Pensando que debía emplear mis conocimientos de vuelo, traté de conseguir trabajo en la aviación civil, pero había demasiados ex pilotos de la RAF dando vueltas por ahí con la misma idea, y los puestos de pilotos civiles escaseaban. Conseguí algunos trabajillos temporales pero yo sólo tenía veintiocho años. Me sentía joven, capaz todavía de anhelar un futuro. Tomé una decisión que muchos hombres de mi edad con una formación parecida a la mía estaban tomando en ese tiempo y, en marzo de 1946, compré un billete para Australia. Tuve que esperar cuatro semanas antes de que el barco partiera.
Cuando todavía faltaba una semana para zarpar, pedí prestado un coche a un amigo y me dirigí a Cheshire, junto a los Peninos. Entré en el pueblo, recorrí la calle y pasé frente a la casa donde habían vivido Birgit y Joe, la casa donde todavía vivía al escribirme su última carta. Detuve el coche un poco más adelante, maniobré para poder ver la casa y apagué el motor. Era un bonito día. Había algunas nubes y el sol brillaba intermitentemente. A partir de la mirada que había echado al pasar y de la observación a distancia pero más detallada desde donde estaba parado, podía ver que la casa no había cambiado mucho. En el techo aún había algunas tejas que necesitaban un cambio, y la precaria reparación de aficionado que había hecho en la chimenea seguía allí.
La vista de la casa trajo a mi mente una extraña mezcla de sentimientos: ése había sido el nido de amor en el que Birgit y yo habíamos pasado aquellos fines de semana memorables, pero también era la casa de Joe, un sitio en el que se suponía que yo no debía entrar. Permanecí sentado en el coche durante una hora, preguntándome todo el rato si debía marcharme o quedarme. Si Birgit estaba allí sería una cosa; si ella no estaba, otra distinta. Ambas parecía que podían hacerme daño. Honestamente, no tenía la menor idea de para qué había ido allí. Finalmente, decidí marcharme, pero en ese momento vi movimiento en la casa.
Birgit apareció en la puerta principal y retrocedió un poco para mantenerla abierta; miraba hacia abajo y estaba sonriendo. Llevaba el pelo corto y había ganado algunos kilos. La miré; se reavivaron de pronto mis sentimientos al verla. Ella miraba en la dirección de mi coche pero aparentemente no había percibido mi presencia. Una niña pequeña pasó junto a ella y salió al jardín. Inmediatamente se sentó y ya no pude verla más. Sin siquiera una mirada en mi dirección, Birgit volvió a entrar en la casa y dejó la puerta entreabierta. Apenas la había tenido unos segundos ante mi vista.
Bajé del coche y caminé calle abajo. Mientras me acercaba a la casa, vi que habían creado una zona de juego vallada con alambre de gallinero. Alguien había cavado un trozo en un rincón del jardín y lo había rellenado con arena. La niña, vestida con unos pantalones de peto de color marrón, estaba sentada sobre la arena haciendo pequeños montones con las manos. El pelo le caía sobre la cara, como a menudo le pasaba a Birgit cuando se concentraba con el violín. Cuando llegué a la altura del jardín y contemplé a la niña, ésta levantó la mirada, me miró directamente a los ojos e inmediatamente perdió el interés y volvió a su juego.
Al ver los rasgos de la criatura, me quedé estupefacto. Eran los rasgos de mi familia. En ella pude ver la cara de mi padre, sus ojos, su boca. El color de su piel y el de su pelo eran igual a los míos. Iguales a los de Joe. Tenía el aspecto de los Sawyer fuera éste el que fuese; lo reconocí instantáneamente en algún nivel instintivo. Traté de adivinar la edad de la pequeña; yo no tenía experiencia con los niños, aun así pensé que podía tener unos cinco años. Eso quería decir que había nacido en 1941, lo que a su vez quería decir que había sido concebida en la segunda mitad de 1940.
Todavía estaba allí, con todo eso dando vueltas en mi cabeza y la mirada fija en la niña que jugaba, cuando la puerta se abrió de golpe.
—¡Angela!
Con el rostro alterado por la desesperación, apareció Birgit. Atravesó de prisa el jardín, cogió a la niña en brazos, protegió su cabeza y su cara con una mano y desapareció rápidamente dentro de la casa. No me miró en ningún momento.
Mientras la puerta se cerraba violentamente detrás de ella, oí que la pequeña empezaba a llorar para protestar por la forma ruda en que había sido tratada. La puerta no había cerrado bien y volvió a abrirse. Pude ver algo de la estrecha sala que había detrás. Oí la voz de Birgit, que volvía a gritar.
—¡Harry! ¡Harry! ¡Hay alguien ahí fuera!
Sabía el nombre de la niña. Guardé ese conocimiento para mí como si fuera un codiciado premio. Angela. Su nombre era Angela. Mi hija —sentí un estremecimiento de embriagadora emoción—, ¡mi hija se llamaba Angela!
Unos segundos más tarde, la puerta volvió abrirse de par en par. Un hombre salió moviendo toscamente los hombros. No lo había visto en mi vida. Me miró fijamente. Parecía tener entre cuarenta y cincuenta años, su cara curtida estaba sin afeitar. Detrás de él, dentro de la casa, la niña lloraba. El hombre permaneció allí, en el umbral de su casa, mirándome sin cesar. Su silencio y su resentida expresión transmitían una obcecada agresividad.
Di media vuelta, regresé al coche y me marché colina abajo.
Una semana después, mi barco zarpó del puerto de Southampton, y yo me preparé para volver a empezar en Australia. El viaje duró seis semanas. Esto en sí mismo constituyó una aventura no comparable con ninguna de las que había conocido antes. Durante este tiempo, tomé la meditada decisión de que si iba a iniciar una nueva vida en Australia, debía dejar atrás todo mi viejo bagaje emocional. Por supuesto, una decisión como ésa es mucho más fácil de planear que de llevar a la práctica. Pero tenía la sensación de que muchos de los que iban conmigo en el barco, y que emigraban por las mismas razones que yo, estaban pasando también por las mismas tribulaciones. Hablábamos de nuestras esperanzas y planes, sobre el desafío de volver a empezar en un país nuevo y joven. Pero nos lo callábamos todo acerca de nuestra vida pasada.
Mientras el barco navegaba por las tranquilas aguas del océano Índico, sentí que todo eso comenzaba a desprenderse de mí.
Llegué a Australia. En ese hermoso y tonificante país, empecé mi nueva vida. Trabajé duramente muchos años. Primero fui piloto a tiempo parcial para una empresa de fumigaciones. En esa especialidad había mucho trabajo porque Australia tenía vastos campos cultivados. Pronto, de piloto a tiempo parcial al que pagaban por horas, pasé a volar toda la jornada como asalariado fijo. Más tarde me convertí en gerente de la compañía y quince años después era el dueño de toda la empresa. Después de eso, entré en otros negocios aéreos. Por lo general, se trataba de actividades que me permitían continuar volando, que era algo que me ayudaba a quemar energía, aunque no siempre era la mía propia.
En 1982, cuando cumplí 65 años, regresé a Gran Bretaña. Para entonces, había ganado y ahorrado mucho dinero. Con esos ahorros compré el piso en el que he estado viviendo hasta hace muy poco tiempo. Creía que había llegado el momento de jubilarme, aunque no tenía una idea clara de qué querría decir eso hasta que no estuviese sentado el tiempo suficiente. Resultó que estar sentado el tiempo suficiente era lo que menos me gustaba.
Empezó para mí un período de inquietud física e interminables viajes. Constantemente estaba tratando de conocer gente y de hacer nuevos amigos. Me abrí a la posibilidad de nuevos intereses y proyectos apartados de mi vocación. Intenté comunicarme con mis antiguos colegas de la RAF y compañeros del campo de prisioneros, incluso visité a un par de ellos. Hice todo lo previsible en una persona recientemente jubilada cuya vida había sido muy activa. En mi caso, el éxito fue exiguo; y tanta actividad encontró un súbito final cuando tuve un ataque cardíaco de menores consecuencias. No puedo decir si una cosa llevó a la otra, pero el resultado fue que desde entonces empecé a tomarme las cosas con mucha más calma.