– Ve con cuidado, ¡ala. Escoge cuidadosamente las palabras. De algunas cosas es mejor no hablar.
Yashim miró al sultán fríamente.
– Pero no creo que esto sea inevitable, Majestad.
Se produjo un silencio.
– Muy bien -dijo el sultán-. Puedo comprenderlo. Ahora, ustedes dos, acérquense al trono. No deseamos tener que gritar, ¿verdad?
Yashim vaciló un momento; las palabras del sultán le recordaron los últimos versos del poema. «Los pocos silenciosos se hacen uno con el Núcleo. Acércate.» ¿Qué podía significar? Dio un paso para acercarse al sultán. El serasquier permanecía rígido a su lado.
– ¿Qué dice usted, serasquier?
– Si nuestras cifras son correctas, tal vez haya más de cincuenta mil hombres preparándose para tomar las calles.
– Y Estambul podría arder hasta los cimientos, ¿no es eso? Ya veo. Bueno, debemos hacer algo al respecto. ¿Qué tiene usted pensado?
– Creo, sire, que debe usted ordenar a la Nueva Guardia que ocupe la ciudad temporalmente -interrumpió Yashim-. El serasquier es reticente a tomar esta medida, pero yo no veo una manera mejor de garantizar la seguridad pública.
El sultán frunció el ceño y se tiró de la barba.
– Serasquier, usted conoce el temple de sus hombres. ¿Están preparados para dar semejante paso?
– Su disciplina es buena, sultán. Y tienen algunos oficiales que son juiciosos y decididos. Con su permiso, podrían tomar posiciones durante la noche. Su sola presencia podría intimidar a los conspiradores.
Yashim observó que el serasquier no parecía tan vacilante ahora.
– Con todo -observó el sultán-, podría producirse una batalla en las calles.
– Existe ese riesgo. En dichas circunstancias simplemente tendríamos que resolverlo de la mejor manera posible. Identificar a los cabecillas, limitar el daño. Y, por encima de todo, sultán, proteger palacio.
– Humm. Da la casualidad, serasquier, de que no tenía pensado quedarme en la ciudad.
El serasquier parecía preocupado.
– Con todo el respeto, sultán, su seguridad está garantizada y pienso que su presencia ayudará a tranquilizar al pueblo.
El sultán respondió con un suspiro.
– No tengo miedo, serasquier. -Se frotó la cara con las manos-. Prepare a los hombres, y yo consultaré con mis visires. Puede esperar una orden mía dentro de las próximas horas.
Se volvió hacia Yashim.
– En cuanto a usted, ya es hora de que haga progresos en nuestra investigación. Tenga la bondad de venir a informarme a mis apartamentos.
Los despidió con un gesto. Los dos hombres hicieron una profunda inclinación y anduvieron hacia atrás en dirección a la puerta. Cuando las puertas se cerraban, Yashim vio al sultán sentándose en su trono, apoyando el puño contra la mejilla, sin dejar de observarlos.
Capítulo 110
Una vez fuera, el serasquier se detuvo para secarse la frente con el pañuelo.
– ¿Nuestra investigación? Debería usted haberme dicho que estaba trabajando en un caso aquí -murmuró con tono de reproche.
– No preguntó usted nada. De todas maneras, tal como ha oído, tiene usted prioridad.
El serasquier gruñó.
– ¿Puedo preguntar a qué investigación se refiere?
El serasquier era demasiado brusco. En la plaza de armas eso serviría, quizás: los soldados prometían su inquebrantable obediencia. Pero Yashim no era ningún soldado.
– No sería de interés para usted -dijo Yashim.
Los labios del serasquier se apretaron.
– Tal vez no. -Miró fijamente a Yashim-. Le sugiero, entonces, que haga usted lo que el sultán ha dicho. Como haré yo.
Observó que el serasquier se dirigía con paso vivo hacia la Ortakapi, la puerta central que conducía al primer patio. La suya no era una situación en la que a Yashim le hubiera gustado encontrarse. Por lo demás, si el serasquier sabía manejarla bien, tanto él como la Nueva Guardia saldrían de ella con honor. Era una oportunidad para restablecer la reputación de sus hombres, de alguna manera empañada por sus fracasos en el campo de batalla.
Y un deber, también. No sólo con el sultán, sino con el pueblo de Estambul. Sin la Nueva Guardia, la ciudad entera corría el peligro de caer en manos de los rebeldes jenízaros.
Yashim no tenía ninguna duda de que el cuarto asesinato había completado una etapa, terminado los preparativos. Los viejos altares habían sido reconsagrados, con sangre. La segunda etapa estaba en marcha. Yashim estaba convencido.
Despiértalos. Acércate.
¿Qué significaban realmente esas palabras?
Dentro de las siguientes setenta y dos horas, al menos ésa era la impresión de Yashim, lo averiguarían todo.
Vio cómo el serasquier desaparecía en la sombra de la Ortakapi. Entonces se dio la vuelta y se dirigió a los apartamentos del harén.
Capítulo 111
– ¡Dichosos los ojos!
Fue casi como un susurro. Ibou, el bibliotecario, dobló su largo brazo y agitó los dedos a guisa de saludo. Yashim sonrió y levantó una mano.
– ¿Vas al trabajo? -preguntó en voz baja.
Según una costumbre establecida desde hacía mucho tiempo, nadie alzaba nunca la voz en el segundo patio de palacio.
Ibou levantó la cabeza.
– He terminado ahora. Iba a buscar algo de comer.
A Yashim le pareció que era una invitación.
– Bien, ojalá pudiera ir contigo -dijo. Y luego añadió-: Has salido de la puerta que no corresponde, ¿verdad?
Ibou le lanzó una mirada solemne y después volvió la cabeza.
– A mí me parece la buena.
– No, quiero decir, de los archivos. Yo… yo no sabía que podías pasar a este lado. -Yashim sintió que él mismo se estaba ruborizando-. No importa. Gracias por tu ayuda la otra noche.
– Sólo quisiera haber podido hacer más, effendi -replicó Ibou-. Puede usted venir a verme otra vez, si quiere. Estaré por las noches el resto de la semana.
Le hizo una zalema, que Yashim le devolvió.
Yashim entró en el harén por la Puerta del Aviario. Nunca cruzaba aquella puerta sin pensar en la Valide Kosem, que dos siglos antes había sido arrastrada por los tobillos hasta aquí, desde los apartamentos, desnuda, para ser estrangulada en el corredor. Eso había constituido el final a cincuenta aterradores años, en los que el imperio estuvo gobernado por una sucesión de locos, borrachos y libertinos… incluyendo al propio hijo de Kosem, Ibrahim, que tenía sus habitaciones empapeladas y alfombradas con pieles rusas, y montaba a sus mujeres como si fueran yeguas… hasta que el ejecutor vino en su busca con la cuerda del arco.
Peligroso territorio, el harén.
Entró en la sala de los guardias. Seis alabarderos estaban de servicio, de pie, por parejas, al lado de las puertas que conducían al patio de la Valide y la Calle Dorada, un diminuto y abierto callejón que unía el harén con el selamlik, la parte de palacio destinada a los hombres. Los alabarderos iban desarmados, excepto por las cortas dagas que llevaban embutidas en el fajín de sus holgados bombachos; solamente llevaban alabardas cuando cumplían con una tarea de protección, como en aquellas raras ocasiones en que escoltaban a las mujeres del sultán fuera del palacio. Poseían una sola característica distintiva: las largas trenzas negras que colgaban de la copa de sus altos sombreros como una prueba de que habían sido autorizados a entrar en el harén. Yashim recordó cómo se había reído un francés cuando le explicaron la función del cabello.
– ¿Cree usted que una melena así impediría a un hombre ver a las mujeres del sultán? En Francia -dijo- son las mujeres las que llevan el pelo largo. ¿Y acaso no pueden lanzar miraditas a un hombre guapo?
Y Yashim replicó, más bien con sequedad, que los alabarderos de las trenzas sólo entraban en las zonas más públicas del harén, para llevar leña.