—Si me permite, señor Sawyer, ésas son las razones por las que tantos jóvenes han cogido las armas para combatir contra Hitler.
—Lo sé, señor, pero estoy intentando demostrarle que soy consciente del peligro que representa Alemania. —Sawyer hizo una pausa para mirar la copia de su declaración, pude ver que la página temblaba. Se aclaró la garganta y continuó, consultando su escrito, pero hablando desde el corazón—. Independientemente de la bondad de la causa, estoy convencido de que la guerra es algo esencialmente malo. También estoy convencido de que a pesar de que una guerra puede llevarse a cabo por lo que se cree que es una razón honrosa, por la enorme mortandad y destrucción que produce, traiciona su propio objetivo. El sufrimiento, el dolor, la desdicha, la separación y el desgarro humano son inevitables cuando se desencadena una guerra. Cuando a la violencia se opone otra violencia, se crea un conjunto de circunstancias al que irremediablemente sigue más violencia. La venganza, la represalia y el desquite se convierten en lo más importante en la mente de la gente. Hay que hacer daño a los otros porque uno mismo ha sido lastimado. Sé, señor, que un punto de vista como el mío es impopular en tiempos de guerra, pero lo expreso con sinceridad y abiertamente. Acogiéndome al Acta, solicito que se me registre incondicionalmente como objetor de conciencia y que se me conceda la exención completa.
Después de un breve silencio, el presidente dijo:
—Gracias, señor Sawyer.
Los tres miembros del tribunal intercambiaron rápidos susurros de consulta. La única mujer entre ellos, la señora Kilcannon —quien a la sazón era presidenta delegada del Consejo Local de Macclesfield, pero más tarde sería lady Kilcannon— tomó la palabra.
—¿Tiene alguna prueba que demuestre al tribunal que usted no ha elaborado sus convicciones en las últimas semanas sólo para evitar el servicio militar?
En realidad, hablando estrictamente, Sawyer no estaba obligado a contestar esa pregunta, pero él lo hizo tranquila y categóricamente.
—Es verdad que quiero evitar el servicio militar, pero desde 1936 he estado trabajando activamente por la paz. Inmediatamente después de regresar de Alemania, me establecí con mi esposa y empecé a trabajar como asistente social con familias de refugiados sin hogar en Manchester. Entré a formar parte de la Unión por la Paz y me dediqué a asuntos de vivienda y reforma penal. Empecé a colaborar más estrechamente con Canon Sheppard, de la UPP, y fui nombrado miembro de la ejecutiva nacional. Hasta el comienzo de la guerra, fui personal de plantilla del Consejo Nacional de la UPP. Todavía formo parte del mismo como colaborador no renumerado.
—¿Tiene usted otro empleo?
—He estado trabajando como aprendiz de impresor, pero en estos momentos estoy buscando una ocupación más útil que esté más en sintonía con mis convicciones.
—¿Profesa alguna fe religiosa?
—No, señor. —Sawyer miró directamente al reverendo Michael Hutchinson, el tercer miembro del tribunal, que fue quien formuló la pregunta. Una vez más, una pregunta formalmente inadmisible, y pude ver que el secretario lanzaba una mirada de advertencia hacia el estrado. Sin embargo, Sawyer no se inmutó y agregó—: Soy un pacifista agnóstico. Mi objeción contra la guerra está basada en cuestiones morales y éticas, no religiosas.
—Ya veo. Entonces, ¿cómo distingue usted las cuestiones morales y las religiosas?
—No creo en Dios, señor.
—¿Es usted ateo?
—No. Soy agnóstico. Estoy lleno de dudas.
—Sin embargo, en el preámbulo de su declaración ha escrito que usted es cuáquero.
—No, señor. Con todo respeto, en mi declaración digo que me siento atraído por el marco moral del cuaquerismo y comparto muchos de sus ideales. He trabajado con la Sociedad de los Amigos en varios proyectos. Sin embargo, el de ellos es un sistema de creencias y el mío es un sistema de dudas. En la terminología de ellos, soy un sin Dios.
El reverendo Hutchinson anotó algo y, con un movimiento de su lápiz, indicó al presidente que no haría más preguntas.
—Muy bien, señor Sawyer —dijo Patrick Matheson—. Para que podamos tener una idea de la dimensión de su objeción, me gustaría hacerle algunas preguntas relacionadas con cuestiones prácticas. Como usted sabe, nosotros estamos aquí para decidir el nivel de registro en que debe inscribírsele. Este nivel puede estar sujeto a ciertas condiciones o ser incondicional. También, podemos decidir que de ninguna manera debe serle reconocido el estatuto de objetor. ¿Entiende esto?
—Sí, señor.
—Ante todo, permítame que le pregunte si hay algún tipo de guerra a la que usted no objetaría.
—No, señor. Objetaría en todas las guerras.
—¿Puede decir por qué?
—Porque un país que está en guerra persigue sus objetivos por medio de la violencia. No importa cuáles sean esos objetivos; la violencia los hace ilegítimos.
—¿Incluso si sus objetivos son resistirse a la agresión violenta de un dictador como Hitler?
—Sí, señor.
—Entonces, ¿usted propone que este país debe cruzarse de brazos y dejar que Hitler haga lo que quiera?
—No sé cuál es la respuesta a lo que me plantea. Yo no puedo hablar más que por mí mismo.
—Muy bien, entonces permítame que le pregunte esto: ¿hay algún sector del actual esfuerzo de guerra en el que desearía tomar parte? Por ejemplo, ¿en el Real Cuerpo Médico del Ejército?
—No, señor.
—Entonces, ¿no ayudaría a un soldado herido?
—No, si me obligaran a servir en el RCME.
—¿Y eso porqué?
—Porque el Cuerpo Médico forma parte del ejército. Los que sirven en él están sujetos a disciplina militar y obligados a obedecer órdenes. El principal propósito del ejército es combatir, y esto es algo que yo no puedo aceptar.
—Pero ¿qué haría si se encontrara con un herido en su vida cotidiana?
—Naturalmente, haría todo lo que pudiese para ayudarlo.
—¿Está en contra de las actividades de los nazis?
—Así es. Totalmente.
—Entonces, ¿por qué no lucha para derrotarlos?
—Porque creo que los únicos que pueden derribar el sistema nazi son los mismos alemanes.
—Y si los nazis invadieran Inglaterra y trasladaran aquí su sistema, ¿continuaría usted pensando que eso sólo incumbe a los alemanes?
Por primera vez desde el comienzo del interrogatorio, Sawyer pareció no tener respuesta. Vi que sudaba profusamente y que sus manos estrujaban desesperadamente los papeles de su declaración.
—No sé, señor —dijo entonces.
—Seguramente, ha pensado usted en esa posibilidad.
—Muchas veces, señor. Esa amenaza me acosa continuamente. Pero la verdad es que no sé cuál es la respuesta a su pregunta. Ya le he dicho que estoy lleno de dudas.
De pronto, habló la señora Kilcannon.
—Si hubiera un ataque aéreo —dijo—, ¿haría uso de un refugio público?
—Sí, lo haría.
—Entonces debería estar dispuesto a llevar a cabo tareas en el servicio de Defensa Civil.
—¿Qué tiene eso que ver, señora?
—Si lo registráramos como objetor de conciencia con la condición de que trabajase en la Defensa Civil, para ayudar a que los demás pudieran refugiarse durante los ataques aéreos, ¿lo aceptaría?
Una vez más, Sawyer parecía incapaz de responder. Inmóvil, continuó mirando a sus tres interrogadores. Pero no pude ver en sus facciones un indicio de lo que pudiera estar pensando.