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—¿Qué me dices de Jack? —dije—. Sabes cómo nos llevamos él y yo. ¿Por qué ha venido aquí mientras yo no estaba?

—¡Tú no estás nunca! J.L. sólo viene cuando tiene permiso, una vez un día o dos, otro día por aquí o por allí, según se lo permitan. En ese asunto, no tiene elección. Una vez me escribió y me preguntó si podía pasar su permiso contigo y conmigo; no quería ir a su casa. Pero tú estabas en Londres. No sabía cómo comunicarme rápidamente contigo y sonaba desesperado. Quería estar un tiempo lejos de la base. Entonces, le dije que sí, y vino.

—¿Sólo una vez?

—No, ha estado aquí tres veces. Tal vez más.

—Nunca me los ha dicho.

—Quizá cinco veces. Tú nunca estás aquí, así que no puedo decírtelo.

—Y deja su ropa en el dormitorio.

—¡No! ¿Qué es lo que crees? ¿De qué me estás acusando?

Algo como esto raramente puede ser resuelto adecuadamente en un matrimonio. Las apuestas son tan altas que continuar haciéndolas conduce a situaciones de las que no hay regreso posible. Por eso, mientras pudiera, intentaría no llevar hasta sus últimas consecuencias lo que estaba pensando. Birgit y yo teníamos estrechos vínculos: los peligros de la guerra, la llegada de un niño, el amor que nos había unido durante tanto tiempo. Yo no podía soportar la idea de que algo o alguien trastornara lo nuestro, aún menos mi propio hermano. La discusión que ella y yo tuvimos dio lugar a un largo y amargo silencio que duró todo el día. Al anochecer pactamos una tregua sin palabras; esa noche hicimos el amor.

Pasé los dos días siguientes recuperándome lo mejor que pude y el lunes por la mañana me presenté en las oficinas de la Cruz Roja.

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Extracto de ¡Alemania mira al este! — Discursos completos de Rudolf Hess, seleccionados y editados por el profesor Albrecht Haushofer, Imprenta de la Universidad de Berlín, 1952. Parte de los discursos de Hess en la Leipziger Triumphsportplatz a las Hitleijugend [Juventudes Hitlerianas], mayo de 1939, se refieren a los deseos del lugarteniente del Führer de coexistencia pacífica con Gran Bretaña y su Imperio:

«A aquellos de nosotros que vivimos en las trincheras hundidos en el barro, a aquellos de nosotros que oíamos con el aliento contenido el silbido de las balas del enemigo inglés pasando sobre nuestras cabezas, a aquellos de nosotros que nos ahogábamos en nuestras máscaras de gas o que en las noches heladas nos tomábamos un respiro en los cráteres, la Gran Guerra nos aportó una apasionada convicción. Incluso ahora, esa creencia está en el fondo de mi corazón. También en el corazón del Líder, que luchó valientemente por la patria en esa misma guerra. La convicción es ésta:

»El pueblo alemán no debe librar una guerra contra la raza inglesa. ¡Nuestra lucha no es contra otra raza nórdica! Nuestra lucha está en cualquier otro sitio.

»En esa guerra tan terrible vimos morir a cientos de miles de jóvenes y muchachos alemanes. Todos ellos amaban la Patria, como vosotros y yo la amamos. ¡Y murieron por ella! No eludieron su deber. No se escondieron. Ni siquiera preguntaron nunca por qué debían hacer ese extremo sacrificio.

»Recae sobre nosotros, la nueva generación de patriotas nacionales alemanes, la responsabilidad de darles una respuesta. ¡Inglaterra no es nuestro enemigo!

»Tratamos de conseguir espacio para vivir. Deseamos el desarrollo de la raza alemana. Si los ingleses nos lo permiten, nosotros no combatiremos contra ellos. Si ha de haber una guerra, será porque ellos quieran, no nosotros. Nosotros, que sobrevivimos a las minas y a los obuses y al gas en la Gran Guerra, lo decimos una y otra vez: evitaremos que el mundo padezca otra guerra.

»¡Pero sólo si Inglaterra nos lo permite!

»Heil Hitler!»

13

Notas hológrafas de J.L. Sawyer

VIII

Llegué a la base de la RAF de Kenley al amanecer, con un oficial de la Cruz Roja llamado Nick Smith, tras un largo y peligroso viaje a través de los suburbios de Brixton y Streatham, que habían sido intensamente bombardeados.

Nuestros pases nos permitieron pasar sin demora a través de los controles de seguridad de la base aérea de Kenley. El conductor del vehículo nos dejó junto a un barracón Nissen, donde varios civiles nos estaban esperando. Añadí mi pequeña maleta a la pila que se había ido formando junto a la puerta principal, luego me acerqué todo lo que pude a la estufa para entrar en calor después del largo viaje. Me ofrecieron un cuenco de humeante sopa y la tomé agradecido.

No había dicho nada a Birgit acerca del viaje que iba a emprender, porque volar a Suiza en el medio de una violenta guerra contra Alemania librada en la tierra y el aire obviamente era peligroso. En los días que precedieron al viaje, pasé bastante tiempo estudiando un mapa de Europa, tratando de saber con antelación cuál sería la ruta más segura, aquella en que volaríamos la menor distancia posible sobre territorios ocupados o sobre la misma Alemania. Suiza, completamente rodeada de tierra, no parecía ofrecer muchas rutas seguras de entrada y salida. Mi pálpito era que lo más seguro sería dar un largo rodeo: volar hacia el sur a lo largo de la costa oeste de Francia y después hacia el este, cruzando el territorio francés controlado por el gobierno de Vichy. La ruta directa a través de Alemania era más corta, pero estaba cargada de peligros.

Desde una de las ventanas del barracón pude ver el avión pintado de blanco que estaba en la pista de estacionamiento esperando que nos embarcáramos. Debido a la oscuridad, no podía ver mucho más que el avión, pero pude advertir que había mucha actividad alrededor de él.

—Caballeros, les ruego que me presten atención, por favor. —Me volví y vi a dos oficiales de alta graduación de la RAF de pie junto a la puerta en el extremo del barracón. Uno de ellos levantaba la mano pidiendo silencio. Todos callamos—. Muchas gracias. Dentro de unos minutos podrán embarcar. Ante todo, debo pedirles disculpas porque el interior del avión es bastante espartano. Sin embargo, la tripulación ha hecho todo lo posible para que se sientan cómodos. Quisiera rogarles que, una vez que el avión esté en vuelo, se muevan por él lo menos posible. El vuelo será largo, por lo que el avión va muy cargado de combustible; si hay demasiado movimiento en la cabina, puede verse afectada la estabilidad del mismo. Estoy seguro de que no hace falta insistir sobre este punto. Cuando estén a bordo, verán que la parte delantera de la cabina ha sido aislada con una cortina. Por favor, no vayan a esa zona de la cabina hasta que el avión haya aterrizado y los demás pasajeros hayan bajado a tierra. Todo lo que necesiten estará a su disposición en el sector del avión que ocuparán. Creo que ya se les dijo que trajeran algún bocadillo y alguna bebida, ¿no es así? Muy bien. Les gustará saber que hay un aseo a bordo y que no necesitarán un doctorado en física para poder utilizarlo.

Todos sonreímos nerviosamente mirándonos unos a otros; allí había reunido un buen número de hombres haciéndonos la misma pregunta. Poco después, salimos por una puerta lateral y caminamos en la oscuridad atravesando la pista de hormigón hasta donde estaba el avión.

Yo fui uno de los primeros en subir a él y pude elegir un asiento en la parte trasera de la cabina, junto a una ventanilla. Nunca antes había ido en avión, por lo tanto estaba deseando ver todo lo que pudiera del mundo exterior en cuanto amaneciera. De los demás pasajeros, sólo conocía a Nick y a otro funcionario de la Cruz Roja que Nick me había presentado al entrar al barracón. Ése era un colega llamado Ian Maclean y trabajaba en la delegación de Edimburgo. Él y Nick se sentaron unas pocas filas delante de mí. Todos los demás me eran desconocidos.