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Nuestro rumbo nos alejó de la pelea. Ahora estábamos justo encima del avión alemán. Volví a una de las ventanillas laterales pero no podía ver nada.

—¡Bum! ¡Bum! —Era la inconfundible voz de Kris sonando muy fuerte en mis auriculares.

—¿Qué pasa? —preguntó J.L.

—¡Le han dado! Lo he visto todo. Son cuatro Me-109 y un Me-110. ¡Le han dado! ¡Bum!

—¿Está cayendo?

—¡Una explosión enorme! ¡Grandes llamaradas, mucho humo! ¡Ha caído al mar, capi!

—¿Qué me dices de los cazas?

—No puedo verlos. Se han dispersado.

—Kris, ¿estás seguro que lo has visto caer?

—El artillero de cola tiene la mejor butaca. Alemanes atacando a alemanes. ¡Parece mentira!

—Muy bien. A todos vosotros: mantened los ojos abiertos por si vienen más bandidos.

Recorrí torpemente el fuselaje, pasé junto al puesto de radio de Col y volví a la cabina de mando con la intención de hablar con J.L. sobre lo que acababa de pasar. Él estaba muy alerta y miraba el cielo en todas direcciones. Cuando me vio, desconectó el micrófono para que pudiéramos hablar directamente.

—¿Has visto caer al 110, Sam? —gritó por encima del rugido de los motores.

—No, sólo tenemos la palabra de Kris.

—Por mí, es suficiente —dijo J.L., y yo aprobé con la cabeza vehementemente. Ambos volvimos a conectar los micrófonos.

—¡Más Messerschmitt! —Era nuevamente Ted, desde la torreta de proa—. A las tres, más o menos. Otra vez debajo de nosotros.

Miré hacia abajo y a nuestra derecha, tratando de ver algo. J.L. mantenía el Wellington en una ruta estable; todavía estábamos subiendo lentamente.

—¡Puedo verlo! —grité—. Igual que antes... otro Me-110, pero éste va hacia el norte. Pasará debajo de nosotros en un momento.

—¿Nos ha visto?

—Parece que no.

El avión estaba un poco alejado hacia nuestra derecha y volando bajo, justo encima de las nubes. Iba a cruzar nuestra ruta.

—¡Artilleros, no disparéis! —dijo J.L. resueltamente—. No nos buscan a nosotros.

—¿Qué está pasando ahí abajo, J.L.?

—No tengo la menor idea.

—¡Los 109 han vuelto otra vez! —En esta ocasión era Lofty, desde algún sitio en el fuselaje—. Deben de haber trazado un círculo.

—No, el último grupo se ha largado —dije yo.

Ahora podía ver aquellos otros cazas, más pequeños, volando rápidos y a menor altura; llegaban desde el sur y perseguían al Me-110. Dejando aparte que venían desde otro sitio, lo que estaba sucediendo era casi una repetición de lo que habíamos visto unos minutos antes. Vi que los cazas giraban y se lanzaban en picado sobre el avión más grande. En sus alas surgió el destello de los disparos de cañón. El trayecto de las trazadoras onduló en el espacio entre los aviones.

Pero una vez más nuestro avance nos separó del combate de los cazas.

—¡Los hemos perdido de vista, Kris! ¿Tú puedes ver lo que está pasando?

—El artillero de cola tiene la mejor butaca. ¡Sí! ¡Van a por él!

Volví hacia atrás y me encontré a Lofty con la cara apretada contra la gruesa placa de acrílico de la ventanilla junto al tablero de navegación, a babor, tratando de ver algo.

—¡Han fallado! —Era Kris otra vez, desde la torreta de cola—. No le han dado.

—Volverán, ¿no es cierto?

—Ya no los veo. ¡Espera!

Ahora era J.L., que llegaba por el intercomunicador:

—No os olvidéis de que si nos ven desde alguno de esos cacharros, tendremos problemas. No os relajéis.

—Sí, capi.

—Sam, ¿puedes fijar una posición? Necesito saber dónde estamos, a qué distancia estamos de la costa.

—Vale, J.L. Dame unos minutos.

Desde la cola, Kris dijo:

—Ya no los veo. El 110 estaba intacto. Vi cómo se marchaba.

—¿Qué dirección tomó?

—Iba hacia el norte.

—¿Y qué me dices de los 109?

—Como tú decías: se largaron.

Nos mantuvimos completamente alerta, con la certeza de que teníamos aviones alemanes cerca, una vecindad que a ningún tripulante de bombardero le gusta. Un extraña determinación se instaló entre nosotros. Con notable eficiencia, los artilleros informaron a intervalos regulares sobre lo que podían ver en su respectivo trozo de cielo; de esa manera, completaban la posición que yo tomaba.

Cuando la hube calculado, se la transmití a J.L. por el intercomunicador.

—Entonces, ¿a qué distancia estamos de la costa alemana? —preguntó él.

—A unas doscientas millas —respondí—. Y a unas doscientas cuarenta millas de la costa de Dinamarca.

—¿Por qué dices eso?

—Porque el primer grupo de cazas llegaron de ahí. Lo que significa que su base está en algún sitio de la tierra firme danesa.

—Podrían venir desde Alemania.

—Me parece que el segundo grupo venía de Alemania. De cualquier modo, los Me-109 estarían en el límite de su autonomía de vuelo.

—Sería por eso que se fueron tan pronto como pudieron.

—Claro. Pero ¿en qué andarían, tratando de derribar a uno de los suyos?

—No lo entiendo.

Estábamos cada vez más cerca de la costa alemana. No volvimos a hablar del extraño incidente. Había otros asuntos más apremiantes. En ese momento, el cielo ya estaba completamente oscuro, y yo tenía que tomar otra posición para estar seguro del sitio por donde entraríamos en territorio alemán. La calculé e informé de ello a J.L.: nuestro objetivo estaba unas pocas millas al oeste de Cuxhaven.

Poco después, Ted informó de que veía fuego antiaéreo, y yo empecé a tener la conocida y escalofriante sensación de miedo. Mientras éramos atacados por la artillería antiaérea o mientras volábamos en la pasada de bombardeo, yo debía permanecer sentado en mi cubículo y no podía ver nada de lo que pasaba fuera del avión. Los únicos indicios de lo que ocurría afuera eran los movimientos del avión, el sonido de los motores, las explosiones de los proyectiles antiaéreos y los gritos —casi siempre incoherentes— de mis compañeros de tripulación, que me llegaban a través del intercomunicador. En esos vuelos, en los que penetrábamos profundamente en territorio alemán o en zonas ocupadas, el jaleo podía durar varias horas.

Esa noche, sin embargo, nuestro objetivo era Hamburgo, un puerto situado a unos ochenta kilómetros del mar, en el largo estuario del río Elba. Por lo tanto, no tendríamos que estar mucho tiempo sobre territorio enemigo. Tracé nuestra ruta desde la costa hasta el punto donde debíamos virar y transmití a J.L. el nuevo rumbo. Después de eso, tracé la derrota que nos llevaría directamente a los muelles de Hamburgo, la zona donde debíamos soltar nuestras bombas. Cuando el avión hubo tomado la nueva dirección, oí la voz de cada uno de los tripulantes a medida que daban su parte. Cuanto más nos acercábamos al objetivo, cada uno hablaba más rápidamente. La respiración de mis compañeros sonaba jadeante en mis auriculares y las frases quedaban inacabadas. Todos parecían estar a punto de gritar.

Mientras continuábamos nuestro camino hacia la zona de lanzamiento, empecé a trabajar en la determinación del mejor rumbo para regresar a casa: la ruta más corta hasta el litoral alemán, una curva pronunciada con la que rodearíamos las posiciones conocidas de algunos barcos alemanes con artillería antiaérea, que estaban fondeados en mar abierto. Después, una vez a salvo sobre el mar, un giro para emprender rumbo exactamente hacia al oeste, hacia el radiofaro en la costa de Lincolnshire, y luego hasta nuestro aeródromo. Mientras me dedicaba a eso, el avión se sacudía cada vez que algún proyectil antiaéreo estallaba cerca de nosotros; sin embargo, por la forma en que sonaba la voz de Ted Burrage y por las respuestas de J.L., tenía la impresión de que las cosas iban todo lo bien que cabía esperar. Para la mayor parte de la tripulación, esos últimos momentos antes de dejar caer las bombas eran los peores, pero era un tiempo de gran concentración para el oficial de bombardeo y el piloto.