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Cuando terminó el discurso, hicimos un brindis por el éxito de nuestros esfuerzos.

El doctor Burckhardt ya había vuelto a sentarse cuando uno de sus ayudantes se acercó rápidamente a él, se inclinó y susurró unas palabras en su oído. Naturalmente, yo no pude oír qué dijo, pero el doctor Burckhardt se aproximó al duque de Kent y le habló en voz baja. El duque asintió con la cabeza y sonrió. El doctor Burckhardt regresó a su asiento.

Momentos después, otro grupo de delegados entró en el comedor con tan poca ceremonia como los anteriores. Sin embargo, su entrada produjo una indudable agitación en la sala. De pronto, el oficial de las SS que estaba a mi lado se puso rígido. El jefe de los recién llegados caminó con paso seguro directamente hacia el sitio de honor de la mesa para saludar al doctor Burckhardt y al conde Bernadotte, quien lo condujo inmediatamente ante el duque de Kent. Ambos hombres se quedaron frente a frente, sonriendo y estrechándose las manos muy amistosamente, palmeándose uno a otro en los brazos y la espalda. Todo el mundo en el comedor enmudeció.

El recién llegado era el lugarteniente del Führer, Rudolf Hess.

XII

A la mañana siguiente empezó la primera ronda de negociaciones. Todos teníamos algo que hacer. Como funcionario inferior, se me asignó un sitio en una comisión encargada de la documentación. Había que seleccionar, leer y revisar interminables series de detallados informes que serían utilizados por los representantes principales como documentos de referencia.

Yo era uno de los pocos representantes de la Cruz Roja que había en los grupos de trabajo; el resto eran funcionarios de las embajadas británicas y alemanas o de sus respectivos gobiernos, junto con abogados constitucionalistas británicos y alemanes, consejeros en materias de negociaciones provenientes de la Sociedad de los Amigos Cuáqueros y observadores de los cinco principales países neutrales de Europa: Suecia, Suiza, Irlanda, Portugal y España. Todo lo que se hablaba era dicho en fluido alemán y con toda naturalidad por los presentes; de todas maneras, los documentos resultantes eran redactados tanto en inglés como en alemán. Durante la primera hora, más o menos, todos trabajamos envarados y con formalidad, tal vez todos alerta para que nadie obtuviera especiales ventajas de la situación, pero a medida que fueron pasando las horas, el trato pasó a ser más amistoso, y llegamos a formar un grupo eficiente y armonioso.

Aunque mi contribución a los procedimientos era menor, sentía que había sido favorecido con una tarea importante e interesante. Sobre nuestro equipo recayó la responsabilidad de redactar los acuerdos verbales a los que llegaban los negociadores principales. Nosotros trabajábamos sobre la forma de las palabras con que serían registradas las medidas provisionales, discutíamos entre nosotros las posibles variaciones léxicas y los matices; finalmente, las enviábamos a los negociadores principales como base de la nueva conversación y —así se esperaba— un posible acuerdo. Desde esa posición, no sólo podía ver los detalles variando y ampliándose a medida que avanzaban las negociaciones, sino también cómo se iba configurando todo el encuentro. Trabajábamos a presión, ya que tanto delegados como asesores venían corriendo con sus nuevas notas pidiéndonos un texto lo más claro posible en el mínimo de tiempo. Yo trabajaba cada vez con más entusiasmo y entrega, plenamente consciente de que estaba participando en un acontecimiento decisivo que podía hacer que acabara aquella terrible guerra.

Nuestra sala de trabajo estaba en la segunda planta del ala sur de la villa, mirando hacia un terreno boscoso detrás del cual estaba el mar. El salón tenía una gran terraza. Mis compañeros y yo la aprovechábamos muy bien; llevábamos allí las mesas y las sillas, y trabajábamos con nuestros papeles a la tibia luz del sol invernal, aspirando los aromas que llegaban desde el jardín y oyendo el fragor de la lejana rompiente.

El único momento en que todos los que trabajábamos en las negociaciones coincidíamos era a la hora de las dos comidas diarias. Era un espectáculo cuya rareza nunca dejaba de impresionarme: en un gran salón, los principales representantes de dos países que estaban combatiendo en una amarga guerra, mezclados socialmente y congeniando. A menudo podía verse juntos a Rudolf Hess y al duque de Kent, mientras los ayudantes de cada uno de ellos se mantenían a distancia, como para proteger la intimidad de sus jefes. Esta naturalidad se daba entre todos los que trabajábamos allí. Durante mi segunda tarde, por ejemplo, yo estaba sentado junto al general de división Bernhard Altschul, del Ala Táctica 4 con base en el norte de Francia, al mando de muchos de los aviones que en aquellos momentos estaban atacando las ciudades británicas casi cada noche de la semana. Este hombre era un compañero culto e inteligente; costaba mucho imaginar que él era el responsable de la muerte y las heridas de centenares de civiles bombardeados.

Hacia el segundo día ya nos habíamos instalado en una especie de rutina de trabajo. Ya era posible prever cuándo se darían picos de actividad y cuándo habría momentos más tranquilos. Uno de estos períodos de respiro se producía a media tarde, y yo entonces aprovechaba para tener un poco de soledad. Salía a dar un solitario paseo por el jardín, disfrutando la pausa.

Aquél era un lugar muy hermoso, fresco bajo los árboles y tibio a la luz del sol. Más allá de la espesura del bosque había una extensión de tierra agreste en la que crecían salvajes altas hierbas y rústicos matorrales; el terreno haría un poco de pendiente hacia los acantilados de la costa y estaba recorrido por quebrados senderos a través de la vegetación. Seguí uno de ellos y pronto llegué a los espectaculares acantilados rocosos. Me senté y bajé la mirada para ver las olas rodando hacia allí, la espuma y el estallido contra las rocas. La escena tenía un efecto casi hipnótico: el mar en calma reflejando la luz del sol; las olas moviéndose hacia la costa sin cesar, ganando en volumen yaltura, creciendo y creciendo antes de golpear los riscos, retirándose luego con un enorme despliegue de agua pulverizada.

—A esta costa la llaman la Boca del Infierno —dijo alguien a mi lado.

Mi ensoñación se rompió en un instante. Me volví y levanté la mirada. Era el lugarteniente del Führer Rudolf Hess, que había llegado sin que lo oyera, pues el sonido de sus pasos fue amortiguado por la suave hierba del sendero y el ruido de la rompiente.

Sorprendido y ligeramente alarmado, me puse rápidamente de pie.

—Estaba dando un breve paseo, señor —dije a la defensiva.

—Yo estoy haciendo lo mismo. ¿Ha estado antes en esta parte de Portugal?

—No, señor.

—Permítame que le muestre la boca del infierno propiamente dicha. El año pasado estuve en esta casa. Otra visita en la interminable búsqueda de la paz. Me parece que usted no estaba presente, pero sin duda conoce a quienes estuvieron aquí en esa ocasión. Creo que esta vez tendremos más suerte en nuestros esfuerzos por la paz. —Hess me sonrió amistosamente con una especie de impúdica sonrisa que reveló la estrecha separación entre sus dos incisivos—. Si caminamos a lo largo del acantilado, veremos el fenómeno natural que da su nombre a la villa.

Hess estaba solo. A menos que los tres oficiales de las SS que formaban su escolta estuvieran escondidos en algún sitio cercano, debía de haberse zafado de ellos. No era habitual que uno de los negociadores principales fuera visto sin sus auxiliares. La noche anterior, durante una breve charla informal con Declan Riley, los negociadores secundarios como yo fuimos advertidos de que no nos metiéramos en conversaciones con ninguno de los negociadores principales, ya que lo que se dijera podía servir para darles luego una posición ventajosa de negociación. Ciertamente, nunca se me hubiera ocurrido que yo pudiera encontrarme en situación de tener en cuenta ese consejo.