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Hess sugirió que podíamos tomar un sendero que seguía el contorno del acantilado. Yo caminaba algunos pasos detrás de él. Parecía que no le preocupaba darme la espalda. Era un hombre de sólida estructura aunque no robusto; más bien ancho que musculoso. Su modo de caminar era propio de personas con pies planos. A pesar de que su pelo corto e hirsuto todavía era oscuro, la brillante luz del sol revelaba un círculo de calva, extrañamente descentrado, en su coronilla. Más tarde supe que se debía a una herida recibida en una pelea en una cervecería durante los años en que Hitler intentaba llegar al poder. Si hacía falta un recordatorio de los antecedentes violentos de los nazis, allí estaba, en la coronilla de Hess.

No muy lejos, nos encontramos ante un inmenso foso, una profunda cavidad en el acantilado que no se veía desde la casa debido a una espesa masa de árboles y matorrales. Cuando llegamos al borde del foso, vimos las enormes dimensiones de aquella caverna sin techo: era casi perfectamente circular, tenía un diámetro aproximado de más de treinta metros y una profundidad más o menos igual. El mar se arremolinaba y hervía en el fondo del caldero: cada ola que llegaba estallaba dentro de la inmensa fisura y salpicaba en todas direcciones al mismo tiempo.

Contemplé aquello durante dos o tres minutos. Estaba impresionado por lo que veía, pero aún más desconcertado por la presencia del famoso jefe nazi junto a mí. Cuando se está frente a un lugar de vértigo como aquel agujero, dentro del cual una caída era mortal de necesidad, los pensamientos de un traspié accidental surgen de forma espontánea. Con ellos, inevitablemente, aparecen los pensamientos paralelos de saltar o de ser empujado. Rudolf Hess estaba a menos de un metro de mí, asomado al precipicio, mirando dentro del foso. ¿Y si alguno de los dos se cayera? ¿Y si alguno de los dos empujara al otro?

Arranqué de mi mente aquellos pensamientos: para mí, la violencia física era algo abominable. Pero, al mismo tiempo, no podía olvidar quién era el que estaba a mi lado, cuáles eran sus móviles, la enorme cantidad de vidas que su guerra se había cobrado ya, la amenaza que su régimen representaba para el resto del mundo.

Él se enderezó y ambos nos apartamos del borde del abismo.

—¿Sabía que una vez este foso fue empleado como prisión? —preguntó Hess alzando su voz por encima del rugido del caldero.

—¿Como prisión?

—La prisión principal estaba en otro sitio, pero construyeron celdas de castigo en este acantilado, por encima de la línea de la marea alta. Los prisioneros conflictivos eran traídos aquí para que conocieran los rigores del confinamiento solitario. —Me dedicó otra impúdica sonrisa—. Los prisioneros que con mayor frecuencia eran traídos a estas celdas era franceses y alemanes. Sin embargo, nunca hubo un británico. Me pregunto por qué no. Venga, permítame que le muestre. Una de las celdas está cerca de aquí.

Echó a andar otra vez por el sendero y lo seguí, estremecido por su singularidad. Hess parecía no estar seguro del emplazamiento de la celda, porque caminó arriba y abajo del sendero durante varios minutos, sin encontrarla. Yo empecé a sentir una cierta culpabilidad por haber dejado mi trabajo durante demasiado tiempo. Finalmente, Hess perdió interés en la búsqueda; mientras caminábamos de regreso, él miraba el suelo con expresión pensativa. Cuando llegamos más o menos al sitio donde yo había estado sentado, hicimos un alto.

Entonces, me habló en un tono más confidencial.

—¿Nos hemos visto antes? —preguntó.

—Yo lo he visto a usted antes, señor —respondí—. Pero estoy seguro que hasta hoy no he tenido el placer de hablar con usted.

—No, seguro que se equivoca —dijo con énfasis—. Conozco su nombre porque lo vi en la lista de la Cruz Roja. Usted es Sawyer, J.L. Pero ¿de qué me suena su nombre? y su cara también me es familiar...

—Yo competí en los Juegos Olímpicos. Tuve el honor de aceptar la medalla que usted me entregó, pero estoy seguro de que usted no podría recordarme de ese momento.

—¿Estuvo en Berlín? Entonces, es un atleta.

—Era remero, señor.

—Tal vez fuera eso. Desde esos días han pasado muchas cosas, ¿no es cierto? Entonces, como había pensado, usted es inglés.

—Sí, señor.

—¿Qué piensan ahora los ingleses de la guerra? Nosotros ya hemos probado un poco de guerra y quizá no nos gusta tanto como pensábamos.

—Yo siempre he estado contra la guerra.

—Eso dice usted. Pero fueron ustedes, los ingleses, quienes declararon la guerra al Tercer Reich.

—Herr Reichsführer, yo no debería estar hablando de estos temas con usted. Yo soy un funcionario menor y no tengo influencia sobre los negociadores principales.

—¿Y por qué está aquí?

—En última instancia, porque soy un pacifista y deseo que se llegue a la paz.

—Entonces, quizá estemos más de acuerdo de lo que usted piensa. Yo también he hecho este largo viaje porque quiero la paz entre mi país y el suyo.

—Señor, yo no represento a mi país. Yo trabajo para la Cruz Roja en calidad de neutral.

—Sin embargo me dijo que compitió en los Juegos Olímpicos. ¿Era neutral en ese momento?

—No. Remaba para Gran Bretaña.

—Entonces, dígame, ¿qué dicen los británicos de la guerra? ¿Quieren continuar o quieren parar?

—Creo que están cansados de la guerra, señor —dije—. Pero también sé que nunca dejarán de luchar mientras sientan que pende una amenaza sobre ellos.

—¿Cansados de la guerra? ¿Ya? El futuro puede ser mucho peor todavía. El Führer dispone de muchas armas secretas.

La forma en que Hess se había aferrado inmediatamente a la idea de que los británicos estaban cansados de la guerra hizo que me mordiera los labios. Recordé la advertencia que Declan Riley nos había hecho la noche anterior.

—Creo que los británicos prefieren la paz a la guerra —dije tan cuidadosamente como pude—. Pero la amenaza de invasión y los bombardeos de la Luftwaffe hacen que la población esté cada vez más colérica y determinada a vencer.

—¿Qué me dice del partido por la paz en Gran Bretaña? ¿Ignora lo que dicen?

—No sé nada de ellos, señor. En Gran Bretaña, nunca he oído hablar de paz. ¿Qué es ese partido por la paz?

—Están alrededor de usted, señor Sawyer. ¡En esta casa! ¿Cree usted que son una imaginación mía?

—El señor Churchill gobierna el país. Y en mi opinión, Churchill es un alborotador y un belicista...

—¡Como usted puede ver, el señor Churchill no ha sido invitado a esta casa! —Hess me había interrumpido aparentemente sin escuchar lo que yo estaba diciendo—. ¡Churchill es un obstáculo para la paz! Él es el problema que yo tengo que resolver, señor Sawyer. El Führer está dispuesto a firmar un tratado de paz con los ingleses pero no desea negociar con Churchill ni con ninguno de los que dicen amén a todo lo que él dice. El Führer desea fervientemente la paz con Gran Bretaña, pero ¿cómo podemos convencer a Churchill? Dado que estamos aquí para hablar de paz, ¿cuál es su opinión? ¿Aceptaría Churchill una paz por separado o debería ser reemplazado? A un acuerdo como el que estamos tratando de conseguir en esta casa deberían seguirle cambios muy importantes. Hablo de sustituciones en Alemania, y también en Gran Bretaña. Ustedes, los británicos, ¿se ocuparán de sustituir a Churchill? ¿Por Halifax, digamos, o por alguno de los competentes caballeros que están con nosotros en esta conferencia?

—No puedo decirlo, señor Herr Reichsführer. Yo no represento al gobierno británico.

Yo estaba aterrado por la súbita intensidad de Hess. Sus característicos ojos hundidos me miraban con firmeza, conminándome a que diera una respuesta. Pero aquello me superaba. La información u opinión que Hess quería estaba más allá de mis posibilidades.