En el tiempo de reflexión que necesariamente llegó mientras me estaba recuperando, empecé a hacer balance de mi vida. Ahora que ya había pasado los setenta y que mi corazón me había ofrecido un poco grato recordatorio de mi propia mortalidad, la reflexión era algo que parecía oportuno. Era tiempo de pensar con calma sobre algunos asuntos.
Escribir esto, evocar mi vida, me pareció algo sencillo siendo uno de los de esa generación cuya vida ha quedado marcada a fuego —estropeada, quizá— por su implicación en la segunda guerra mundial. Ser joven y pasar por una guerra es una experiencia que no tiene igual. Una experiencia más que suficiente para una sola vida, pero si se sobrevive, como yo sobreviví, queda aún toda una vida por delante que nada tiene que ver con lo vivido hasta entonces.
Para mí, la guerra, y con ella la primera parte de mi vida, acabó en enero de 1945, aquella noche en que me quedé solo, esperando, en el helado patio del campo de prisioneros.
Ésa fue la última vez que vi una gran flota de bombarderos volando hacia su objetivo, aquel que el Mando de Bombardeo hubiera decidido en su letal empresa. Yo no sabía cuál era la ciudad que los aviones iban a visitar esa noche en particular, pero sí sabía que aquélla no sería la última de sus visitas. Todavía les quedaban por delante intensas y terribles incursiones —de las que nada sabría hasta mucho tiempo después de terminada la guerra—: los devastadores ataques contra Dresden, Pforzheim, Dessau y muchas otras ciudades ya casi sin defensas tras el derrumbe de la resistencia alemana que tendría lugar en las próximas semanas.
Algo de esto sentí aquella amarga noche mientras temblaba; quería ver los aviones por última vez. Los demás prisioneros habían vuelto a los barracones, los guardias se habían ido a sus puestos. No había razón para que los bombarderos regresaran por la misma ruta por la que habían hecho el viaje de ida. De hecho, lo normal era que, para evitar el riesgo de encuentros con los cazas alemanes, los aviones se dispersaran y tomaran diferentas rutas. Pero en ese estadio de la guerra, lo más probable era que cada tripulación eligiera la ruta más corta, la más directa. El largo silencio continuaba.
Entonces, cuando estaba a punto de volver al barracón, oí por fin lo que estaba esperando: el sonido de lejanos motores. Recorrí el cielo con los ojos y después de un buen rato pude distinguir al primero de los bombarderos que volaban hacia su base. Otros iban detrás, después muchos más. Ya no volaban en formación sino que lo hacían a distintas alturas; la mayoría, solos y en desorden; otros, en parejas o en pequeños grupos. Continuaron pasando durante más de una hora. El rumbo general que llevaban era hacia el oeste, de regreso a las bases, a casa, en Inglaterra. Tras ellos, en alguna parte en la oscuridad, una ciudad alemana cuyo nombre yo no sabía había quedado arrasada, en llamas y humeante.
TERCERA PARTE
1999
1
Cinco meses después de conocer a Angela Chipperton en la sesión de firmas en Buxton, Stuart Gratton terminó de trabajar en su último libro de no ficción, Ciudades vacías del Este. Se trataba de otro relato oral. Éste trataba sobre las experiencias de los hombres y mujeres que habían sido enviados a Ucrania entre 1942 y 1948 para construir y poblar las nuevas ciudades alemanas fruto de la política nazi del Lebensraum. Gratton mandó el original y un disquete a su agente literaria, se sumergió en el habitual atraso de los mensajes y correo sin contestar y después se tomó unas breves vacaciones. Primero fue a visitar a su hijo Edmund (de veintisiete años, con un empleo en una empresa de Worcester suministradora de telecomunicaciones, casado con una mujer llamada Hayley, con quien esperaba un niño para octubre); después de unos días con ellos, atravesó Yorkshire para visitar a su otro hijo, Calvin (veintidós años, a punto de doctorarse en la Universidad de Hull, soltero, y que vivía con una joven llamada Eileen). Diez días después volvió a casa. La agente literaria le agradeció el envío del nuevo libro pero le dijo que todavía no había tenido tiempo para leerlo entero. Mientras tanto, su editor le decía que estaba leyendo el libro: un impulsivo Gratton se lo había enviado por correo electrónico antes de marcharse. Hasta aquel momento había estado siguiendo el esquema acostumbrado después de terminar cada libro. Normalmente, lo que hacía a continuación era empezar a trabajar en un nuevo proyecto, una especie de defensa psicológica que él erigía contra la posibilidad de que surgiera algún tipo de dificultad con el que acababa de entregar.
Mientras conducía a través de los Peninos desde Hull, Gratton estuvo pensando en cuál sería el libro que empezaría a continuación. Tenía dos proyectos en mente; aunque por razones distintas, ambos eran problemáticos.
Uno implicaba una importante inversión de tiempo e investigación: quería escribir la historia social de Estados Unidos entre 1960 y 1961, cuando Richard Nixon había sido elegido para la presidencia norteamericana al término del mandato de Adlai Stevenson. La administración Nixon, votada con el cebo de «traigamos nuestros muchachos de vuelta a casa», de hecho había doblado la presencia militar de Estados Unidos en Siberia durante su mandato. Las medidas de la extremadamente ambiciosa, poco previsora y corruptamente financiada política exterior de Nixon eran consideradas por todo el mundo como la principal causa del estancamiento económico que aflige a Estados Unidos hasta nuestros días. La idea de Gratton era viajar a ese país y mantener una serie de entrevistas con los protagonistas más destacados que todavía estuviesen vivos e ilustrar sus testimonios con un relato actualizado de los problemas norteamericanos contemporáneos. Él sabía que el libro podía venderse sin dificultades: ya había recibido ofertas en firme de tres editoriales, y la Fundación Gulbenkian se había comprometido a aportar una lucrativa financiación para el tiempo que durara la investigación. Todo lo que Gratton tenía que hacer era decirle a su agente que viera cuál era la mejor oferta y empezar a trabajar cuando lo deseara.
Sin embargo, sólo pensar en la envergadura del trabajo lo sobrecogía. Aunque en su mente ya había un esquema de cómo resolver gran parte de esa tarea y ya había recibido confirmación para la mayoría de las entrevistas que se había propuesto, se trataba de un proyecto tan vasto que probablemente requeriría dos o tres años de dedicación exclusiva. Además, significaba que tendría que dedicar varios meses a vivir y recorrer Estados Unidos. Su nuevo libro, el de las ciudades vacías, lo había obligado a visitar tres veces Estados Unidos para rastrear y entrevistar a los supervivientes —los de ambos lados— del levantamiento ucraniano de 1953. En Estados Unidos vivían decenas de miles de expatriados de la Europa Oriental que se habían trasladado a Norteamerica en los años cincuenta y sesenta. Ahora, la perspectiva de volver allí le resultaba desalentadora. En Estados Unidos había mucho que saborear, admirar y disfrutar, pero para el viajero o investigador europeo, el tiempo pasado allí implicaría interminables molestias y continuos recordatorios de la mentalidad de tercera guerra mundial que todavía mantenía subyugada la vida política norteamericana. Sencillamente, no tenía ganas de tener que verse obligado a aguantar durante varios meses una burocracia suspicaz, complicadas transacciones de cambio de moneda, una tecnología que no funcionaba y la necesidad de registrarse en la policía o las oficinas del FBI cada vez que llegara a cada pueblo o condado. Gratton recordaba su primera visita a Estados Unidos, en 1980. La batalla contra la omnipresente mentalidad aislacionista, la xenofobia, la descarada censura de los medios, las ciudades dominadas por el crimen, la escasez de gasolina y la inflación de los precios habían hecho que aquellos tiempos le parecieran entonces perversamente divertidos, algo así como un viaje a la Depresión de los años treinta. Desde aquella visita habían pasado dos décadas, sin mejorar y con más de lo mismo o incluso peor: la novedad estaba agotada.