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Bastante cerca de mi asiento, la parte de proa de la cabina estaba cerrada con una cortina. Una vez más, los que estábamos en la parte trasera del avión debíamos esperar mientras desembarcaban los dignatarios de la parte de proa. Las cosas no iban tan rápidas como cuando habíamos aterrizado la vez anterior. Vi que una lancha a motor llegaba desde la costa y amarraba debajo del ala. El duque de Kent y su séquito se embarcaron ante mi vista, aunque esta vez, para la mayoría de los que íbamos en el avión, el secreto acerca de la presencia del duque de Kent era una mera formalidad.

Cuando todos hubimos bajado del hidroavión y sido transportados a toda velocidad al centro de la ciudad, ya estaba oscureciendo. La mayoría de los delegados nos alojamos en un gran hotel, en el centro de la ciudad. A la mañana siguiente nos llevaron a una bonita mansión de campo situada en un lugar muy discreto. La mansión estaba rodeada de bosque y su fachada daba a un ancho lago. Como la otra vez, fui asignado a un grupo de documentación, un trabajo con el que yo disfrutaba. En esta ocasión, la principal diferencia fue que el grupo estaba completamente a mi cargo, algo que consideré un gran honor.

Sin embargo, pronto se hizo patente que aquello no sería una repetición del encuentro anterior.

Se esperaba que el lugarteniente del Führer, Rudolf Hess, llegara a Estocolmo esa misma noche, pero era claro que había habido algún problema por el camino. No apareció en la primera reunión, lo que naturalmente significó que las conversaciones no podían comenzar.

Mientras nos acomodábamos en las lujosas habitaciones de la mansión, la ausencia de Hess era cada vez más notoria, y los rumores empezaron a correr. Al principio fueron algunas historias sensacionalistas: Hess había sido desplazado por Goering, el avión de Hess había sido derribado, Hitler había ordenado a Hess que no viajara a Estocolmo, y cosas por el estilo. De boca del equipo de ayudantes del conde Bernadotte —más tarde nos enteramos de que, aunque él no estuviese presente, la mansión era suya— supimos que ninguno de los rumores tenía fundamento y que, sencillamente, las conversaciones habían sido demoradas unas pocas horas por cuestiones inevitables.

Como, efectivamente, en realidad no sabíamos nada cierto, lo único que podíamos hacer era esperar hasta que las cosas se aclararan. El doctor Burckhardt, que obviamente no sabía mucho más que el resto de nosotros, nos aconsejó que tuviésemos paciencia. Permanecimos a la espera toda la mañana, almorzamos temprano y regresamos a nuestra oficina.

A media tarde, sin advertencia previa, tres limusinas negras Daimler se aproximaron a la casa a cierta velocidad. Atraídos por el ruido y el movimiento, varios miembros de nuestro equipo de traductores se acercaron a la ventana para ver qué estaba pasando. Hess viajaba en el primer coche. En cuanto éste se detuvo, él descendió, echó una rápida mirada a la fachada de la mansión y después entró en ella.

XXIII

Antes de que pasaran quince minutos de la llegada de Hess se convocó una sesión plenaria. A todos los ayudantes, entre los que estaba yo mismo, se nos permitió entrar en la sala principal de las negociaciones; aquélla era la primera vez que estaba en aquel lugar. Las mesas formaban un gran triángulo equilátero: los representantes británicos ocuparon uno de los lados, los alemanes el otro, y los representantes de los gobiernos neutrales y los negociadores de las organizaciones como la Cruz Roja y la Sociedad de los Amigos se sentaron en el tercero. En el centro del triángulo, entre las mesas, se había dispuesto un gran arreglo floral.

Una vez estuvieron todos sentados, a los trabajadores auxiliares se nos pidió que ocupásemos las tres hileras de sillas situadas detrás de la delegación de la Cruz Roja. Vimos que todos los asientos reservados para la delegación alemana estaban ocupados menos uno en el centro.

Nos acomodamos en silencio; unambiente de gran expectación reinaba en la sala.

Tras más o menos un minuto de espera, Rudolf Hess apareció por una puerta lateral y atravesó briosamente la sala; su cara era una máscara imperturbable, sus ojos no miraban a ningún lado. Todos nos pusimos de pie. Hess, que llevaba el uniforme de oficial de la Luftwaffe, se sentó en el sitio central del lado alemán de la mesa e hizo un gesto imperioso para que nos sentáramos.

Sin la ayuda de nota alguna, Hess se dirigió a los delegados.

—Caballeros, pido disculpas por el retraso con que he llegado a esta reunión tan importante —empezó diciendo—. Mi intención era estar aquí con toda puntualidad; como saben nuestros anfitriones en esta espléndida casa, a los representantes del Reich se nos ha pedido que las negociaciones se ajusten a un estricto horario. Mi tardanza ha desbaratado esos planes. Lamentaría que este hecho, ni por un momento, fuese interpretado como una pérdida de entusiasmo por parte del gobierno alemán respecto a una paz honrosa por ambas partes. Puedo asegurar a todos que no es así.

»Mi retraso, sin embargo, se debe a algo que todos los aquí presentes, cuando conozcan los hechos, convendrán que era inevitable. Ayer por la tarde, mientras volaba hacia este país y la oscuridad caía sobre el mar, mi avión, que yo mismo pilotaba, fue atacado por un número desconocido de cazas. A pesar de que, como pueden ver, he conseguido salir ileso, no pude evitar que mi avión fuera seriamente dañado. Lamento decirles que mi copiloto, el capitán Alfred Horn, resultó muerto en el incidente. El avión sufrió daños de tal magnitud que tuve que hacer un aterrizaje en Dinamarca que no estaba programado. He llegado hasta aquí por otros medios.

»No he podido identificar la nacionalidad de los aviones que me atacaron. Cayeron súbitamente sobre mí desde atrás y se alejaron cuando pensaron que mi avión había sido irremediablemente dañado. Sin embargo, surgen ciertas sospechas. Bien podría ser que los aviones fueran británicos y estuviesen patrullando en busca de un avión como el mío. De hecho, anoche hubo ataques británicos contra Alemania, así que había bombarderos en las inmediaciones. Pero, normalmente, los cazas británicos no patrullan tan lejos en el mar, a menos que en este caso tuvieran una razón especial para hacerlo. ¿Podría ser que elementos subversivos entre los mandos del gobierno británico supieran de algún modo que yo tenía planeado volar anoche y que por estar contra la paz enviaran los cazas para interceptarme? Si fuera así, esto significaría que hay un fallo de seguridad y confidencialidad en lo que concierne a mis planes, lo que pondría en peligro nuestras conversaciones.

En ese momento, el lugarteniente Hess hizo una pausa y cruzó teatralmente los brazos sobre el pecho. Paseó deliberadamente sus ojos por la sala y nos miró a todos con detenimiento. Fue un momento terrible; la ira del hombre era claramente visible. Sus ojos, de cuencas profundas bajo las pobladas cejas tan características, eran un desafío para todos los presentes. Su mirada se demoró en la mesa de la delegación británica. Por supuesto, nadie reconoció que tuviera algún conocimiento de la emboscada; era inconcebible que cualquiera de los que estaban allí deseara torpedear las conversaciones.

—La otra posibilidad —continuó Hess— sería que los aviones hubieran sido enviados por una facción disidente de mi país. En circunstancias normales, eso constituiría un delito de alta traición. En comparación con esto, un ataque realizado por la RAF parecería un asunto relativamente menor, un comprensible acto de guerra. En este momento, sin embargo, las circunstancias en Alemania están lejos de ser normales. Todos los que están hoy aquí lo saben. Nos enfrentamos con problemas de aceptación de estos planes de paz por parte de ciertos sectores. No pretendamos que las cosas son distintas. En ese sentido, si esos sectores están detrás de lo que me pasó anoche, me siento inclinado a tratar la cuestión como algo menor.