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– ¿Hay alguien con quien pueda hablar? Es muy urgente.

En el momento en que oyó a sus espaldas el paso deliberado, militar, Yashim supo quién era la persona que sí podía hablar con él. La mano tullida. La fea cicatriz.

– Buenas tardes -dijo Potemkin-. ¿No quiere usted pasar?

Cuando seguía al joven diplomático a la gran sala, sus ojos se desviaron involuntariamente hacia la escalera.

– El personal generalmente no admite a nadie sin cita previa. Siento que haya tenido usted que esperar tanto tiempo. El embajador y sus ayudantes tienen mucho trabajo hoy. A Su Excelencia se le espera en palacio esta noche. Me temo que es imposible que se le pueda interrumpir.

Parecía inquieto, pensó Yashim. Y dijo:

– Quizás pueda usted ayudarme. El otro día vi un interesante plano delante del despacho del embajador que me gustaría volver a mirar. ¿Me pregunto si…?

Potemkin lo miraba, desconcertado.

– ¿Un plano?

– Sí, de Melchior Lorich. Está colgado en el vestíbulo de arriba.

– Estoy seguro de que Su Excelencia estaría encantado de mostrárselo -dijo Potemkin, más suavemente-. Si pusiera usted por escrito su petición. Yo personalmente procuraré que ésta merezca su atención.

– ¿Ahora mismo?

Potemkin esbozó una semisonrisa.

– Me temo que eso es imposible. Peticiones de esta naturaleza llevan, digamos, un mes más o menos para ser atendidas. Quizás podamos acortar el plazo, sin embargo. Digamos, ¿tres semanas?

Yashim rechinó los dientes.

– Mire, esto podría ser importante. Sé que el mapa está justo ahí, en lo alto de la escalera. No molestaré a nadie.

Potemkin continuó sonriendo, y no dijo nada.

– Quince minutos -dijo Yashim desesperadamente.

– Olvida usted, monsieur, que esto es una embajada con mucho trabajo. No es ni un museo ni una galería pública. Pero estoy seguro de que Su Excelencia estará encantado de considerar su petición… a su debido tiempo. Por el momento, si no tiene usted nada más…

– Me imagino que no habrá tenido usted oportunidad de echar una ojeada a las cuentas del portero todavía -observó Yashim con sarcasmo.

– No -reconoció el agregado-. Ni una sola oportunidad. Permítame que le muestre la salida, monsieur.

Capítulo 73

La esposa del embajador, en aquel mismo momento, estaba siendo ayudada a desnudarse por cinco nerviosas doncellas, que cogían cada prenda cuando se la quitaba y examinaban con diversos grados de excitación y admiración.

La sugerencia de la Valide de que debería bañarse con las mujeres del harén, tras su oferta de dar una calada a la narghile, había privado temporalmente a Eugenia del uso de la palabra. No era una mujer que se asombrara fácilmente, pero se le ocurrió que al sultán podría metérsele en la cabeza disfrutar él mismo de un baño. Y, alternativamente, que tal vez decidiría disfrutar del espectáculo desde detrás de una celosía. Finalmente se preguntó si la Valide estaba simplemente tomándole el pelo.

– No se preocupe -dijo la Valide-. El sultán jamás usa el baño de las mujeres. Las chicas estarían encantadas, pero si usted prefiere no…

«Ha respondido al menos a dos de mis preocupaciones», pensó Eugenia.

– Será un placer -respondió.

Minutos más tarde, se estaba riendo mientras las chicas examinaban su corsé, poniendo caras. Una de las jóvenes hinchó las mejillas y sopló. Otra, para diversión general, imitó el dar la vuelta a una pequeña cerradura con una llave. Con un encogimiento de sus firmes y níveos hombros, le demostró a Eugenia que las mujeres otomanas disfrutaban de ciertas libertades negadas a sus primas europeas. Pero cuando Eugenia se quitó sus enaguas, las mujeres retrocedieron con lo que parecía sincera admiración por el efecto… hasta que descubrieron su vello púbico. Ante esto, con la misma sinceridad, desorbitaron los ojos por la sorpresa. Luego la ayudaron a acabar de desnudarse y la acompañaron al baño.

Más tarde, Eugenia reflexionaría sobre la diferencia entre un baño turco y uno ruso. En la propiedad de su padre, en las afueras de Moscú, a menudo había saltado de la vaporosa cabaña de troncos para jadear con placer en la nieve, mientras la asistenta del baño le azotaba escrupulosamente la piel hasta dejarla reluciente con un manojo de ramitas de abedul. En el baño del harén, al parecer el placer se lograba sin dolor: el placer parecía infinito y derivado de mil detalles. Fue enjabonada, y frotada y masajeada. Parecía que ninguna parte de su cuerpo escapara a las atenciones de las muchachas, o de la robusta mujer que le flexionaba las piernas, le hacía crujir el cuello e incluso le doblaba los dedos de las manos y los pies. Sólo gracias a un intenso esfuerzo de voluntad, que posteriormente lamentó a medias, osó expresar su opinión sobre la cera caliente y la navaja que la asistenta del baño le ofreció. Para cuando estuvo bañada -y yacía desnuda sobre un sofá en las habitaciones de más allá, rodeada de otras mujeres que fumaban, bebían café y apreciaban su trofeo y todos sus vestidos-, Eugenia no tenía ni idea de cuánto tiempo había transcurrido. El gorjeo de las mujeres era muy relajante, y sus cadencias pajariles, entremezcladas con el olor de madera de manzano y tabaco, la devolvían, cuando cerraba los ojos, a una infancia en el otoño, al lado de un lejano río, no hacía mucho.

La despertó una fría mano sobre su hombro. Automáticamente se enderezó y descubrió al Kislar Agha, que la estaba mirando impasiblemente. El negro asintió varias veces con la cabeza, y mostró sus dientecillos, haciendo un gesto de que se levantara.

Ella lo hizo lentamente, sonriendo a sus nuevas amigas. Éstas le devolvieron la sonrisa, pero fugazmente, y la ayudaron a vestirse. Se metió en sus enaguas primero, luego se envolvió en su corsé. Una de las chicas se lo ató por la espalda; ella lo hubiera preferido más apretado, pero de alguna manera la atmósfera que le hubiera permitido pedirle a la chica que tirara con más fuerza estaba ausente ahora. Dirigió su mirada hacia el eunuco que se encontraba junto a la puerta, paseando su mirada por la habitación. Cuando estuvo vestida, Eugenia levantó la barbilla y lo miró a los ojos. El Kislar hizo una casi imperceptible reverencia y abrió la puerta.

Cuando regresó a la suite de la Valide, Eugenia encontró a la dama en su diván, charlando con un regordete de mediana edad, que estaba sentado con una pierna a cada lado de una silla, balanceándose hacia atrás y hacia delante.

El sultán se dio la vuelta y se levantó con un ligero esfuerzo.

– Princesse! -exclamó, haciendo una inclinación, tras tomar su mano y depositar un beso en ella.

Eugenia hizo una profunda reverencia.

– ¡Bravo! -La Valide aplaudió-. Ha escapado usted, veo, vestida tan bellamente como antes. Las chicas -explicó- podrían haberle robado sus ropas.

– ¿Sus ropas? -El sultán parecía confuso-. Pero si las enviamos a buscar a París todos los años, Valide.

Eugenia rió.

– Creo, majestad, que no son las ropas lo que las mujeres encontramos interesante. Es la manera como se llevan. Y todo el mundo -añadió, incapaz de pensar un epíteto adecuado para las mujeres del sultán- ha quedado encantado.

Por todo el mundo, ella no incluía al Kislar Agha. El Kislar Agha le ponía la carne de gallina.

Capítulo 74

– ¿Otra vez aquí?

– Stanislaw Palieski -anunció Yashim-, tenemos cuatro horas. Vas a ir a una fiesta.

Palieski sonrió y movió negativamente la cabeza.

– Sé lo que estás pensando: el concierto de los embajadores en palacio. Muy tentador. Pero ya no asisto a esas recepciones. Estos días… -Levantó las manos-. Para ser franco, Yash, es una cuestión de ropa. -Bajó la voz-. Una cuestión, podríamos decir, de polillas.