– Después de eso, tuve que separarlos. El polaco se alejó muy cortésmente. Charlé con él y lo dejé ir. Derentsov estaba gruñendo cuando llegué a su lado… hablando atropelladamente sobre una posible violación de sus derechos diplomáticos y todo eso. Lo dejé divagar y luego le expliqué mi parecer sobre los duelos y sobre la ley, tal como había hecho con el embajador polaco. Le dije que el sello de una nación civilizada era su respeto por el individuo y el respeto de los individuos por la ley, y que, por supuesto, comprendía que las otras naciones tenían diferentes principios, pero que, dentro del imperio que yo controlo, el duelo estaba prohibido. Por eso, le dije, tenemos leyes… y unas leyes, añadí, que serán reforzadas y clarificadas dentro de unos días. Mientras tanto, le pedí que presentara sus excusas.
– ¿Y?
– Si su perdón hubiera dependido de sus excusas, Valide, el embajador ruso podría seguir esperando en aquella sala. Pero yo tomé algunas de sus murmuradas palabras (maldiciones, estoy seguro) como un signo de contrición, y se lo dije así. Luego le sugerí que se fuera a casa y me marché.
– Flûte, mon brave! ¡Eres muy inteligente!
La Valide cogió a su hijo por las orejas y le plantó un beso.
Capítulo 80
Antes de que Yashim pudiera recuperarse, Eugenia señaló con un dedo.
– Métase bajo la cama -dijo.
Yashim no necesitó que se lo repitiera. Se metió bajo la cama y, una vez allí, se retorció para meterse más adentro. Vio cómo Eugenia se acercaba a la puerta, los pies descalzos; percibió que recogía algo del lecho al pasar. Un salto de cama de seda susurró en el aire y formó un remolino en torno a sus tobillos.
Sonó un golpecito en la puerta. Yashim se esforzó por oír, pero todo lo que pudo distinguir con claridad fue unos «niet… niet» de Eugenia y otras palabras murmuradas. La puerta se cerró y los pies aparecieron nuevamente al borde de la cama. Luego la bata se deslizó al suelo con un suave susurro y los pies desaparecieron.
Eugenia estaba sentándose en el lecho, directamente encima de él. Esperó a que el turco emergiera. Exhibía una pequeña sonrisa, pero no llevaba nada encima.
Sintiéndose ridículo, Yashim se esforzó por ponerse de pie e hizo una reverencia.
– Perdóneme, Excelencia -dijo-. Me extravié. No tenía ni idea…
Eugenia hizo un puchero.
– ¿Ni idea, monsieur ottoman? Me decepciona usted. Vamos, venga acá.
Deslizó su mano entre sus pechos. «Por las barbas del Profeta -pensó Yashim-, es adorable: mucho más adorable que las chicas del harén. ¡Qué hermosa y blanca piel! Y su cabello… negro como reluciente ébano.»
Ella alzó una rodilla y la sábana de seda se levantó, dejando al descubierto un largo y esbelto muslo.
«Ella me desea -pensó Yashim-. Y yo la deseo a ella.» Su pieclass="underline" anhelaba alargar la mano y acariciarla. Anhelaba inhalar su extraña y extranjera fragancia, acariciar sus curvas con sus manos, tocar sus oscuros labios con los suyos.
Prohibido. Era el camino de la pasión y el pesar.
«Por ahí es por donde no debo ir. Al menos si aprecio mi cordura.»
– Usted no lo entiende -dijo Yashim desesperadamente-. Yo soy un… un… ¿Cuál era la palabra que había usado un chico inglés? -Y recordó-: Soy un freelance, un independiente.
Eugenia parecía estupefacta.
– ¿Quiere que le pague?
Se río incrédulamente y sacudió sus rizos. Y no solamente sus rizos.
– ¿Y si no lo hago?
Yashim estaba confuso. Ella vio la confusión en su cara y le hizo un gesto con las manos.
– Vamos -dijo.
La mujer apoyó los brazos en el lecho, sobre su cabeza. Yashim gimió y cerró los ojos.
Cinco minutos más tarde, Eugenia había descubierto lo que Yashim quería decir con «independiente».
– Esto tiene sus ventajas -dijo ella, y se dejó caer hacia atrás. Levantó sus esbeltas rodillas-. ¡Tómame, turco! -jadeó.
Capítulo 81
Muy lejos, en la primera gran audiencia en el palacio del sultán en Topkapi, los carruajes se alejaban rodando por los adoquines y a través de la alta puerta, para desaparecer en dirección al Hipódromo y la oscuridad de la ciudad. Sólo quedaba un hermoso coche de punto, con su conductor inmóvil en el pescante, el látigo en la mano, y dos lacayos detrás del vehículo como si fueran hombres de piedra, insensibles a la llovizna. Cuando el viento azotaba las antorchas colgadas a lo largo de la pared interior, el resplandor se reflejaba en el brillante acabado de laca negra de la puerta del carruaje e iluminaba el escudo de armas de los Romanov con su águila bicéfala: el símbolo que tantos siglos antes había nacido en esta misma ciudad.
En contraste con el vacío del carruaje del embajador ruso, en el boudoir de la esposa las cosas habían llegado a un clímax de lo más vivo.
Dejando caer los hombros, Eugenia soltó un largo y satisfecho suspiro.
Momentos más tarde, sonreía guturalmente al oído de Yashim.
– Por más que sea presumida -susurró-, no creo que fuera por esto por lo que viniste, ¿verdad?
Yashim se incorporó. Sus ojos estaban cerrados por el doliente esfuerzo. Eugenia alargó una mano y le acarició su húmeda frente.
– Lo siento -dijo la mujer.
Yashim soltó un soplido y abrió los ojos. Haciendo una profunda inspiración, dijo:
– El-plano-del-vestíbulo. ¿Dónde ha ido a parar?
Eugenia se rió, pero cuando captó la mirada de Yashim, se apartó y se arrodilló en la cama.
– ¿Hablas en serio?
– Necesito echar una mirada a ese plano -dijo él-. Antes de que tu marido vuelva a casa.
– ¿Él? -Una mirada de desprecio cruzó por su rostro-. No vendrá.
Sonrió con tristeza. Saltó de la cama, recuperó su bata y se ató el cinturón con gesto irritado.
– Nunca me ha perdonado que me casara con él. Y tú no tienes ni idea de cuánto me aburro.
Yashim frunció el ceño. Resultaba difícil de creer que el príncipe pudiera mantener las manos apartadas de su mujer ni por un momento. Pero así era. Quizás él, Yashim, no era mejor que aquellos occidentales que imaginaban al sultán en un perfumado paraíso de huríes.
– Llevo aquí seis meses. Nunca salgo. Me cambio de vestido tres o cuatro veces al día… ¿Para qué? ¿Para quién? ¿Para los centinelas? Una vez por semana mi marido organiza una cena muy aburrida.
Se recogió sus negros rizos con una mano. Y los dejó caer.
– En casa, en mi país, hay un baile cada noche. Veo a mis amigos. Salgo a cabalgar en la nieve. Yo… oh, no sé, río, flirteo, charlo sobre literatura y arte, todo. Supongo que por eso me fijé en ti. Fuiste el primer turco con quien he tenido una oportunidad de hablar. Mi primer amante turco.
Yashim bajó los ojos. Eugenia se volvió a reír.
– Y también mi primer amante eunuco, y probablemente el último. Te mostraré el plano. Está precisamente aquí.
Señaló a algún lugar por encima de su hombro. Él miró a su alrededor, y allí estaba, apoyado contra la pared, la forma familiar de la ciudad como el hocico de un animal, hozando las costas de Asia.
– Necesito comparar -explicó Yashim, alargando la mano en busca de su capa.
Sacó el plano de Palieski, lo desplegó y se agachó junto al plano de Hontius. Alisó el de Palieski contra el cristal.
– No puedo ni imaginar lo que buscas, pero ¿puedo ayudarte?
La mujer le puso la mano sobre el hombro.
Yashim explicó:
– Quizás no funcione. En este plano, tenemos una referencia muy detallada de todos los edificios religiosos de Estambul tal como existían hace unos treinta años. Los que me interesan son las tekkes karagozi… me llevaría mucho tiempo explicar por qué, o lo que son, pero el símbolo parece ser una letra «B» arábiga, como ésta.