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Estuve solo en el patio alrededor de cinco minutos. Después, uno a uno, algunos de los hombres empezaron a salir de los barracones y se quedaron cerca de mí. En nuestra parte del campo, yo conocía de vista a todo el mundo, pero, en la plaza oscura, los hombres no eran más que formas sombrías. Nos saludamos en inglés con apenas un susurro, intentando no llamar la atención de los guardias. La mayor parte de los prisioneros británicos eran oficiales de la RAF y casi todos pertenecientes a las tripulaciones de vuelo del Mando de Bombardeo. En el mismo campo pero repartidos a su voluntad en distintos barracones, había oficiales polacos, franceses, checoslovacos y holandeses, que habían volado con la RAF. Los australianos, canadienses, rodesianos y neozelandeses tenían tendencia a mezclarse con los británicos. Nosotros éramos una muestra representativa de lo que había llegado a ser la aviación aliada. También había muchos norteamericanos, a quienes se mantenía separados en su propio sector del campo, pero algunos de ellos se las habían arreglado para pasar a nuestra parte y se mezclaban con nosotros. Los yanquis se llevaban bien con todos pero el hecho de ser prisioneros les preocupaba mucho más que a cualquiera de los europeos. Creo que muchos de ellos todavía veían la guerra como una cosa de los europeos, algo a lo que habían sido llamados para echar una mano, no una guerra verdaderamente suya. Ellos estaban muy lejos de casa. Los paquetes de comida que recibían eran más grandes que los nuestros, y contenían alimentos y dulces que a nosotros nos parecían exóticos. Pero todos ellos eran generosos, de modo que pronto olvidamos esas pequeñeces.

Esa noche estábamos todos juntos en silencio, observando el cielo.

Unos minutos después de medianoche, lejos de nosotros y muy altos, oímos los primeros motores. Esperando avistar los aviones, examinamos el cielo en silencio. El ruido se hizo más intenso, un grave bramido, un sonido vibrante que era más sentido que oído. Los aviones se acercaban poco a poco.

Entonces alguien los vio.

—¡Allí están! —dijo, y todos nos volvimos para mirar hacia el oeste.

Recortados contra las estrellas y el brillo de la luna, los lejanos bombarderos empezaron a aparecer. Al principio podíamos verlos individualmente, pero después su número aumentó: se acercaban inexorablemente, volaban muy alto y parecían pequeños. La concentración de aparatos se hizo más compacta y amplia. Nosotros intentamos contarlos: cincuenta, cien, doscientos; no, más, ¡por lo menos quinientos, quizá seiscientos o setecientos! Mirando y mirando, estiramos el cuello, identificando con pericia el sonido de los motores; los Halifax, los Lancaster, listos para soltar sus bombas. El río de bombarderos, aparentemente imparable e imbatible, siguió pasando. El zumbido de los motores parecía llenarlo todo. A la luz de la luna pudimos ver que los guardias del campo habían salido de sus casetas y, de pie como nosotros, contemplaban el cielo.

Los bombarderos continuaron pasando durante veinte minutos, arrullándonos con el profundo, vibrante sonido de sus motores, una terrible flota iluminada por la luna, hasta que por fin pasaron los últimos aviones y desaparecieron de nuestra vista. El silencio volvió poco a poco.

Me quedé en la oscuridad del patio, intentando capturar las últimas partículas del rugido de los motores, la última vibración del zumbido dejado por ellos.

Uno tras otro, los hombres fueron entrando a la tibieza de los barracones, pero yo no quise seguirlos. Pronto me quedé solo en el espacio abierto del extremo de la hilera de barracones, con la cabeza inclinada hacia atrás, explorando el cielo. Estaba temblando de frío.

¿Cuántas ciudades alemanas quedarían todavía sin destruir? ¿Quedaría alguna? ¿Habría alguien vivo todavía en esos campos de escombros, en esas hectáreas de ruinas y desolación, de frío y miseria, de tierra arrasada?

Una vez más pensé en la futilidad de la guerra y recordé al prisionero que todo el mundo creía que era Rudolf Hess. Yo no había olvidado al hombre con quien me había entrevistado a petición de Churchill. Un hombre medio trastocado, asociado al pasado, que ofrecía un tipo de futuro que nadie quería, que nadie estaba en disposición de discutir con él. Yo no había resuelto el misterio que él suponía; tal vez nadie lo hiciera nunca.

En los meses venideros, vería alguna fugaz imagen suya. Pero fue sólo en los noticiarios del cine. Hacia finales de 1945, cuando yo estaba de nuevo en Inglaterra, comenzaron los juicios de Nuremberg, y el hombre que se parecía a Rudolf Hess aparecía en el banquillo de los acusados junto al resto de los jerarcas nazis que habían sobrevivido. Se sentaba en la primera fila, entre Goering y Ribbentrop. Su rostro tenía una expresión inane y amistosa; hay una secuencia en la que se ve a Goering mofándose abiertamente de Hess, quien durante la mayor parte de los juicios no utilizó los auriculares de traducción simultánea y prefirió leer libros en silencio. Mientras casi todos los jefes nazis fueron condenados a muerte, la sentencia de Hess fue de cadena perpetua. El tribunal consideró que el hecho de que en 1941 intentara negociar una propuesta de paz era una circunstancia atenuante. Tras los juicios, Hess desapareció de la vista y fue a parar a la prisión de Spandau. Una vez allí, ya no se lo vio más. Mientras vivió, nunca más fue llamado por su nombre; desde el momento en que se dictó su sentencia, pasó a ser —invariablemente— el Prisionero 7. Cuando en 1987 se informó de su muerte, quedé impresionado al saber que había vivido hasta entonces, pero impresionado también porque casi lo había olvidado hasta que las noticias lo trajeron de vuelta a mi memoria.

En enero de 1945, el dilema de si ese hombre era un impostor o no ya era algo irrelevante; incluso si había intentado entregar a Churchill una auténtica propuesta de paz. En 1941, la paz no se negoció y la guerra continuó y se convirtió en algo mucho más cruento y complejo que lo que había sido cuando Hess voló a Gran Bretaña. En ese largo invierno de 1945, por fin la guerra se estaba acercando a su amargo final, y, para todo el mundo que estaba en mi situación, lo único que contaba era cuánto tiempo pasaría antes de poder volver a casa.

Los sueños de fuga, que una vez habían llenado los pensamientos de los prisioneros de guerra, se convirtieron en sueños de repatriación. Después de que finalmente los norteamericanos nos liberaran, muy pronto fuimos llevados en camiones hasta el norte de Alemania, donde tenía sus posiciones el ejército británico. Desde allí, volamos de regreso a casa en pequeños grupos, incómodamente apretados dentro del fuselaje de los mismos bombarderos en los que muchos de nosotros habíamos volado.

Nuestro hogar resultó que era más un estado de ánimo que una realidad en la que pudiéramos vivir. Todo lo que yo conocía había desaparecido o estaba a punto de desaparecer. Apenas llegué a la casa de mis padres, me enteré de la verdad acerca de papá, algo que me había sido deliberadamente escamoteado de las irregulares cartas de mamá: él estaba en las últimas etapas de un cáncer de próstata. Murió a últimos de julio, unas semanas después de que se tiraran las bombas atómicas sobre Japón. La muerte de mi madre de una angina de pecho llegó poco después. Joe estaba muerto. Birgit había vuelto a casarse.