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Poco después de mi llegada, en 1942, escribí mi primera carta de una página permitida por el reglamento; era enviada por medio de la Cruz Roja. Escribí a mis padres y les di las noticias que ellos más deseaban saber: que estaba vivo, a salvo y con buena salud. En las últimas líneas, les pedí que saludaran de mi parte a Birgit y que le dijeran que me gustaría que ella me escribiera.

Habían pasado más de dos años desde la muerte de Joe. Durante la mayor parte de ese tiempo apenas había pensado en Birgit: ella era un punto delicado en mi vida que yo quería evitar que me doliera. Por supuesto, los sentimientos de culpa estaban profundamente presentes dentro de nosotros. Mientras estaba en Inglaterra, de vez en cuando había preguntado a mis padres cómo estaba ella, pero siempre parecían incómodos; me decían que Birgit se había encerrado en sí misma y que ya no quería tener contacto con ellos. Yo nunca supe presionar para conseguir más información, así que dejé de preguntar por ella. Pero ya en las primeras semanas de encierro me di cuenta de que uno de los problemas de la forzada inactividad era el pensamiento constante sobre la propia vida y la recapitulación de los errores cometidos.

Aterrorizado por la experiencia de haber sido derribado dos veces, dolorido por las nuevas heridas, solo en el campo de prisioneros, pronto empecé a recordar la historia de amor que había vivido con Birgit y a preguntarme cuáles habían sido las verdaderas razones de que se hubiera terminado. A mí me parecía que entre nosotros no había habido realmente ningún problema; lo que nos separó fue el horrible accidente de la muerte de Joe, y nuestra consiguiente culpa. En las circunstancias de aislamiento propias del cautiverio, en las que me convertí en el centro de mis intereses, me pareció que había llegado el momento de tratar de recomponer mi amistad con Birgit. Desde luego, no había posibilidad alguna de verla o de conversar con ella hasta después del final de la guerra, pero pensé que podríamos escribirnos. En alguna parte, había un residuo de esperanza.

A las pocas semanas recibí una respuesta de mi madre en la que me decía, entre muchas otras cosas, que había transmitido mi «petición» a Birgit. Sin embargo, los meses pasaron y no recibí una sola línea de ella.

Su silencio inició un tiempo difícil para mí. Al principio, imaginé, esperé, supuse —irracionalmente— que ella me contestaría a los pocos días. Algunos de los hombres que llevaban mucho tiempo en el campo me advirtieron de que algunas veces las cartas podían retrasarse semanas o meses viajando en un sentido y otro a través de organismos internacionales y países neutrales. Hice todo lo posible para controlarme y tener paciencia, esperando intensamente que esta vez el sistema funcionara más ágilmente y que la respuesta de Birgit llegara pronto.

Hasta casi un año después, cuando ya suponía que no llegaría nada de ella, no recibí la esperada carta. Cuando vi de quién era y qué podía contener, rompí el sobre inmediatamente y leí su contenido con el corazón golpeando dentro de mi pecho. Con la cuidadosa escritura en inglés que durante un tiempo había sido tan conocida para mí, la carta decía:

Querido J.L.:

Estoy tan contenta de saber que estás a salvo que no encuentro las palabras que quiero escribir. Tus padres me lo contaron tan pronto como tuvieron noticias tuyas. Pienso en ti con afecto, emoción y gratitud por lo bueno que has sido conmigo. Nunca te olvidaré. Espero que vuelvas pronto a Inglaterra y que encuentres una buena esposa y que el resto de tu vida sea lo que tú querías que fuese. Yo ahora me siento a salvo y también feliz con mi nuevo marido y mi nueva vida. Espero que lo entiendas.

Atentamente,

Birgit

Había sido idiota haber albergado siquiera una pizca de esperanza. Pero cuando leí la carta descubrí hasta qué punto esas esperanzas habían sido fuertes. Contra todas las probabilidades, había contado con Birgit.

Del estilo de la de ella, me fui dando cuenta de que eran muchas de las cartas que recibían los hombres que estaban en el campo. La llegada del correo y los paquetes de la Cruz Roja era un acontecimiento que todo el mundo esperaba ansiosamente pero, después, por todas partes, se extendía invariablemente un inquieto silencio. En eso consistía ser un prisionero: la vida de los seres queridos que estaban en casa continuaba sin la presencia de uno, y aquello era difícil de aceptar. Quedarse sin esperanza es un trago muy amargo. Después de la llegada de la carta de Birgit, estuve deprimido e inconsolable durante varias semanas. Y me mantenía tan apartado de los demás como podía.

A la larga, lo peor de mi decepción fue pasando. Por fin acepté que la historia se había acabado. Que ella se sintiera a salvo y que fuera feliz; yo podría vivir sin Birgit en tanto no tuviera que verla. Cuando pensaba en ella como parte de mi vida, pasaba por los terribles rigores del rechazo, la desdicha, los celos y la soledad. Pero por suerte estaba fuera de mi vida.

Con unos cuantos elementos robados a los alemanes, algunos de los hombres del Barracón 119 habían construido una radio, con la que era posible captar las transmisiones de noticias de la BBC. A partir de mediados de 1943, pudimos ir siguiendo la evolución de la guerra: la carnicería y sufrimientos en el frente ruso, los cruentos combates que las fuerzas norteamericanas libraban en las islas del Pacífico, la invasión de Italia y la caída del régimen de Mussolini. Después de los desembarcos del día D, en junio de 1944, el anhelo de regresar a casa creció con el conocimiento de que por fin los Aliados estaban ganando la guerra. Una vez más, la esperanza de un rápido final de nuestra situación planeaba sobre la mayoría de los prisioneros. No podíamos hacer otra cosa que esperar pacientemente a que vinieran a rescatarnos. Los días y los meses continuaban pasando.

26

Una noche de enero de 1945, cuando ya se vislumbraba el final de la guerra, sonó la sirena de alarma de ataque aéreo, y la iluminación del campo fue apagada bruscamente. Eso ya había pasado antes una docena de veces; no era nada insólito. De acuerdo con las reglas de la comandancia del campo, los prisioneros debían permanecer dentro de los barracones y no moverse de allí, bajo ningún concepto, hasta que sonara la sirena que indicara el final del ataque y se encendiera otra vez la iluminación del campo.

Para entonces, sabíamos que el ejército alemán estaba en retirada en todos los frentes, que la Luftwaffe como fuerza de combate prácticamente no existía, que los rusos estaban avanzando a formidable velocidad por las llanuras del norte de Europa. Británicos y norteamericanos estaban preparados para cruzar el Rin. Cuando eso sucediera, la única cuestión sería ver cuál de los ejércitos aliados llegaría antes hasta nosotros. Teníamos la certeza de que la guerra no podía durar mucho más. La comandancia del campo y sus reglamentos todavía eran algo digno de tener en cuenta, pero ya no temíamos por nuestra vida. Pequeños presagios de libertad rondaban inexorablemente a nuestro alrededor en un claro adelanto de la libertad más grande que se acercaba.

Aquella tarde estuve fuera del barracón dando un paseo; el tiempo era bueno y calmo. Después del anochecer el cielo se despejó y la luna brillaba alta en el cielo. El aire era muy frío pero casi no había viento, por lo que era posible estar fuera sin sentir los peores efectos de las bajas temperaturas. Yo permanecía sin dormir dentro del barracón; así que, cuando se apagaron las luces, me puse un jersey y un abrigo. Por un corto corredor, me moví en la oscuridad desde mi compartido dormitorio hasta la puerta principal. Desafiando las órdenes de la comandancia, salí calladamente al patio de formación, donde cada mañana se pasaba lista a los prisioneros. Más allá de las alambradas, los altos y oscuros árboles rodeaban el campo. Las torres de guardia de madera se recortaban contra el cielo. Aspiré profundamente el aire frío, sintiendo cómo me pasaba entre los dientes y a través de la garganta. Allí, solo sobre el duro suelo de gravilla, me quedé escuchando los sonidos de la noche. Podía oír algo de la inquieta conversación de los guardias; en algún sitio estaban ladrando los perros de vigilancia; desde varios de los barracones llegaban ruidos sordos. Pocos de nosotros éramos capaces de relajarnos cuando sabíamos que se esperaba un ataque aéreo.