Las cartas de Birgit Heidi Sawyer (de soltera, Sattmann)
12 de mayo de 1940, para el teniente de aviación J.L. Sawyer,
Grupo 1, Mando de Bombardeo de la RAF
Querido J.L.:
Como siempre me resulta tan difícil localizarte por teléfono, no he intentado llamarte. ¿Has recibido los mensajes que te envié? En caso contrario, debo decirte que Joe ha sufrido un accidente. Fue atacado por un grupo de hombres cuando volvía a casa del trabajo, y está en el hospital. Tiene muchas heridas, pero la mayoría son superficiales. Lo que ha resultado más afectado ha sido su orgullo. Si puedes conseguir algún permiso, está en la enfermería de Stockport. (Por supuesto, él no sabe que te he escrito.)
Con amor, tu amiga del alma,
a quien le gustaría verte,
14 de mayo de 1940, para la señora Elise Sawyer,
Mill House, Tewkesbury, Gloucestershire
Querida señora Sawyer:
Desde que usted y el señor Sawyer lo visitaron el fin de semana pasado, Joseph ha mejorado bastante, y se espera que vuelva a casa en pocos días. Ya tiene mucho mejor aspecto.
Por favor, además de que quisiera dejar de lado las discusiones que tuvimos en el pasado, quiero también pedirle un gran favor personal. Incluso aunque no sea por mí, piense por favor en Joseph.
En este pueblo, hay gente que murmura sobre mí por vivir donde vivía antes de casarme con su hijo. No con estas palabras exactas, pero ellos piensan que estoy trabajando para el otro lado. ¡Sólo se fijan en mi acento! Estoy muy sola aquí y, después de lo que le ha pasado a Joseph, estoy constantemente aterrorizada. Por favor, por favor, ¿puedo ir a su casa para quedarme unos días, hasta que Joseph esté bien de nuevo? No tendría que venir aquí a recogerme. Puedo viajar sola en tren. Sería sólo hasta que Joseph dejara el hospital. Se lo ruego.
Soy yo, su amante nuera,
atentamente,
3 de junio de 1940, para la señora Elise Sawyer,
Mill House, Tewkesbury, Gloucestershire
Querida señora Sawyer:
Estoy muy contenta de que usted y su marido hayan podido visitar a su hijo Joseph y a mí el fin de semana y que haya quedado satisfecha de como lo estoy cuidando. Por supuesto, nosotros no podemos permitirnos el lujo de vivir en las condiciones en las que él vivía en su casa, pero hago todo lo que puedo. Siempre estamos escasos de alimentos e incluso de medicinas. Esto no se debe sólo al racionamiento sino también a que para nosotros es muy difícil acceder a las tiendas de Macclesfield. Esto cambiará en cuanto Joseph pueda utilizar la bicicleta otra vez. Es probable que tenga razón cuando señala mis fallos en la cocina, pero puede estar segura de que en el futuro haré mayores esfuerzos para proporcionar a Joseph los alimentos y la ropa que usted piensa que él debería tener. No hace falta que vuelva a decírmelo.
He estado hablando con Joseph y hemos acordado que en adelante será mejor que él los visite solo en su casa de Gloucestershire.
Atentamente
5
Extraído del diario hológrafo de J.L. Sawyer
(Colección Británica, Museo de la Paz)
4 de junio de 1940
Esta noche me he conmovido hasta las lágrimas mientras escuchaba al primer ministro por la radio. B. estaba conmigo, escuchando también. Ella ha intentado consolarme, pero no creo que lo haya entendido. Ciertamente, yo no podría explicárselo, sobre todo porque yo mismo no lo entiendo. Todavía estoy asombrado por mi reacción. El detestable Churchill me ha conmovido e inspirado. Por un momento, hasta he empezado a persuadirme de que lo correcto era combatir.
Pero estoy en un estado mental impresionable; todavía imposibilitado dependo de B. para todo. La retórica belicista de Churchill me ha causado un efecto desproporcionado. A pesar de eso, me siento bastante mejor. Cojeo por la casa con mi bastón, y, cuando uso el inodoro, incluso puedo tenerme de pie sin ayuda. B. dice que debería descansar todo lo posible. Aprovecho el tiempo para preparar mi recuperación: cada día intento progresar un poco, con el objetivo de volver a la normalidad hacia el final de la semana que viene. ¿Será posible? El próximo jueves por la tarde vendrá a visitarme la señora Woodhurst; espero que esto signifique que puedo volver pronto al trabajo.
Por lo visto, Winston Churchill sustituyó a Neville Chamberlain el mismo día en que yo fui atacado. Fue bastante desconcertante despertar en el hospital y percibir tantos cambios. La guerra se había convertido en un imparable caos. Churchill, en su discurso de esta noche, ha hecho una clara distinción entre el pueblo alemán y los nazis, que son sus dictadores. Parece ser el único que piensa así. La gente corriente sólo se compromete de corazón a combatir en una guerra si puede demonizar al adversario. Papá decía que eso era lo que había pasado en la última guerra: los alemanes eran los «fritz», los «hunos», los «boches». Ahora todo eso ha empezado de nuevo: se han convertido en los «jerris», los «nazis», los «hunos».
Antes de los últimos acontecimientos, ya era bastante difícil argumentar a favor de la paz. En el clima de hoy día, con Churchill echando leña al fuego de la guerra, preparando al país para lo peor, es imposible. Sencillamente, ya no sé qué más puedo hacer.
Su discurso ha acabado con unas palabras de tranquila determinación: defenderemos nuestras islas contra la invasión a cualquier precio, lucharemos en las calles, los campos y las colinas; no nos rendiremos jamás. Misteriosa y poderosamente, sus palabras evocaban una Inglaterra que yo reconocía y amaba, un país que tiene derecho a defenderse y por el cual vale la pena morir. Churchill ha hecho que me sintiera orgulloso de mi herencia cultural e intranquilo ante la posibilidad de perderla. Eso ha despertado mi entusiasmo por mantener a salvo mi casa. No he podido resistirlo y he empezado a llorar.
21 de junio de 1940
Hoy he ido a las oficinas de la Cruz Roja, en Manchester, en vistas a mi regreso al trabajo dentro de cuatro días, el próximo lunes. Yo no estaba ni la mitad de nervioso de lo que estaba B. ante esa perspectiva. Me ha acompañado hasta la estación de Macclesfield y ha insistido en que estaría allí para encontrarse conmigo cuando yo regresara. Nos hemos puesto de acuerdo en el horario del tren que cogeré para regresar a casa. Mientras tanto, ella hará las compras que pueda en la ciudad.
Todas las señales y los carteles con topónimos han sido retirados o tapados, los cristales de las ventanas han sido cubiertos con cinta adhesiva para prevenir la rotura por la onda expansiva, junto a la entrada de muchos edificios se han amontonado sacos de arena. Por todas partes hay carteles y avisos, anuncios, advertencias, consejos y directivas. En el centro de Manchester se han habilitado refugios antiaéreos prácticamente en cada calle. La mayoría de la gente lleva máscaras de gas o cascos de acero. Muchos llevan ambas cosas. Se ve gente uniformada por todas partes. Así es como se vive en un país en guerra. Ahora esto va en serio.
Por suerte, esta noche es la más corta del año. Son casi las once de la noche y todavía no está completamente oscuro. El cielo se ve bastante negro pero, hacia el oeste, hay una franja plateada sobre el horizonte. Una luminosidad de un gris profundo se extiende por la planicie que tengo bajo mi ventana. No se ve ninguna luz, pero en las sombras de carbonilla del largo anochecer son visibles los principales rasgos del paisaje. Si los bombarderos alemanes llegaran ahora no tendrían ninguna dificultad para identificar cualquier blanco. Ese pensamiento me ha puesto nervioso y me he dado cuenta de que éste debe de ser el pensamiento de todos en este momento.