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Tratando de parecer lo más despreocupado posible continué andando tranquilamente. El conductor dobló el periódico y me miró sin curiosidad.

—Buenos días —dije—. Éste es el bus de Tealby, ¿verdad?

—Sí.

—Muchas gracias.

Volví sobre mis pasos y me detuve en un pequeño parque público. Hacia el este, las pesadas nubes se estaban abriendo, y pronto pude disfrutar del sol primaveral. Mientras vagaba por allí no quitaba ojo del autobús de la parada. A eso de las once menos cuarto empezaron a llegar los aviadores, subieron al autobús ruidosamente y esperaron la llegada de los demás. Un grupo de seis hombres pateaban un balón en el polvoriento aparcamiento. Cuando el vehículo estuvo lleno, el chófer puso en marcha el motor, dio la vuelta y enfiló hacia el oeste.

Me acerqué rápidamente a la carretera y observé el autobús que se alejaba. Después de rodar casi un kilómetro, giró hacia la izquierda.

XIX

La base aérea de Tealby Moor estaba a poco más de tres kilómetros de Barnham; es decir, para llegar había que dar una larga, aunque no imposible, caminata. Llegué allí apenas pasado el mediodía, para descubrir que la carretera que había tomado el autobús me llevaba directamente al puesto de control en la entrada principal de la base. El aeródromo se extendía sobre la campiña no muy lejos de la aldea de la que la base tomaba su nombre. No había otras casas a su alrededor. Estaba claro que a cualquier civil que fuera visto rondando cerca de la entrada principal le darían el alto. Mantuve la cabeza baja y las manos metidas en los bolsillos y así pasé más allá del puesto de control. La carretera iba siguiendo un buen trecho de la valla perimetral de la base. Una vez dejé atrás el conjunto de edificios administrativos y los hangares, vi que la valla se convertía en un tendido doble de alambre de espino, una separación del mundo exterior un tanto simbólica. Mientras caminaba junto a ella, vi muchos aviones diseminados por todas partes: habían sido dejados en posiciones cercanas al perímetro de la base para que, dado el caso de que apareciera un avión enemigo, no presentaran un blanco concentrado. Los aviones eran bombarderos Wellington, con su fuselaje de típico morro levantado, sus dos motores y sus ametralladoras montadas en torretas, tanto a proa como a popa. La mayor parte de los aviones estaban siendo revisados o reparados por los equipos técnicos de tierra, que habían conectado generadores sobre ruedas a los aparatos y dispuesto escaleras apoyadas en los costados del fuselaje. Los hombres se afanaban sobre las alas junto a las cubiertas —ahora abiertas— de los motores. Mientras yo pasaba por allí, ninguna de las personas que estaban dentro de la base se fijó en mí.

Más adelante, la carretera y la valla tomaban direcciones distintas; aquélla giraba hacia la izquierda y discurría por un campo con suave pendiente en dirección a un puente que cruzaba un estrecho curso de agua. A lo lejos, se veía la torre de la iglesia de un pueblo. La valla perimetral de la base torcía en cambio bruscamente hacia la derecha y cruzaba los campos. Desde donde yo estaba podía ver la pista principal, que terminaba en una amplia pista de estacionamiento; allí era donde los aviones giraban antes de despegar o después de aterrizar en la pista. Había algunas señales, un par de barracones, una caravana y la larga cinta de hormigón de la pista de aterrizaje.

Mientras estaba allí observando todo esto, oí el sonido de un motor; se trataba de un pequeño camión de la RAF que avanzaba junto a la parte interior de la valla en mi dirección. Junto al conductor iba sentado un oficial. En la plataforma abierta de la parte trasera del vehículo había algunos hombres más, que se sostenían de pie en precario equilibrio. Me metí las manos en los bolsillos del abrigo y caminé por la carretera en dirección a la entrada principal de la base, tratando de dar la impresión de que estaba sumido en mis pensamientos. Los ocupantes del camión no parecían estar interesados en mí, sin embargo el oficial me miró con atención.

Cuando el vehículo estuvo lejos, volví sobre mis pasos y encontré un estrecho sendero sin pavimentar que, por la parte exterior, seguía el trazado de la valla perimetral. En el extremo de la pista, donde la valla volvía a torcer hacia el sector principal de la base, había un pequeño bosquecillo. Me metí en él saltando una vieja escalera y me interné entre los árboles. Al cabo de poco, encontré un sitio desde el que podía ver muy bien el extremo de la pista de aterrizaje, sin, a mi vez, ser visto con facilidad desde el aeródromo.

Me quedé allí una hora o más, y más o menos a media tarde fui premiado con el espectáculo de las evoluciones de varios bombarderos entrenándose a baja altura alrededor de la base. Cuando los pilotos daban gas a los motores, y las hélices giraban a toda velocidad para el despegue, el sonido que producían me llenaba de excitación. Me encontraba tan cerca que podía ver al hombre que estaba a los mandos de cada avión, pero debido a las pesadas cazadoras y los cascos me era imposible saber si alguno de ellos era Jack.

A eso de las cuatro de la tarde empecé a tener frío, hambre y sed. Mi intención era quedarme junto al aeródromo el mayor tiempo posible, pero no había planeado bien las cosas. Abandoné mi posición entre los árboles e inicié la larga caminata de regreso al pueblo.

Al día siguiente, pasé matando el tiempo toda la mañana y buena parte de la tarde. Después de comer, telefoneé a la base aérea para hablar con Jack. En ese momento no podía ponerse al teléfono, así que le dejé un mensaje en el que le decía que me alojaba en el White Hart de Barnham, y que me gustaría verlo. Cuando dije que yo era el hermano de Jack, el oficial que cogió mi llamada adoptó un tono más relajado y me dijo que haría llegar mi mensaje aunque, añadió, el teniente Sawyer podía estar de operaciones, y por tanto ilocalizable durante unos días.

Para la segunda expedición me preparé más adecuadamente; compré algunos bocadillos y una gran botella de limonada en la taberna. Me vestí lo más abrigadamente que pude.

Cuando pasé junto al puesto de control del aeródromo, ya estaba empezando a caer la tarde. Hacia el oeste, el cielo se había ido despejando y revelaba un luminoso ocaso. Me llevó otros veinte minutos rodear el extremo de la pista de aterrizaje y llegar al bosquecillo. La tarde era tranquila, silenciosa, y el crepúsculo ponía una nota de luz plateada en el paisaje. Me metí entre los árboles hasta que encontré el sitio donde había estado el día anterior.

Apenas llegué me di cuenta de que estaba a punto de lanzarse algún tipo de operación de bombardeo. En la pequeña construcción del extremo de la pista brillaban unas tenues luces. Junto a ella se veían varios vehículos, incluido un camión de bomberos.

Me senté con la espalda apoyada en el tronco de un árbol y esperé. Me comí los bocadillos y bebí la limonada. Cuando empecé a sentir la espalda rígida, me puse de pie y flexioné las piernas y los brazos intentando desentumecerme. Finalmente, empezó a haber movimiento. Dos personas, que llegaban en bicicleta por un costado de la pista, fueron hasta el pequeño barracón, dejaron sus vehículos apoyados en él y se metieron en su interior. Unos minutos más tarde, en algún sitio en el sector principal de la base, un avión puso en marcha sus motores. Pronto, otro avión hizo lo propio, y otro, y otro más. A lo largo de la pista se encendieron unas luces de señalización rojas y verdes; brillaron brevemente y se apagaron. Oí el timbre de un teléfono.

El ruido de los motores fue haciéndose más fuerte y pocos minutos después vi el primer bombardero que se acercaba lentamente por la pista lateral en dirección al sitio donde debía girar. Mientras el aparato avanzaba sacudiéndose por la irregular superficie, sus alas se balanceaban arriba y abajo. Hasta mí llegó la corriente de aire lanzada por las hélices, impregnada del intenso olor de la gasolina.