Phyllida estaba de pie a mi lado y se inclinaba sobre mí. Con una mano me sostenía una muñeca, con la otra me tocaba la frente. Completamente confundido por lo súbito de la transición, traté de sentarme. Con suave firmeza, ella me empujó hacia abajo; imposible resistirse. Hasta ese momento no había percibido mi debilidad física.
—Estabas gritando —dijo ella—. No se entendía lo que decías.
—No lo sé —dije. Allí arriba, inalcanzables para mí, aún veía la resbaladiza pendiente, el brillante sol de la mañana, las figuras de mi hermano y mi mujer—. ¡Estaba dormido! ¿Estaba gritando?
—Joe, trata de tranquilizarte. Te llevaremos a Manchester lo más de prisa que podamos. Voy a darte algo de beber.
Me alcanzó un vaso con tapa de los que ofrecíamos a los pacientes cuando la ambulancia se movía a toda velocidad. ¿Qué había estado pasando en mi casa? ¿Jack y Birgit, juntos? Cogí el vaso que me daba Phyllida y me llevé la boquilla metálica a los labios. Me agradó sentir el agua fría en mi boca. Bebí dos o tres sorbos y devolví el vaso.
—¿Estás mejor? —me preguntó.
—¿Mejor que qué? ¡No sé qué me ha pasado! Yo creía que habíamos llegado. ¡Que habíamos llegado al edificio de Irlam Street, donde trabajamos! Tú estabas allí y Ken Wilson también. ¡Ahora mismo! ¿No era cierto?
—Joe, ponte cómodo.
Luego golpeó con el talón tres veces en el mamparo metálico que separaba la caja de la cabina del conductor. Un momento después, la ambulancia aminoró la velocidad y por fin se detuvo. El motor se paró. Oí el ruido de la puerta del chófer que se abría y se cerraba. Ken Wilson rodeó el vehículo y abrió la puerta trasera. Fuera no había más que oscuridad.
—¿Qué pasa? ¿Va todo bien, Joe?
—Sí...
—De repente, se ha puesto a gritar —explicó Phyllida—. Quizá lo has oído.
—Me parece que estaba soñando —dije, mientras me daba cuenta de la inesperada seriedad con que tomaban mi arrebato—. Una pesadilla o algo parecido.
Mientras hablaba, mis palabras salían sin ninguna convicción. Para mí, aquello de ningún modo había sido un sueño: formaba parte de la misma realidad en la que inexplicablemente estaba inmerso por segunda vez. Los sueños son raros pero breves, y aquello había sido diferente. Recordaba haber estado tendido durante largas y vacías horas sobre aquella camilla metálica mientras viajábamos a través de la noche, a medio camino entre el sueño y la vigilia, aburrido e inquieto, ansioso por llegar a casa. Para mí, había sido tan normal que ni siquiera se me había ocurrido cuestionarlo. Cuando llegamos a Manchester —como yo pensaba—, estaba como atontado por el agotamiento, pero aliviado por haber llegado. Recuperé las fuerzas y caminé lentamente hacia la estación de ferrocarril para coger el primer tren para Macclesfield. Había sido algo corriente, cotidiano, con un fondo de pensamientos lúcidos, nada breves, en absoluto extraños, nada irreal como suelen ser los sueños. ¿Había soñado el tren frío y con las ventanas con cristales sucios? ¿Había imaginado aquella larga caminata colina arriba por Buxton Road en aquella estimulante mañana de otoño?
Era como si hubiera retrocedido súbitamente en el tiempo y salido de una realidad para entrar en otra. Pero, ahora, ¿cuál era la realidad en la que debería creer?
Ken y Phyllida me miraban con expresión preocupada. Me hacían sentir como si fuera un paciente en una cama de hospital, un paciente a quien se le pedía que describiera sus misteriosos síntomas. Intenté que mis palabras sonaran tan corrrientes y coloquiales como fuera posible.
—¿Cuánto camino hemos recorrido? —pregunté—. Quiero decir, desde que salimos de Birmingham.
—No mucho —dijo Ken—. Hace unos quince minutos pasamos por Walsall. Estamos a unos pocos kilómetros al norte de Birmingham.
—Creo que he tenido una pesadilla —dije—. Lamento haberos alarmado.
—Yo me quedaré con él, Ken —dijo Phyllida—. Tratemos de llegar a Manchester lo más pronto posible.
Yo quería protestar: no soportaba que me trataran como si fuera un paciente. Pero, de hecho, no tenía la menor idea de lo que me había pasado en los últimos días. En ese sentido, yo —como la mayoría de los pacientes— en buena medida estaba a merced de ellos. Phyllida vivía en Bury, al norte de la ciudad, y Ken, quien debía volver al trabajo en Londres, había planeado quedarse conella y sus padres los próximos dos días. Después de echar un vistazo al mapa de carreteras, ambos decidieron que podían desviarse de su ruta y dejarme en mi casa. Cuando oí eso sentí un gran alivio. Ansiaba estar en casa. No quería tener que pasar otra vez por la larga espera en Manchester, ni el lento viaje de tren a Macclesfield. Yo acababa de hacer todo eso.
Pronto nos pusimos en camino de nuevo. Phyllida intentó mantenerme hablando el resto del viaje. Ambos estábamos muy cansados. Yo pensaba que en tanto me mantuviera despierto, observara todo lo que sucedía y continuara respondiendo a las preguntas de Phyllida, la continuidad de mi vida real no podría ser interrumpida. Sin embargo, era inevitable que la conversación de Phyllida decayese. Ella perdió el hilo de sus pensamientos varias veces, y yo me di cuenta de que estaba haciendo lo imposible para no dormirse. Le dije que estaba muy bien, que si quería dar una cabezada yo me las arreglaría solo. Phyllida hizo un gesto de negación y dijo que tanto ella como Ken habían sido advertidos de que debían mantenerme en observación durante todo el camino de vuelta a casa, pero a medida que hablaba era cada vez más difícil entenderla. Después de unos minutos, se extendió sobre una de las duras plataformas metálicas y se cubrió con una manta. Pronto se quedó dormida, con la boca abierta y un brazo colgando. Yo volví a mis introspecciones y empecé a pensar en aquella lúcida ilusión que había vivido y en su posible significado.
Con gran estruendo, entramos en Macclesfield cuando empezaba a amanecer. En cuanto percibí la luz del sol que empezaba a entrar por las ventanillas, me revolví sobre la camilla y me incorporé para poder atisbar por la pequeña ventana que daba a la parte frontal de la ambulancia, sobre la cabeza del chófer. No me sorprendí al ver que, probablemente debido a la hora, no había prácticamente ningún tránsito en la ciudad. Los dos o tres vehículos que vi eran militares. La mañana era fría y gris, y soplaba un viento cortante que lanzaba ráfagas de lluvia contra el cristal delantero de la ambulancia, en líneas casi horizontales, y era barrida por las escobillas del limpiaparabrisas. Unas pocas horas antes, cuando había soñado o imaginado tan claramente aquella misma mañana, el brillo del sol estaba apenas atenuado por la niebla y prometía un soleado día de otoño. Ahora no. El paisaje campestre parecía no haber sido afectado por la guerra, pero en los pueblos, muchas casas tenían las ventanas cubiertas con tablas de madera, y las entradas y puertas estaban cerradas con candado. Macclesfield parecía no haber sido dañado por el bombardeo, aunque por todas partes había sombríos indicios de guerra: los refugios, los bloques de hormigón sobre la carretera, y la monotonía general creada por la falta de cualquier señalización y los escaparates vacíos. Faltaba poco para que empezara el segundo invierno de la guerra, y la tristeza lo dominaba todo. Ken detuvo la ambulancia en Hibel Road, enfrente del juzgado. Recordaba bien aquel lugar; allí se había reunido el tribunal al que había tenido que presentarme al empezar ese año. Salí de la caja de la ambulancia y rodeé el vehículo para hacer junto a Ken en la cabina la última parte del trayecto.
Mientras rodábamos ruidosamente colina arriba por la larga carretera, yo miraba hacia delante para captar la primera imagen de la casa, preguntándome otra vez —ahora con una leve sensación de temor— qué me encontraría al llegar. A esa hora tan temprana, con toda seguridad, Birgit estaría todavía durmiendo. No permití que mis pensamientos fueran más allá de ese punto.