Sugerir que es probable que no haya documentos de este período de fuga y confusión es un error: un personal tan numeroso como el del duque no puede no dejar huellas tras de sí. Por ejemplo, cuando su alteza real estuvo en Madrid, él y yo intercambiamos varios telegramas. Estos telegramas están en nuestros archivos, pero debe de haber otros del mismo tipo. En el momento de la caída de Francia, nuestro embajador en París era sir Ronald Campbell. Ahora, él es nuestro embajador en Portugal y, por supuesto, tiene un importante archivo. Por alguna razón, las informaciones que nos llegan desde nuestra embajada en España lo hacen con mucha lentitud.
Nunca he pasado por alto los rumores que dicen que en España han sido vistos importantes oficiales nazis. Me atrevo a decir que, de vez en cuando, Portugal es otro lugar favorecido por su presencia. Durante un mes, el duque residió en una villa cerca de Lisboa; en ese tiempo, no mantuvo contacto con Londres salvo por algunos asuntos absolutamente superficiales. Lo que se necesita con la mayor urgencia es el material relacionado con este período y con esta casa en particular.
Del primer ministro al ministro de la Guerra
y al ministro del Interior
30 de abril de 1941
Con la clasificación habitual, les adjunto un informe de la Sección D. Les ruego respondan lo más pronto y detalladamente posible con un análisis y una propuesta de acción.
Quizá no sea nada, pero dadas las circunstancias, al menos debemos estar bien informados sobre este tipo de cosas. La Sección D está observando al joven, sujeto de este informe. Por diversas razones, las actividades de la Sección al respecto no han sido sistemáticas ni continuas. La enorme dificultad de montar una prolongada operación de inteligencia mientras continúan los ataques aéreos son justificación suficiente; no puedo más que elogiar el valioso trabajo que han hecho hasta ahora.
El asunto que me ocupa, y que considero insólito, es el de un oficial que sirve en el Mando de Bombardeo de la RAF, el teniente Sawyer, un piloto que al parecer ha cumplido con su deber con gran valentía y entrega, y que ha sido condecorado por su valor, pero de quien se dice que está vinculado a una de esas personas que, aunque nacidas en Alemania, han obtenido la nacionalidad británica y todavía no han sido internadas. En el caso de Sawyer, se trata de una joven con quien, por lo que parece, está casado. Esta persona, nacionalizada británica, llegó al Reino Unido antes de la guerra.
La Sección D no ha podido confirmar el matrimonio; ellos alegan que la oficina del registro civil donde se podrían haber encontrado los datos correspondientes fue destruida en ataque aéreo en septiembre del año pasado. En ese registro sostienen que Sawyer no está casado con la mujer y que simplemente cohabita con ella. Hay declaraciones de vecinos, pero no me tomé la molestia de leerlas. Sin embargo, todo el asunto y las circunstancias que le rodean lo convierten en algo bastante inquietante.
Lo que hace que el caso sea insólito y digno de que se le preste atención es que, por lo menos por un tiempo, Sawyer fue registrado como objetor de conciencia con vinculaciones con la Cruz Roja británica, organización para la cual, al parecer, ha estado trabajando con cierta eficiencia. Cómo concilia esto con su condición de oficial en servicio de la RAF es el meollo del misterio. Yo no tengo objeciones de fondo respecto a ninguno de estos comportamientos, siempre y cuando no se den simultáneamente en la misma persona y, además, en tiempos de guerra. A Sawyer no se le debe permitir que continúe en este multifacético papel, sobre todo cuando una parte importante de su vida parece estar útilmente vinculada con nuestra ofensiva aérea contra los nazis.
El informe enturbia más que aclara. A mí me parece que lo más probable es que haya una confusión de identidades, confusión que deberá ser investigada. Como detesto que las personas jóvenes sean encerradas sin que exista una buena razón, pienso que debería dejarse que la joven alemana se las arreglara sola.
15
De las notas hológrafas de J.L. Sawyer
Después de Lisboa, regresé a mi vida en Rainow con la sensación de que por fin la guerra se iba a acabar. Obtenido de la Cruz Roja un permiso con paga completa, el único recuerdo que tenía del extraordinario encuentro en Portugal era una breve nota manuscrita del doctor Burckhardt. Me la entregó poco antes de que yo subiera al avión para emprender el largo vuelo a casa. En ella, me pedía que no me reincorporase al trabajo cotidiano de la Cruz Roja y que permaneciera listo para viajar al primer aviso.
Durante aquellos días en «Boca do Inferno», había llegado a verme como neutral en la guerra. Yo era un intermediario, un funcionario de la Cruz Roja, alguien que redactaba o traducía importantes documentos que podrían, literalmente hablando, cambiar el curso de la historia. Pero pocas horas después de estar de vuelta en Inglaterra, sentí que me convertía otra vez en parte de algo: yo era un inglés, un británico, en absoluto neutral. Antes de ir a Portugal, había asumido que el hecho de ser un pacifista me mantenía al margen de la pugna entre las partes, pero cuando se está en una guerra, no se puede evitar la identificación con la propia gente. Esto me dio mucho que pensar.
Volví a sumergirme en algo que parecía similar, aunque no idéntico, a mi vida anterior. Birgit estaba en las últimas semanas de su embarazo, una circunstancia que adquiría una significación especial ante la perspectiva de la paz. Mientras yo estuve fuera, ella había llegado a ser mucho más dependiente de la señora Gratton, la señora mayor que vivía en la casa que estaba en la parte baja de nuestra calle. Ahora parecía estar constantemente en nuestra casa; a menudo traía consigo a su extraño hijo, un hombre de mediana edad. Al principio de mi regreso de Portugal, me sentía casi como un intruso en mi propio hogar. La señora Gratton estaba siempre de aquí para allá por la casa, ocupada con la colada o lavando la vajilla, preparando alguna comida o bebida para Birgit; mientras tanto, Harry se ocupaba de cosas como cortar y acarrear leña, limpiar las ventanas, barrer la cocina y ese tipo de tareas.
Quizá por esa razón, mi primer fin de semana en casa después de Lisboa no resultó particularmente feliz. Entre Birgit y yo se había abierto una brecha. Yo quería ser un marido amante y consciente de sus deberes, e involucrarme en las últimas semanas del embarazo, pero Birgit no me decía nada sobre cómo se sentía ni sobre sus esperanzas o miedos ni, desde luego, nada sobre sus planes para cuando llegara el bebé.
La ayudé a limpiar y pintar el pequeño cuarto que reservábamos para la ocasión, el que a la larga sería el dormitorio del niño, pero, debido al estado de ella, terminé haciendo el trabajo yo solo. La pintura al temple de color blanco con la que normalmente se pintaban las casas, y que a causa de la guerra era prácticamente imposible de conseguir, nos fue proporcionada por Harry Gratton. Mientras yo pintaba las paredes, él me recordó esta circunstancia en dos o tres ocasiones.
Los vecinos de Rainow todavía hablaban de la noche en que Manchester había sido intensamente bombardeada, justamente cuando yo estaba de viaje. Después de sufrir dos grandes ataques en diciembre, la ciudad había sido dejada en paz, pero los bombarderos habían vuelto en la semana anterior. Harry Gratton me contó que en el momento culminante del ataque, los incendios habían sido tan intensos que la gente de Rainow, que observaba desde sus colinas, a varios kilómetros de la ciudad, podían sentir el calor en la cara.
Irlam Street, donde había estado la sede de la Cruz Roja, ya no existía. Mientras esperaba que la organización me asignara alguna tarea, yo daba vueltas por la casa esperando vagamente poder compensar a Birgit por el daño que le había hecho con mi larga ausencia, recuperar algo de nuestra anterior intimidad. Todavía me sentía alejado de ella, pero pensaba que cuando naciera el niño nuestra vida cambiaría para mejor. Por supuesto, una vez que el secreto que yo guardaba se convirtiera en realidad, la vida sería diferente para todos.