darían preferencia a cualquier requerimiento que yo les hiciera. Sintiéndome como si de repente hubiese sido lanzado a un mundo de intrigas que apenas entendía, me concentré para ordenar mis pensamientos e intentar escribirlos de forma coherente.

En los días siguientes trabajé arduamente. Cada mañana viajaba al centro de Londres desde mi base en Northolt. Durante ese tiempo, llegaron dos recordatorios desde la oficina del primer ministro en los que se me preguntaba cuándo podría estar listo mi informe. El factor tiempo era esencial y yo no debía olvidarlo.

Yo nunca había hecho un trabajo de ese tipo, y la organización del material confidencial me representó un serio problema. La primera versión de mi informe era demasiado larga y desordenada. Lo presentaba como un relato palabra a palabra de cada una de las conversaciones que había mantenido con Hess, que incluían la trascripción textual de las grabaciones (traducidas al inglés cuando hablábamos en alemán), y el soporte de mucho material y elaboración que pude obtener en los archivos de la biblioteca. Traté de hacer un relato exhaustivo, un informe definitivo, en el que comparé mis observaciones sobre Hess con todo lo que pude encontrar acerca de él en los archivos del Foreign Office. Ellos habían estado observándolo durante años, y tenían gran cantidad de información.

Victoria MacTyre, de la secretaría del Ministerio de la Guerra, que era la persona que me había sido asignada, se llevó el informe y lo hizo mecanografiar en su totalidad. Lo distribuyó entre cuatro dactilógrafas de una oficina que estaba en otra planta. Para tener una idea del volumen del informe, baste decir que les llevó un día y medio de intenso mecanografiado terminar el trabajo.

Cuando estuvo acabado, la señorita MacTyre lo llevó a mi oficina. Mientras el trabajo de dactilografía estaba en curso, ella se ocupó de leerlo todo. Me felicitó generosamente y me dijo que en los dos años de guerra nunca había leído un trabajo tan interesante como el mío. Sin embargo, me comentó que había un problema con él.

—Jefe de escuadrilla, debo advertirle que el señor Churchill no leerá el informe —me dijo.

—Creo que sí. Me lo pidió personalmente y me ha estado presionando para que se lo entregue lo más pronto posible.

—Entiendo lo que dice, señor. Pero le aseguro que le echará un vistazo y me lo enviará de vuelta.

—¿Por qué?

—Es demasiado largo —respondió—. Contiene un brillante análisis del tema y nunca he visto un informe con tantas referencias a otros materiales y tan apoyado en datos comprobados, pero hay una cuestión muy sencilla: el primer ministro no tiene tiempo para leer algo tan largo y tan detallado.

—Es que hay un numero increíble de ramificaciones —le dije—. Hasta que no fui a ese sitio, el Campo Z, no tenía idea de la complejidad de la situación. Si eliminara la mitad del material no definiría el problema.

—Lo que el señor Churchill pide —dijo la señorita MacTyre, con lo que más tarde me di cuenta de que era una inmensa paciencia—, lo que necesita, es un sucinto y fiable resumen de los puntos destacables. Tendría que incluir algún detalle cuando fuera imprescindible, pero cualquier material suplementario al que usted remita debería estar en un informe aparte. Ésa será la versión que analizarán los oficiales de Inteligencia y será utilizada como información básica en cualquier acción que el primer ministro decida emprender.

Con la continua presión de las expectativas de Churchill sobre mí, miré con melancolía el grueso fajo de hojas mecanografiadas preguntándome si sería capaz de organizar tan divagante y discursivo material. Todo lo que contenía necesitaba estar ahí, ya que todo lo que había aprendido en relación con Rudolf Hess tenía algo que ver con lo que yo mismo había descubierto. Empecé a pasar las páginas tratando de ver qué podría destilar a partir de ellas.

Después de dejarme solo con mi problema durante una hora, la señorita MacTyre regresó y rápidamente me ofreció una solución. Ella traía consigo una copia del informe que el Almirantazgo había encargado sobre los fallos cometidos durante la campaña de Narvik, a principios de 1940. Tenía cuatro páginas.

—Preparar esto llevó más de tres meses de trabajo —dijo mientras dejaba el informe sobre mi escritorio—. Las declaraciones que sirvieron de base llenaban unos quinientos folios. El señor Churchill leyó las primeras cuatro páginas, con las que se hizo una idea exacta de los principales aspectos de la cuestión. El resto del informe fue distribuido entre los varios departamentos que tenían que extraer lecciones de lo que había ido mal.