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Una noche, mientras estaba escuchando las noticias de la BBC, oí la información sobre el bombardeo que la noche anterior la RAF había hecho contra el puerto de Kiel, en el norte de Alemania. Estaba narrado en los habituales términos propagandísticos del Ministerio del Aire, tan inspiradores de confianza: a pesar del intenso fuego antiaéreo, el ataque aéreo había sido llevado a cabo con éxito gracias a la gran pericia y determinación demostradas por las tripulaciones. Como siempre, el objetivo fue descrito como de carácter militar. En esa ocasión, muchas instalaciones portuarias y suministros para el ejército alemán habían sido dañados o destruidos. Pero la BBC añadió también que los daños habían sido generalizados; ¿querría eso decir que las bombas habían caído fuera de la zona portuaria? Después, se admitió que la pérdida de nuestros aviones había sido superior a lo normal. Parecía sugerirse que la eficacia de los cazas nocturnos alemanes había sido inusualmente elevada.

De forma inevitable, mis pensamientos volaron hacia Jack. Es verdad que, deliberadamente, no pensaba en él muy a menudo, pero eso era porque hacerlo no me resultaba nada fácil. Durante muchos años habíamos estado muy unidos: «inseparables», era la palabra que usaban nuestros padres. Algunos gemelos idénticos eran así. Atados por una instintiva sensación de afinidad, de inherente unidad, todo lo hacíamos juntos. Si estábamos separados, ambos solíamos quedarnos como en suspenso. En la escuela, los maestros hacían que estuviésemos en aulas distintas, pero apenas sonaba la campana del recreo nos reuníamos otra vez. Debido a nuestra constante intimidad crecimos sin muchos amigos: nuestra estrecha relación no sólo se autoalimentaba, además era excluyente. Eso continuó en los primeros años de nuestra edad adulta: cuando remábamos juntos acostumbrábamos decir que éramos una sola cabeza con dos cuerpos. Pero durante los últimos cinco años, desde nuestro regreso de los Juegos Olímpicos, habíamos estado casi completamente separados, primero por elección y más tarde por los avatares de la guerra.

Lejos el uno del otro, ¿habríamos entrado otra vez en estado de suspenso? Debido a mi inactividad en la casa, empecé a pensar en eso, al menos en lo que a mí atañía. Recordaba mis años de pacifismo activo, algo en lo que había estado solo cuando casi todos los jóvenes de mi edad se alistaban en las Fuerzas Armadas. Ninguna de mis creencias había cambiado, pero comenzaba a preguntarme si mi aproximación al problema había sido la adecuada. Y después estaba Jack. Desde el comienzo de la guerra yo había estado haciendo conjeturas acerca de él y de sus motivos, pero sabía que en lo más profundo debíamos de estar muy próximos. Eramos bastante iguales en muchas otras cosas. Teníamos el mismo padre, proveníamos de la misma tradición familiar de tolerancia, conciencia progresista y rechazo a la guerra. ¿Qué pasaría por su mente mientras volaba para bombardear al enemigo?

Había dejado a Jack fuera de mis pensamientos conscientes. Yo ya conocía la forma en que la guerra alentaba la tentación de evitar decisiones importantes, de aplazar cosas, de tratar de reprimir sentimientos, de dejar de preocuparse por esto o por aquello. Pero ¿cómo podía haber hecho eso con Jack? Las noticias del bombardeo de Kiel —en sí mismo, un simple bombardeo en una guerra en la que había miles como ése— me recordó una vez más el peligro al que estaba expuesto con su trabajo en la RAF. Yo suponía que, como piloto de operaciones debía de estar completamente comprometido con la campaña de bombardeo. Cada vez que salía en misión, su vida corría peligro.

Yo conocía un secreto que le atañía. La paz era algo inminente, y sin embargo las operaciones continuaban. El peligro seguía existiendo hasta que se hiciera el último disparo, hasta que estallase la última bomba.

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Selección de entradas de los diarios del doctor Paul Joseph Goebbels (Bundesarchiv, Berlín, 1957) traducidos por T.F. Henderson. Durante este período, el doctor Goebbels era Gauleiter de Berlín y ministro de Información y Propaganda del Reich

28 de marzo de 1941 (viernes)

Ayer: derrocamiento del corrupto rey de Yugoslavia. El nuevo rey Pedro sólo tiene diecisiete años. Churchill saluda este golpe como si fuera la llegada de un salvador.

Anoche no hubo ataque nocturno; las noticias que llegan de Bulgaria son tan buenas como se esperaba; también las noticias desde Libia; hemos hecho públicos ambos triunfos. A los italianos no está yéndoles tan bien en Abisinia, pero tenemos que conocer más detalles.

Antes de viajar a Wilhelmshaven para inspeccionar los daños por bombardeo, trabajé como un loco. Ya estamos reconstruyendo la ciudad; aprovechamos los daños como excusa para deshacernos de varios edificios antiguos y echar a algunos indeseables que vivían en ellos. Vuelta a Hamburgo en avión y luego en tren hasta Berlín.

He pedido que se revise el caso de Betzner y el de otros dos «poetas», condenados a prisión por actividades inapropiadas. Todos ellos son unos canallas que merecen condenas más largas que las que el tribunal era capaz de imponerles. He ordenado que se investiguen sus antecedentes familiares. Con escoria como ésa, siempre se encuentra algo.

Esta tarde, Haushofer ha venido a mi despacho. Dice que los rumores de paz corren sin control por todo Estados Unidos. Pero parece que esos rumores no provienen de nosotros sino de Londres. Hess está alardeando sobre un partido por la paz en Gran Bretaña que parece tener visos de realidad. Al mismo tiempo, Roosevelt está sencillamente ofensivo. Sostiene que los deseos de paz del Reich no son sinceros. Con esa clase de paletos es con quienes nos vemos obligados a tratar.

4 de abril de 1941 (viernes)

Ayer: una gran tristeza se abatió sobre Inglaterra; mientras tanto, nuestros éxitos continúan. En un día hemos hundido 20.000 toneladas de barcos ingleses. Más avances en el desierto; los británicos están en completa retirada y se rinden en todos los frentes. ¿Dónde meteremos a los prisioneros? No ha habido bombardeos. Nosotros continuamos machacando las ciudades inglesas. La mitad de la población de Plymouth se a quedado sin techo, el resto sufre la más abyecta miseria y clama por la rendición.

Estoy tan ocupado durante el día que no puedo ni comer; todo es demasiado pesado. Los visitantes llaman continuamente. Uno de ellos era Speer, aparentemente perdiendo el tiempo, porque no tiene nada que hacer mientras estamos en Bulgaria. Speer es un esnob y un afectado que se cree que él es el único en quien confía el Führer. Le recordé que estamos demasiado ocupados para estar reconstruyendo Berlín.

Entre otros asuntos, Speer mencionó que el Führer lamenta amargamente que estemos luchando contra Inglaterra. Él dice que este país es nuestro aliado natural. He oído eso tantas veces que estoy a punto de creérmelo. Le dije a Speer lo que estamos haciendo cada noche para mantener despiertos a los amigos ingleses, enseñándoles una lección con nuestros bombarderos y socavando el posible apoyo de los norteamericanos. Nada asusta más a Roosevelt que la idea de que hagamos las paces con los ingleses, así que destrozamos a los ingleses y ayudamos a los norteamericanos a mantenerse fuera de la guerra.

El embajador británico en Moscú ha tenido un encuentro con Stalin. Nuestros informantes dicen que el encuentro fue más largo de lo habitual y que parece ser serio. ¡Ya deben de saber lo que estamos planeando! Escribí una nota para el Führer al respecto. Para mayor seguridad, la firmé y la feché, pero todavía no pienso molestarlo con este tema.

7 de abril de 1941 (lunes)

Ayer: en nuestro avance, Belgrado fue totalmente destruida. Rusia nos suplica que firmemos la paz con ellos, ¡esto es el colmo! Es previsible que Estados Unido refunfuñe. 14.000 toneladas de barcos hundidos. Otra noche de éxitos sobre Inglaterra; ¿cuánto tiempo soportarán que nuestras bombas los saquen de la cama cada noche? Anoche no vinieron los bombarderos de la RAF. Italia continúa mal en Abisinia; no son más que unos cobardes camisas pardas que ya pueden ir aprendiendo la lección.