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Abundan los rumores: ciudades distantes han sido bombardeadas con terribles consecuencias; esta noche, mil bombarderos sobrevolarán Londres; Dover ha sido arrasada por las bombas; se han visto unidades alemanas en los pueblos de la costa de Essex. Durante un rato, nos creemos esos rumores. Después llegan las noticias de la BBC, que dan otra versión de los acontecimientos, y entonces nos creemos estas otras. Yo tengo la suerte de que la Cruz Roja está bien informada. Para mí es bastante fácil establecer cuál es la verdad, o al menos algo bastante cercano a ella. De momento, las cosas no parecen haber ido demasiado mal para los civiles.

Los barcos y los aeródromos son bombardeados cada día. Cuando cae la noche, los bombarderos alemanes atraviesan todo el país, pero son más una molestia que otra cosa. Las sirenas empiezan a sonar al anochecer, con lo que la vida de todos queda interrumpida. Pasada la alarma, pocos daños a la vista. Han caído algunas bombas aquí y allá. En algunos sitios, los alemanes lanzan panfletos propagandísticos, panfletos que se convierten inmediatamente en el hazmerreír de todo el mundo. Oímos hasta la saciedad que se usan como papel higiénico.

Y así llega cada mañana. Yo salgo con la ambulancia y su equipo sanitario —nos acompaña siempre una escolta armada por si se diera el caso de que fuéramos enviados a donde hubiera caído un avión alemán cuyos tripulantes estuvieran vivos— y nos dirigimos hacia los pueblos y suburbios de los alrededores de Londres: Croydon, Gravesend, Bromley, Sevenoaks. En estas zonas es donde hay más víctimas. Recogemos a aviadores que han sido derribados, a trabajadores de fábricas u otras instalaciones que hayan sido atacadas, a aquellos civiles que hayan tenido la mala suerte de estar donde se ha estrellado un avión, o caído una bomba perdida o un proyectil antiaéreo.

La mayor parte de los ataques continúan siendo contra objetivos «militares» —aeródromos, depósitos de combustible, fábricas—, pero en un número cada vez mayor de casos, parece como si los alemanes dejaran caer sus bombas en áreas cada vez más grandes. Casas, escuelas e incluso hospitales en las zonas alrededor de los blancos principales son dañados o destruidos con creciente frecuencia. Y como es obvio para todos nosotros, más y más ciudades van siendo consideradas objetivos.

Al principio, los bombardeos se limitaban a los puertos: Dover y Folkestone han sufrido terriblemente, pero éstos son los puertos que están más cerca de las bases de la Luftwaffe en Francia y tienen un indiscutible valor estratégico. Luego, las zonas atacadas han empezado a ampliarse a lo largo de la costa: Southampton y Portsmouth fueron bombardeadas. Después de eso los alemanes se dirigieron hacia las ciudades del estuario del Támesis, ya fuera de la capital. ¿Qué será lo siguiente?

8 de septiembre de 1940

Es domingo por la noche. Me he despertado hace más o menos una hora, después de uno de los días más duros y más largos de mi vida.

Ayer pasé el día con las tareas habituales, esta vez en Chatham, en el lado sur del estuario del Támesis. Debido a que ahí hay una base naval, el lugar se ha convertido en un objetivo atacado regularmente por la Luftwaffe. Al atardecer volví a Londres, dejé la ambulancia en las cocheras de Wandsworth y cogí el metro hasta mi alojamiento en la YMCA. Llevaba aquí apenas un par de minutos cuando las sirenas de alarma empezaron a sonar otra vez. Me llamaron de nuevo para que me presentara en Wandsworth inmediatamente. En cuestión de una media hora empezó un importante bombardeo contra los muelles y almacenes del East End. He pasado allí toda la noche. No he podido meterme en la cama hasta las cinco de la mañana.

19 de septiembre de 1940

No aguanto más aquí en Londres; necesito un descanso. He presentado una solicitud para regresar a Manchester.

Las tácticas alemanas de bombardeo han cambiado radicalmente. La Luftwaffe bombardea Londres todas las noches. Ocasionalmente envía una segunda y una tercera oleada de bombarderos a otras ciudades industriales, lo que da un breve respiro a la capital. Las primeras sirenas suenan poco después de ponerse el sol y, con variables grados de violencia, el bombardeo continúa casi hasta la madrugada. Al principio, los aviones lanzan cargas incendiarias —cientos y miles de ellas—, que caen en cualquier sitio: tejados, calles, jardines, parques, y casi inmediatamente liberan un chorro de fósforo blanco que incendia todo lo que toca. Los vigilantes de incendios están en cada calle y en todos los edificios altos que tienen un tejado accesible. Muchos de estos artilugios incendiarios son cubiertos con arena antes de que puedan iniciar el daño, pero el número de ellos que pueden ser neutralizados tiene un límite. Es un trabajo peligroso y difícil. No pasa mucho rato antes de que se declaren varias docenas de incendios. Poco después de esto, empieza la segunda fase del bombardeo, cuando los aviones de la Luftwaffe dejan caer bombas de alto poder explosivo y minas con paracaídas, que destrozan las calles y los edificios y dispersan los escombros que ya estaban ardiendo en todas direcciones.

Muchas personas mueren en el acto, escondidas debajo de la escalera de sus casas o apiñadas en los refugios de sus jardines, o si las pilla al aire libre. Los refugios públicos son más seguros, y las estaciones del metro lo son aún más. Se dice que cada noche más y más gente va a las estaciones del metro para ponerse fuera del alcance de los bombardeos. En cada ataque quedan cientos de personas heridas. Entre las víctimas, hay bomberos, policías, gente de los equipos de rescate, guardianes de ataques aéreos, vigilantes de incendios y conductores de ambulancia.

Yo mismo he estado varias veces cerca de la muerte o de ser gravemente herido. Cuando empezaron los bombardeos nocturnos, tuve la intención de que mis anotaciones fueran un registro de primera mano de cómo es realmente esta experiencia. Desde el principio pensé que debía quedar registrada alguna prueba, algún auténtico testimonio de primera mano de lo que pasó en Londres cuando llegaron los bombarderos. En algún momento alguien debería dar cuenta de lo que se le había hecho a esta gran ciudad. El bombardeo de ciudades es un hecho claramente criminal. Yo soy un testigo, yo estoy en el epicentro mismo de los hechos.

Pero cada madrugada llego tan agotado después de un larguísimo turno nocturno de trabajo, que no me siento con fuerzas ni para coger el lápiz. Los acontecimientos están grabados en mi memoria, pero no he podido escribir nada sobre ellos. Y la memoria no es de fiar: después de las primeras bombas explotando a tu lado, en la calle, después de los primeros almacenes incendiados, todos los incidentes se funden en una única escena de horror.

Estoy harto del calor, de las explosiones, de la súbita aparición de las llamas cuando las cargas incendiarias estallan contra el suelo, del olor a quemado, de los llantos de los niños heridos, de la visión de los cuerpos enterrados entre los escombros, de las horribles heridas, de los niños muertos, de los padres sin consuelo. Estoy casi sordo, medio ciego, asustado, rabioso, quemado. Mi pelo, mi piel, mis ropas, todo apesta a humo y sangre. En verdad camino en el infierno.

6

De las cartas de J.L. Sawyer y familia

(Colección Británica, Museo de la Paz)

I

De las cartas de J.L. Sawyer

2 de septiembre de 1940, para la señora Birgit Sawyer,

Cliffe End, Rainow

Queridísima Birgit:

No ha sido difícil conseguir un permiso de fin de semana. Lamento mucho haber estado lejos de ti las últimas dos o tres semanas. Si te visitara otra vez esta semana, llegando el viernes a última hora y marchándome el domingo por la mañana, ¿hay alguna posibilidad de que viera a mi hermano Joe?