– Yo no lo veo así. Descubrí que la torre de Bayaceto se construyó justo encima de una tekke karagozi en Eski Serai. Ya tenemos la tercera. Lo que ahora busco es otra tekke karagozi. Y ni siquiera sé por dónde empezar.
– No sabes las cosas que hago por ti, Yashim.
Palieski palpó en la mesa que tenía a su lado y sacó un juego de tablillas de piel. Dentro había una única hoja de papel, tamaño folio, doblada en dos. La abrió y allí, para sorpresa de Yashim, apareció una imagen de Estambul a vista de pájaro, ejecutada en tinta. Donde debía haber estado el cielo, el aire estaba repleto de nombres, notas y números.
– Estabas pidiendo un plano. Anoche, me acordé del inglez Mustafá -dijo.
– ¿El inglés Mustafá?
– Realmente era escocés. Campbell. Llegó a Estambul hará unos sesenta años para montar una escuela de matemáticas para los artilleros. Se hizo musulmán.
– ¿Aún vive?
Palieski soltó un resoplido.
– No, no. Me temo que ni siquiera la práctica del islam podía hacer eso por él. Una de sus obsesiones favoritas era la santidad de Estambul… de cómo la ciudad estaba impregnada de fe. Me atrevería a asegurar que llegó a ser un muy buen musulmán, pero no se puede olvidar fácilmente una preparación escocesa en ciencias. Este plano muestra todas las mezquitas, tumbas sagradas, tekkes derviches y cosas así que pudo localizar en la ciudad. Lo hizo imprimir.
Metió la mano en el bolsillo de su batín en busca de sus lentes de leer.
– Mira, todo lugar santo de la ciudad tiene un número. La clave está aquí. Catorce: Cammi sultán Mehmed. Mezquita de Mehmed. Veinticinco: Turbe Hassan. La tumba de Hassan. Treinta, mira, tekke karagozi. Y otra aquí, también.
Yashim movió la cabeza en un gesto de incredulidad.
– Sólo un extranjero haría algo así -dijo-. Quiero decir que es tan… tan… -Iba a decir tan carente de sentido, pero se lo pensó mejor-. Tan inusual.
Palieski soltó un gruñido.
– Quería mostrar cómo su fe de adopción estaba en la textura misma de la ciudad.
– Gracias -dijo Yashim humildemente. Y explicó lo de las torres contra incendios-. Mira, yo me equivoqué. El interés de las torres estaba en que eran tekkes koragozi, también. Podía ser incluso que el hecho de ser torres contra incendios fuera secundario. Lo que estoy buscando, creo, es otra tekke karagozi.
Palieski hizo un gesto en dirección al plano.
– Hay mucho para elegir, entonces.
– Demasiado -murmuró Yashim-. ¿Cuál es la correcta? ¿Cuál es la cuarta?
Palieski se echó para atrás tapándose los ojos con los dedos, pensando.
– ¿No me dijiste que los tres cuarteles de bomberos eran también las tekkes más antiguas de la ciudad? ¿No era eso lo que decían los vigilantes del fuego?
La mente de Yashim empezó a acelerarse. Palieski continuó:
– Quizás sólo digo esto porque soy polaco, y todos los polacos son en el fondo anticuarios. Este batín, por ejemplo, ¿sabes por qué lo llevo?
– Porque es cómodo -dijo Yashim por decir algo.
– Sí y no. Es sármata. Hace años, nosotros, los polacos, creíamos que estábamos emparentados con una tribu semimítica de guerreros que procedían de Sarmacia, en algún lugar del Asia central. Supongo que no sabíamos exactamente de dónde procedíamos y andábamos a la busca de pedigrí, por así decir. La cosa hacía furor, y el supuesto estilo sármata estaba de moda… ya sabes, seda y plumas y el cuero carmesí. Encontré esta prenda colgada en un armario cuando llegué aquí. Es una reliquia. Esto es lo que más me gusta de ella. Cada mañana me envuelvo en historia. En la imaginaria gloria del pasado. Y, por añadidura, es la mar de confortable, como tú has dicho.
»Bien, lo que me llama la atención es la idea de que estas tekkes son antiguas, realmente antiguas. Quizás las primeras que se establecieron en la ciudad. Ése es tu pedigrí, por así decir. Ahí es por donde tus tipos tal vez querían empezar. Quizás la cuarta tekke es también una de las logias originales de la ciudad. La primera, o la cuarta, la que sea. De manera que lo que tú necesitas es buscar una tekke que sea tan antigua como las tres que ya conoces.
Yashim asintió. La cuatro tekkes originales. Encajaba. Era lo que los tradicionalistas querrían.
– Lo cual podría explicar algo que me ha estado preocupando -dijo en voz alta-. No el momento oportuno, no me refiero al edicto, sino el número. ¿Por qué cuatro? Si tú tienes razón, si alguien está volviendo al comienzo, tratando de volver a empezar, entonces cuatro es el número evidente. Cuatro es el número de la fuerza, como las patas de una mesa. Es un reflejo de un orden primario. Cuatro rincones de la tierra. Cuatro vientos. Cuatro elementos. Cuatro es la base.
»¡Y está regresando a los orígenes mismos de toda la empresa otomana! Guerra Santa… y Estambul como el ombligo del mundo.
Yashim podía oír al maestro sopero explicando que los jenízaros habían construido el imperio, que, bajo la guía de los babas karagozi, habían ganado la ciudad para la fe.
– Siempre que las cosas han ido mal, la gente se ha apresurado a explicar que nos habíamos desviado de los verdaderos y antiguos caminos, que deberíamos volver al pasado y tratar de ser lo que éramos cuando toda Europa yacía temblorosa bajo nuestros pies.
– Bueno -dijo Palieski secamente-, no toda Europa.
– Exceptuando Polonia, el enemigo valiente -dijo Yashim, mientras cruzaba por sus ojos una expresión de duda-. Pero ¿cómo averiguaremos cuál es la original, la cuarta tekke? Tu plano no facilita fechas, si es que alguien las conocía.
Palieski se mordió las uñas.
– Si tuviéramos un plano más antiguo -dijo lentamente-. Uno realmente bueno, para entrecruzar las referencias con éste. La mayoría de estas tekkes, a fin de cuentas, no existirían. Podríamos llegar a alguna parte mediante un proceso de eliminación.
Se frotó las palmas.
– Tendría que ser un plano muy bueno -musitó. Luego movió la cabeza-. Para ser sinceros, no estoy seguro de si hay algo lo bastante antiguo para ti. Ciertamente no tengo semejante cosa.
Yashim apretó los dientes y miró fijamente al fuego.
– ¿Significa algo para ti el nombre de Lorich? -preguntó con calma-. Flensburg. Mil quinientos y algo.
Los ojos de Palieski se abrieron.
– ¿Cómo diantres…, Yash? Dibujó el más increíble plano de la ciudad que nunca se ha hecho. O eso se dice. Nunca lo he visto, para serte sincero. Debe haber muchas copias, pero nunca encontrarás una aquí, en Estambul. Tenlo por seguro.
– Un plano increíble -repitió Yashim-. Te equivocas, amigo. Y ahora sé exactamente dónde encontrarlo.
Capítulo 72
Media hora más tarde, Yashim estaba sentado en el pórtico de la embajada rusa, jugueteando con la irritante idea de que saber no era lo mismo que encontrar. Se hallaba sólo a ochocientos metros de la residencia del embajador Palieski, y apenas a veinte del plano que había visto colgado en la galería del vestíbulo de arriba. Pero, a pesar de toda su habilidad, éste lo mismo podría haber estado en Siberia.
El embajador, al parecer, no se encontraba en casa. Yashim se preguntó si haría el mismo horario que Palieski. Quizás estaba ahora en la cama con su deliciosa esposa. La idea le disgustó, y pidió ver al primer secretario. Pero tampoco se pudo encontrar al primer secretario. Se le ocurrió preguntar entonces por la mujer del embajador. Pero el sentido común, así como unas heredadas nociones de propiedad, le hicieron descartar la idea. Ni siquiera las mujeres cristianas acudían a la puerta ante cualquier hombre que llamara.