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Ante la insistencia de Ken, subimos por el estrecho camino hasta la puerta de la casa. Bajé de la ambulancia y cogí la pequeña bolsa con mis pertenencias, que había traído conmigo. El ruido del motor al ralentí era tan fuerte que me parecía que podía despertar a todo el pueblo. Phyllida pasó a la parte delantera del vehículo para sentarse en la cabina. Agité la mano, les di las gracias a ambos, y me volví para entrar en la casa. Saqué la llave y abrí la puerta.

Dentro, la conocida sensación de hogar. Todo estaba limpio y ordenado. Oí pasos en los escalones de arriba de la escalera y allí vi a Birgit. Ella tenía ligero el sueño; el ruido de la ambulancia la había despertado. Llevaba sobre el camisón la larga bata que yo le había regalado en la Navidad anterior. Tenía el pelo desarreglado y sus mejillas estaban sonrosadas. Lo primero que me impresionó fue verla tan feliz, el buen aspecto que tenía. ¡Estaba hermosa! Me di cuenta de cuánto la había echado de menos, hasta qué punto la ausencia se había replegado sobre sí misma y creado un vacío en mi vida. Ella sonreía mientras bajaba de prisa la escalera, recibiéndome con los brazos abiertos.

La estreché en mis brazos, aspiré su conocida fragancia y disfruté con el contacto de la piel de su cara junto a la mía. Todavía conservaba la tibieza de la cama. Nos besamos sin decirnos una palabra; nos tocamos, nos saboreamos, nos apretamos el uno contra el otro.

Después, ella se rió y cogió mi mano para que le tocara el vientre.

—¿Sientes al niño? —me preguntó—. ¡Tenía una sorpresa para ti, mi amor!

—¿Qué? —dije, como un tonto.

—¡Acabo de saberlo! Hace dos días. ¡Estoy embarazada de casi dos meses!

Ésa era mi sorpresa, aquella fría mañana de noviembre.

V

Ese año, el otoño fue frío y lluvioso; el viento del oeste batía constantemente contra la fachada de la vieja casa, metiendo gélidas corrientes de aire en cada cuarto. La vista de la llanura de Cheshire, que siempre me había inspirado, todas las mañanas estaba tapada por la niebla o las nubes bajas. Nuestro dormitorio daba a la parte de atrás de la casa, y hasta allí se colaba el frío.

La Cruz Roja me había dado un permiso de una semana por enfermedad; lo aproveché durmiendo hasta tarde cada mañana y manteniendo a Birgit apretada junto a mí. A ambos nos disgustaba dejar la cálida cama y encontrarnos con el frío de la habitación, caminar sobre el suelo de tablas desnudo —no habíamos podido darnos el lujo de comprar alfombras o alfombrillas—, meternos temblando en el cuarto de baño —situado en la parte más expuesta al viento de la casa—, bajar la escalera y pisar el suelo de piedra. En los primeros dos o tres días, fuimos tan felices como en las primeras semanas de nuestro matrimonio. La silenciosa presencia de nuestro hijo o hija, creciendo día a día, por lo menos nos concedía un cierto futuro. La perspectiva de ser padre me enfrentaba a un montón de pensamientos desconocidos: la sencilla alegría del hecho de tener un niño, por supuesto, junto con el profundo temor de no estar a la altura de la tarea de la paternidad. Más allá de eso tenía preocupaciones mayores: ¿con qué derecho, por ejemplo, traíamos un hijo a un mundo de guerra y miedo? Pero la euforia tendía a que diera por buena cualquier cosa. Sin duda podríamos con todo. En cuanto a Birgit, el embarazo la hacía sentir protegida frente a la amenaza de internamiento. Me enseñó unas cartas que había recibido del Ministerio del Interior mientras yo estaba en Londres. Los documentos oficiales nunca dicen gran cosa, pero parecía que ella continuaba estando en la Categoría «C», que era la de los que sólo serían internados en caso de que transgredieran la ley de un modo que no estaba muy definido.

Las cartas no eran nuestro único recordatorio de la guerra. Aunque no hubieran existido los indicios exteriores —las interminables listas de normas y restricciones que cada día anunciaban por la radio, el racionamiento de alimentos y ropas, las deprimentes noticias sobre ciudades bombardeadas y barcos hundidos, la constante actividad aérea sobre nuestras cabezas—, incluso sin ellos, yo tenía la desasosegante sensación de que las semanas que había pasado en Londres de algún modo habían hecho que la guerra se infiltrase en mí.

Paradójicamente, sentía que mi pacifismo me había convertido en un portador de la guerra, de la misma manera que ciertas personas inmunes a una enfermedad, son sin embargo portadores y transmisores del virus de ese mal.

Adondequiera que fuese, allí donde mirase, las señales del conflicto cobraban existencia a mi alrededor. Yo detestaba la guerra, la temía y me producía pavor, sin embargo nopodía huir de ella ni siquiera cuando dormía. Era frecuente que soñara con incendios, explosiones, edificios que se derrumbaban, chorros de agua a alta presión chocando contra muros que se desmoronaban, con el sonido de sirenas, de silbatos, de gritos. Casi todas las noches me despertaba sudando, después me quedaba en la oscuridad tratando de decirme que aquello no era más que un sueño. Yo rechazaba esas imágenes, pero al mismo tiempo me daba cuenta de que dentro de mí se había creado una adicción a los peligros de la guerra, algo casi imposible de admitir para mí. En casa y con Birgit me sentía a salvo —todo lo a salvo que un civil se puede sentir—, pero estaba ansiando abandonar esa seguridad y lanzarme de nuevo al riesgo.

Apenas llevaba un día o dos en casa cuando oímos en la radio que la ciudad de Coventry había sido completamente destruida por la Luftwaffe en una sola noche de bombardeo.

VI

La mañana siguiente del día que oímos las noticias sobre Coventry, fui despertado por Birgit, que se había levantado de la cama y se movía en silencio por nuestro dormitorio, aparentemente intentando que no me despertara. Fuera, estaba empezando a aclarar. Mientras se vestía, su silueta se recortaba tenuemente contra las cortinas. Yo contemplé con admiración su figura de mujer, sus pechos cada día más turgentes, su vientre.

—¿Qué haces? —le pregunté, antes de que saliera del cuarto.

Se volvió para mirarme sorprendida, sin darse cuenta hasta entonces de que yo estaba despierto.

—Tengo que hacer alguna compra. Es importante llegar temprano a las colas, antes de que se acabe todo. Mañana no puedo ir porque tengo la clase; por eso voy ahora.

—Iré contigo —dije.

Ya había pasado bastante tiempo en la casa y estaba empezando a sentirme atrapado.

—No, esto quiero hacerlo sola.

Discutí con ella un momento, pero continuó moviéndose resueltamente por toda la casa y pronto se fue; prometió volver lo más pronto posible. La seguí hasta la puerta y la miré mientras bajaba rápidamente por el camino hacia la parada del autobús, en la carretera principal. Volví a la cama y me puse a leer el periódico de la mañana, que había llegado después de que Birgit se fuera. Las noticias de Coventry eran deprimentes y preocupantes; los equipos de salvamento llevaban a cabo las labores de búsqueda de las víctimas en medio de la destrucción. Con aquel montón de muertos y heridos y tal cantidad de edificios destruidos, ¿qué ordenaría Churchill a modo de represalia? Temía la respuesta de un belicista. La guerra estaba fuera de control. Alguna gente decía que no podía haber nada peor que aquella interminable sucesión de ataques nocturnos contra nuestras ciudades, pero yo creía que ambos bandos eran capaces de más. Me llenaba de pavor pensar qué podría ser eso.

Me vestí y me preparé una taza de té. Después volví al dormitorio. Acerqué una silla al armario, alcancé el estante superior y metí la mano hasta el fondo buscando la gorra de la RAF que había encontrado allí antes. Bastante sorprendido, me di cuenta de que la gorra estaba sobre una pila de ropas cuidadosamente doblada. Saqué del armario lo que había encontrado y lo puse todo sobre la cama.