Выбрать главу

Esa mañana, apenas oí al dueño de la fonda trastear por la planta baja, y antes de correr el riesgo de que sonara el teléfono del bar, pagué la cuenta y emprendí el interminable trayecto por ferrocarril a través de toda Inglaterra, de regreso a casa. Pasé otro día y medio de tedioso viaje y de esperas en los transbordos. Estábamos en la primeras semanas de mayo, el mes en que nacería nuestro hijo.

Cuando llegué, la señora Gratton y Harry estaban en casa y me prepararon una taza de té. Me dijeron que Birgit estaba arriba, despierta. No había problemas, dijo la señora Gratton, no tenía por qué preocuparme, la criatura llegaría en la fecha prevista, pero ahora estaban esperando la visita del médico. Birgit había pasado mala noche.

Subí en cuanto se despertó, y estuvimos juntos allí arriba más o menos una hora, hasta que llegó el médico para visitarla. Oí que Birgit le decía que su dolor de espalda había empeorado y que tenía las piernas inflamadas y sin sensibilidad. El médico la tranquilizó y le aseguró que muy pronto habrían acabado todas sus molestias.

Cuando todo el mundo hubo abandonado la casa, Birgit me entregó la pequeña pila de cartas que habían llegado durante mi ausencia. Destacando entre todas, había un sobre con la dirección escrita a máquina y franqueado en Londres hacía dos días. Era del doctor Carl Burckhardt y me pedía que dentro de dos días me encontrara con él en Londres.

18

Extracto del Capítulo 6 de The Last Day of War (El último día de la guerra), de Stuart Gratton, publicado por Faber & Faber, Londres, 1981

... algunos de los teatros de operaciones de la Luftwaffe eran más tranquilos que otros. Todos los territorios ocupados necesitaban protección aérea, aunque en cuanto se confirmó que el comienzo de la Operación Barbarroja sería el 22 de junio y que se necesitaría la presencia de la aviación en el frente oriental, en algunos sitios, esa protección se fue reduciendo progresivamente hasta llegar al mínimo nivel operativo.

Esto pasó con el Grupo Aéreo 5, responsable de la totalidad del litoral marítimo nororiental, desde Emden hasta el extremo nortede la ocupada Dinamarca. Aunque losbombarderos Geschwader del Grupo Aéreo 5 actuaban contra los barcos británicos en el mar del Norte y habían atacado objetivos como Hull, Grimsby y Newcastle, la presencia de la Luftwaffe en Dinamarca era sobre todo una defensa contra las operaciones de lanzamiento de minas submarinas que la RAF llevaba a cabo en el estrecho de Kattegat.

El 10 de mayo de 1941, el proceso de retirada progresiva hacia Alemania ya había comenzado. Esto había dejado a los grupos de cazas nocturnos seriamente disminuidos en personal y en aviones. Ese día, el teniente Manfred Losen, que era el piloto de IV./NJG 35 de un caza Me-109E del aeródromo de Grove, en la costa oeste de Dinamarca, junto con los otros pilotos de su escuadrilla habían volado sobre el mar para hacer una breve calibración de la artillería de a bordo. Regresaron a su base antes de las seis de la tarde, hora local, para comer algo y descansar antes de que empezaran las operaciones nocturnas. El teniente Losen cuenta el resto de su historia:

Fui llamado a la sala de operaciones por mi superior, el comandante Limmer. Su primera pregunta fue cuánto tiempo necesitaba para levantar el vuelo después de que sonara la alarma de despegue. Le respondí que creía que si el avión ya tenía el combustible necesario y las armas estaban convenientemente cargadas, podía despegar en cuestión de minutos. Me dijo que estaba bien y que me mantuviera alerta.

Una media hora más tarde, el comandante Limmer volvió a llamarme; esta vez parecía frenético. Me dijo: «Hay una situación de emergencia. Es un trabajo fuera de lo habitual y debe despegar inmediatamente. No habrá control de tierra por radio, así que llévese todos los aviones que pueda e infórmeme en cuanto aterrice». A continuación me explicó lo que debíamos hacer. Dijo que, al parecer, los británicos habían reparado un Messerschmitt Me-110 que había sido derribado sobre suelo inglés y lo habían mandado a nuestro sector, con identificación alemana en una misión especial de espionaje. Se esperaba que el avión pasara por nuestra zona, y a baja altura, en los próximos treinta minutos. Nuestras órdenes eran derribar el avión sin advertencia previa.

Yo pregunté cómo podíamos estar seguros de que si veíamos un Me-110 sería el que estábamos buscando. El comandante Limmer me dijo que no hiciera preguntas y me ordenó que me marchara en el acto. Despegamos inmediatamente hacia la puesta de sol enfilando hacia el oeste, mar adentro. Sólo encontré otros tres cazas listos para el despegue, así que ésta fue la fuerza máxima que pudimos conseguir para la misión. Naturalmente, los pilotos que despegaron conmigo sentían curiosidad y en cuanto dejamos la base se comunicaron conmigo por radio. Les dije que sus órdenes eran mantenerse a mi lado durante todo el tiempo y obedecerme. También les dije que debía observarse el más estricto silencio de radio hasta que aterrizáramos.

Llevábamos combustible suficiente para patrullar aproximadamente durante una hora a baja altura. Después de una media hora, uno de los aviones de mi escuadrilla se me acercó. Reconocí al piloto, era un buen amigo mío, el suboficial Helmut Köberich. Con la mano, me señaló hacia arriba. A unos dos o tres mil metros por encima de nosotros volaban grupos de bombarderos bimotores ingleses; llevaban rumbo sureste, hacia Alemania. Era un hermoso atardecer, todavía con bastante claridad en el cielo. No nos llevaría mucho tiempo y estábamos en condiciones casi perfectas para atacar. Helmut, naturalmente, quería ir tras los bombarderos; era para lo que estábamos entrenados. Conseguí sujetarlo.

No mucho tiempo después, vi una pequeña forma en la distancia; volaba exactamente hacia el norte, más o menos a la misma altitud que nosotros. Inmediatamente viré en esa dirección y mis compañeros de escuadrilla me siguieron. Para entonces, nos quedaba combustible para unos minutos antes de regresar a la base. De lo contrario, nos veríamos obligados a un amaraje forzoso antes de alcanzar la costa. En cinco minutos sobrevolamos el avión y lo identificamos fácilmente: era un Me-110D. Llevaba lo que parecían los distintivos corrientes de la Luftwaffe. De acuerdo con las órdenes que había recibido del comandante Limmer, maniobré hasta colocarme en la posición adecuada y ordené un ataque en picado. Los otros aviones me siguieron. Yo ataqué con una larga ráfaga de artillería. Como empleé balas trazadoras, estaba seguro de que al menos alguno de los proyectiles había alcanzado al otro avión. El piloto del Me-110 estaba alerta e inmediatamente inició una maniobra evasiva, lanzándose en picado a la capa de nubes que tenía debajo. El resto de mi escuadrilla fue tras él, disparando sus ametralladoras; mientras tanto, yo volé en círculo, ganando un poco de altura, listo para una segunda pasada.

Me lancé otra vez en picado y conseguí bastante velocidad, y pasé a través de la capa de nubes, pero, donde suponía que debía de estar, no había ni rastro del Me-110. Busqué en todas direcciones, pero finalmente llegué a la conclusión de que, o bien había escapado, o bien se había estrellado en el mar. Recuperé la altitud anterior y pronto me uní a los demás. Volamos directamente hacia la base.

A pesar de que tenía orden de presentarme al comandante Limmer en cuanto aterrizara, a la que detuvimos los motores nos dijeron que subiéramos a un camión que nos estaba esperando en la pista; en el camión había dos cabos armados que se hicieron cargo de nuestra custodia. Fuimos conducidos al hangar más lejano de la pista de aterrizaje y allí fuimos interrogados minuciosamente sobre lo que habíamos hecho y lo que habíamos visto. Nuestras versiones de lo ocurrido eran más o menos coincidentes; así y todo, el interrogatorio prosiguió hasta pasada la medianoche. Quedó establecido el hecho de que habíamos dañado al otro avión pero que no podíamos asegurar categóricamente que lo hubiéramos derribado. Finalmente, se nos permitió regresar a nuestros alojamientos, pero se nos advirtió en los más serios términos que no debíamos revelar jamás lo que habíamos hecho esa noche.