Durante un momento más, continuó mirándome, después hizo un gesto de impaciencia.
—¡Es como yo pensaba! ¡Sólo el Reich quiere la paz!
Con un ademán malhumorado y desdeñoso, Hess se volvió y se alejó por el sendero que llevaba hacia la casa. Caminé a paso vivo detrás de él presintiendo que si alguna de las palabras de nuestra conversación llegaba a oídos de mis superiores me asarían a fuego lento.
Coronamos la cuesta y llegamos a un grupo de árboles que estaba a medio camino entre los acantilados y la villa. Allí, mirando en nuestra dirección, estaban esperando dos oficiales de las SS con sus negros uniformes. Yo sentía que los problemas se me acumulaban. Hess se detuvo y cuando llegué a su altura me miró cara a cara.
—Tenemos mucho que hacer —dijo en un tono más razonable—. Señor Sawyer, permítame que le diga que aunque usted no recuerde nuestro anterior encuentro en Berlín, yo sí me he acordado de las circunstancias en que coincidimos. Tal vez usted las haya borrado adrede de su mente. Ciertamente, desde entonces hemos recorrido un largo camino. Entiendo el peligro en que está usted, siendo un británico neutral en tiempos de guerra. Puede tener la seguridad de que no volveré a decir una sola palabra sobre esto.
—Muchas gracias, Herr Reichsführer —dije.
—En otro momento, quizá, tengamos otra posibilidad de hablar en privado.
Aquello no fue posible. Ésa fue la única conversación privada que tuve con Rudolf Hess mientras duraron las negociaciones. De hecho, apenas lo vi antes del fin de la conferencia.
Desde el mismo momento en que regresé a la villa, el volumen de trabajo se vio incluso incrementado: docenas de documentos con posturas diversas, protocolos, borradores de acuerdos, revisión de borradores, cláusulas modificatorias y memorándums que necesitaban inmediata preparación o traducción. Ninguno nos quejábamos de la tensión a que nos sometía el trabajo; todos éramos conscientes de la excepcional importancia de lo que estábamos haciendo. Durante las treinta y seis horas siguientes, trabajamos prácticamente sin un respiro.
Inesperadamente, en las primeras horas de nuestra última mañana en la «Boca do Inferno», el doctor Burckhardt entró en nuestra sala de trabajo, y nosotros nos pusimos de pie, sorprendidos. Muy sonriente, nos pidió que nos relajáramos. Parecía tan cansado como todos los demás. Yo sabía, por los atisbos que había tenido de las discusiones principales, que el doctor Burckhardt casi no se había alejado de la sala de conferencias. Era el único de los negociadores que se había acercado para visitarnos en nuestros dominios, donde las máquinas de escribir, los cuadernos y los papeles cubrían todas las superficies de trabajo, los vasos, tazas y platos sucios estaban esparcidos por todos los lugares posibles, los papeles arrugados se acumulaban sobre toda la alfombra, las chaquetas colgaban del respaldo de las sillas, y el ambiente apestaba a tabaco.
En cierto modo, el doctor Burckhardt se reprochaba no haber tenido la curiosidad de ver por sí mismo el sitio donde se realizaba el trabajo real, la caldera que alimentaba la sala de máquinas, como él lo describió. Nos dijo que le complacía informarnos de que las conversaciones entre los delegados británicos y alemanes habían llegado a una conclusión y que nos agradecía nuestra entrega y nuestro trabajo, llevado a cabo sin queja alguna. Nosotros le respondimos con un cortés pero entusiasta aplauso. Aun preguntándonos interiormente qué podría significar en realidad eso de que la conferencia había llegado a una conclusión, nuestro aplauso se convirtió rápidamente en una fuerte ovación. El doctor Burckhardt sonreía con modestia y, mientras nos abarcaba con la mirada, nos lo agradecía con significativos movimientos de cabeza.
Cuando terminó, sus ojos se fijaron en mí y, con una inclinación de cabeza, me indicó que lo siguiera fuera de la habitación. Mientras todos mis colegas me miraban con indisimulada curiosidad, hice lo que se me había pedido.
Fuera, en el corredor, después de cerrar la puerta de la sala, el doctor Burckhardt me estrechó cálidamente la mano.
—Señor Sawyer, en nombre de la Cruz Roja Internacional quiero agradecerle su colaboración esta semana.
Yo balbucí algo como que sólo había hecho lo que se esperaba de mí, etcétera.
—Sí, ciertamente. Todos estamos trabajando con el mismo propósito, pero éste ha sido un encuentro particularmente productivo. Aunque todavía no debería decir nada a sus compañeros de trabajo, quiero adelantarle que dentro de unas semanas habrá una segunda ronda de negociaciones en la que se ratificará el acuerdo conseguido. Aún no se ha fijado el lugar ni la fecha, pero puedo decirle que la conferencia tendrá lugar en algún momento de comienzos de mayo. Querría agregar que su presencia ha sido especialmente solicitada por uno de los principales negociadores. ¿Podemos contar con su disponibilidad?
—Sí, por supuesto, doctor Burckhardt.
—Creo que usted tiene familia en Gran Bretaña. ¿Podrían sus responsabilidades familiares impedirle hacer un segundo viaje con nosotros?
—No, señor. Mi mujer y yo estamos esperando nuestro primer hijo, pero el nacimiento no será hasta finales de mayo.
—Para entonces, todos nuestros trabajos estarán completados. Por cierto, usted habrá contribuido a que su hijo nazca probablemente en tiempos de paz. ¡Lo felicito, señor Sawyer!
Con estas alentadoras noticias, me estrechó la mano otra vez y me deseó lo mejor, eso fue todo. Me quedé inmóvil en el corredor, estupefacto por la idea de que la paz no era una noción abstracta sino una realidad alcanzable en mi propia vida. Nuestro niño podría nacer en un mundo en paz.
¡Hasta aquel momento no había sido plenamente consciente de ello! Sentí que la alegría crecía dentro de mí. Quería correr y gritar, pero en lugar de eso, con lágrimas en los ojos, me quedé solo en el pasillo, dándome cuenta de que se me había confiado la noticia más grande y más importante del mundo.
Volví a la sala. Aturdido, ayudé a mis compañeros a acabar las pocas tareas que aún quedaban por hacer. Poco después de una hora, estaba en la cama de mi habitación del hotel, tan excitado que, a pesar del agotamiento que sentía, a duras penas pude dormir.
Al día siguiente regresé a Inglaterra en el mismo avión pintado de blanco, y dos días después, me reunía con Birgit en nuestra casa de Rainow.
A todos los que participamos en los trabajos del acuerdo de Lisboa se nos hizo jurar que mantendríamos el secreto y se nos proporcionó una especie de tapadera para que pudiéramos explicar nuestra ausencia. Así, resultó que yo había estado en el norte de Gales, entrenándome con los nuevos equipos de salvamento que habían llegado de Estados Unidos.
Los acontecimientos de aquella soleada semana de invierno en Cascais ya pertenecen a la historia y el secreto ya no es tal. Lo que conseguimos y acordamos fue un protocolo para la paz, unos términos que debían ser ratificados en los más altos niveles para que el armisticio fuera vinculante. Transcurrieron varias semanas entre la primera y la segunda conferencia de paz, un tiempo de intensa actividad diplomática y gubernamental, una labor de la que sólo tenían conocimiento los integrantes de los círculos próximos a ambos gobiernos y el consejo directivo de la Cruz Roja. Ciertamente, yo tenía muy poco que ver con lo que se cocía y con lo que se dejó en un limbo de incertidumbre.
Como yo había participado en la elaboración del acuerdo, creía conocer de memoria cada cláusula, cada parágrafo, cada frase. Lo que no sabía era qué harían las personas de los más altos niveles con todo lo que nosotros habíamos elaborado.
¿Lo aceptaría Hitler? ¿Lo aceptaría Churchill?