Tiempo después, una vez terminada la guerra, me encontré con hombres de otras unidades de cazas nocturnos y supe por ellos que esa misma noche habían recibido orden de despegar por la misma razón que nosotros: un Me-110 pilotado por británicos volando en misión secreta. Uno de ellos, de nuestra base de Aalborg, Dinamarca, aseguraba que había visto caer el Me-110. Otro, con base en Wittmundhafen, en la costa de Ostfriesland, en el norte de Alemania, dijo que ellos no habían sido capaces de encontrarlo aunque sus órdenes sólo eran avistar el Me-110. Esas órdenes provenían directamente del comandante general Adolf Galland, quien a su vez las había recibido nada menos que del mariscal del Reich Hermann Goering. Más tarde supieron que en el Messerschsmitt volaba Rudolf Hess y que Hitler había cambiado de opinión en el último momento sobre el tema de negociar la paz.
Después de esto, Manfred Losen fue enviado al frente de Rusia, donde sirvió durante dos años en las condiciones más atroces. En 1943, su avión fue derribado por un Mustang de la fuerza aérea norteamericana y fue hecho prisionero. Pasó tres años en un campo de prisioneros de guerra en Texas. Ahora vive en Houston; hace poco tiempo se ha jubilado en la Dell Computer Corporation.
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Notas hológrafas de J.L. Sawyer
Yo calculaba que, en tiempos normales, necesitaría de diez a quince minutos para ir desde la sede de la YMCA, cerca de Holborn, hasta el Almirantazgo, en Trafalgar Square, pero en la mañana del 7 de mayo, inmediatamente después de un bombardeo, aquello se convirtió en una dura expedición. Muchas calles estaban bloqueadas por la caída de los edificios y había que dar grandes rodeos. Los camiones de los bomberos y las ambulancias iban y venían constantemente, y en varios lugares donde los daños por el bombardeo o los incendios habían sido peores, los trabajadores de los equipos de salvamento seguían trabajando con sus palas y apartando escombros, en busca de los que pudieran seguir allí atrapados. El agua que se escapaba de las tuberías rotas inundaba las calles. Los buldozers intentaban apartar el máximo de escombros de las calles. Mi caminata, que había empezado con espíritu de curiosidad y descubrimiento, acabó conmigo acelerando el paso, procurando no entorpecer el trabajo de los servicios de emergencia, e intentando no ver las patéticas y emotivas escenas de daño y pérdidas.
Me sorprendía darme cuenta de la rapidez con que había olvidado el infierno que podían crear las bombas.
Tal como sucedía con otros edificios oficiales de la zona, la sede del Almirantazgo parecía una fortaleza: en la planta baja, cada palmo de fachada estaba protegido con pilas de sacos terreros de casi cuatro metros de altura. Más arriba, las ventanas estaban selladas con protecciones metálicas. Estaba claro que no estaría en mejores condiciones de soportar el impacto directo de una bomba de alto poder explosivo que cualquier otro edificio, pero ciertamente la intención era que sobreviviesen a casi cualquier otra calamidad.
El doctor Burckhardt y otros dos oficiales estaban esperándome en una pequeña antesala contigua al vestíbulo principal. El doctor me saludó efusivamente en un excelente inglés en el que pude distinguir un cultivado acento.
—Nuestra reunión se va a retrasar un poco —me dijo, después de que ambos nos aseguráramos que estábamos muy bien—. Debido al bombardeo de anoche, el primer ministro ha pensado que debía hacer una breve visita personal a algunas de las zonas más castigadas. Él dice que ése es el mejor recurso que conoce para levantar la moral. Si le apetece, aquí hay un poco de té.
Esperamos durante la siguiente hora. Generalmente en silencio; apenas alguna breve charla sin importancia. Durante toda nuestra espera, la puerta permaneció abierta. Desde donde estaba sentado podía ver la mayor parte del vestíbulo. Cuando Churchill llegó, lo hizo sin ningún alboroto ni ceremonia. Mientras yo estaba mirando las sombras que se proyectaban junto a la entrada principal cuando la gente pasaba por el estrecho corredor formado por los altos taludes de sacos de arena, entró un hombre vestido de paisano. Lo siguió inmediatamente la conocida figura del primer ministro, ataviado con un abrigo marrón, un sombrero de copa alta y un bastón. Colgada del hombro con una correa, llevaba una caja con la máscara de gas. Mientras empezaba a desembarazarse de todas estas cosas, el resto de sus acompañantes fueron entrando a su vez en el edificio: dos o tres civiles más, algunos oficiales superiores de la marina, el ejército y la fuerza aérea, y un superintendente de la policía. Churchill se despidió de todos ellos con un breve gesto de cabeza y un apretón de mano, y luego se dirigió hacia donde estábamos nosotros. Lo acompañaba otro hombre.
Cuando él entró, nos pusimos de pie rápidamente. Churchill no era tan bajo como yo había imaginado. Su abdomen era menos prominente y sus movimientos más dinámicos y juveniles de lo que yo había esperado. A pesar de los sentimientos hostiles que yo albergaba hacia él desde tiempo atrás, ver sus famosas facciones tan cerca fue toda una experiencia.
Finalmente, habló:
—Permítanme que les pida disculpas por haberles hecho esperar, caballeros. Soy consciente del importante asunto por el que han venido, pero, como sin duda saben, anoche sufrimos un ataque muy grave, y si puedo, me gusta ir a ver a la gente. Como sea, estoy listo para empezar.
Lo seguimos fuera de la sala; mientras subíamos una amplia y curvada escalinata, el doctor Burckhardt caminaba junto al primer ministro. Debido a que las ventanas estaban tapadas y a que las bombillas eléctricas eran de baja potencia, el interior del lugar era bastante sombrío; aun así, era posible percibir un atisbo del antiguo esplendor del edificio desde donde se dirigían las operaciones navales británicas. Eché una mirada a mi reloj de pulsera: eran las once y cuarto.
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Gobierno del Reino Unido; documentos del gabinete protegidos indefinidamente (Orden del Consejo de 1941);
disponibles para consulta por la Directiva de Interés Público de la Unión Europea de 1997, Oficina de Registros Públicos (www.open.gov.uk/cab_off/pro/)
Actas del encuentro del primer ministro. Hora de comienzo: 11.18 horas. Miércoles 7 de mayo de 1941, sala del Gabinete, edificio del Almirantazgo.
Presentes:
P.M. (Primer ministro, señor Churchill)
J.E.M. (en representación de la Junta de Jefes de Estado Mayor, general Ismay)
Sec. For. (Secretario del Foreign Office, señor Eden)
Sec. Gue. (Secretario de Guerra, capitán Margesson)
Min. Air. (Ministro del Aire, sir Archibald Sinclair)
Sec. Pr. Min. Air. (Secretario privado del ministro del Aire, jefe de escuadrilla sir Louis Greig)
Embajador de Su Majestad en España (sir Samuel Hoare)
Embajador de Su Majestad en Portugal (sir Ronald Campbell)
Cruz Roja Internacional (Doctor Carl Burckhardt)
Cruz Roja Británica (Señor J.L. Sawyer)
Sociedad Religiosa de los Amigos [Cuáqueros], (Señor Thomas A. Benbow)
Secretario (yo mismo, J. Colville)
[Tal como se acordó entre todos los participantes, las actas se archivarán manuscritas. Este archivo estará eximido del cumplimiento de la norma de los treinta años que rige para los documentos del gabinete. Este archivo permanecerá indefinidamente secreto por orden del Consejo.]