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– Cogeré eso -dijo, señalando una calabaza-. Algunos puerros, si tienes. Pequeños, mejor.

– Algunos puerros muy pequeños, bien. ¿Vas a hacer balkabagi? Necesitas un par de cebollas, entonces. Bien. Para el caldo: una zanahoria, cebolla, perejil, laurel. Son veinticinco piastras.

– Más lo que te debo de otro día.

– Olvida lo de otros días. Hoy es hoy.

Le facilitó a Yashim una bolsa para sus verduras.

La mujer de la manti seguía en su puesto, tal como Yashim había esperado. Compró medio kilo de carne y manti, un cuarto de leche de la lechería de la puerta siguiente y dos rodajas de borek, todavía caliente. Y luego se fue hacia casa. Le pareció que hacía mucho tiempo desde la última vez que había ido.

Ya en su habitación, encendió las lámparas, se quitó de un puntapié sus sandalias y colgó la capa de una percha. Ajustó las mechas y abrió la ventana un centímetro para ventilar. Con un trapo empapado en aceite y un puñado de ramitas secas encendió un fuego y esparció algunos trozos de carbón encima. Luego empezó a cocinar.

Vertió las verduras del caldo en una olla, añadió agua de la jarra y lo puso en la parte trasera de la chimenea para que hirviera a fuego lento. Echó un chorrito de aceite de oliva en la base de una gran sartén y cortó cebollas, la mayor parte de los puerros y algunos dientes de ajo. Lo puso todo a sofreír. Mientras tanto, con un cuchillo afilado, peló la calabaza, recogió las semillas y las dejó a un lado. Cuidadosamente, para no romper la cáscara, sacó la pulpa de color naranja con una cucharilla y la revolvió con las cebollas. Echó un generoso pellizco de pimienta y canela, y una cucharada de miel clara. Al cabo de unos minutos puso la sartén a un lado y arrastró la olla hasta dejarla sobre las brasas de carbón.

Metió una toalla y una pastilla de jabón en la vacía palangana de agua y bajó hasta la fuente instalada en el pequeño patio trasero, donde se desenrolló el turbante y se desnudó hasta la cintura, temblando bajo la fría llovizna. Con un jadeo, metió la cabeza bajo el grifo. Cuando se hubo lavado, se secó vigorosamente, ignorando el escozor que sentía en la piel, y llenó de agua la jarra. Una vez arriba se secó más concienzudamente y se puso una camisa limpia.

Sólo entonces se hizo un ovillo en el diván y abrió el ejemplar de la Valide de Les liaisons dangereuses. Podía oír cómo el caldo hervía suavemente; en una ocasión levantó la tapa y un chorro de fragante vapor perfumó la habitación con un breve siseo. Leyó la misma frase una docena de veces, y cerró los ojos.

Cuando los volvió a abrir, no estaba seguro de si se había dormido; alguien estaba llamando a la puerta. Con un culpable sobresalto se puso de pie y se precipitó a la puerta.

– ¡Stanislaw!

Pero no era Stanislaw.

Aquel hombre era más joven. Se estaba quitando las sandalias y en su mano llevaba una sedosa cuerda de arco, enrollada en el puño.

El serasquier cruzó decididamente el primer patio del palacio y atravesó la Puerta Imperial, la Bab-i-Hümayün, penetrando en el espacio abierto que separaba el palacio de la gran iglesia, actualmente una mezquita. Tras la poco natural quietud del palacio quedó sorprendido por los sonidos que le llegaban de una gran ciudad: el ruido producido por las ruedas de carro de llantas de hierro sobre los adoquines, los perros mordisqueando y gruñendo ante los despojos, el chasquido de un látigo y los gritos de los muleros y vendedores ambulantes.

Dos dragones a caballo espolearon sus monturas para avanzar y le trajeron su propio caballo rucio. El serasquier se encaramó graciosamente en la silla, colocó bien su capa y dirigió la cabeza del caballo hacia los cuarteles. Los dragones se colocaron en fila tras él.

Cuando pasaba bajo el pórtico de la mezquita, el serasquier levantó la mirada. El pináculo de la gran cúpula de Justiniano, la segunda en tamaño de todo el mundo, superada sólo por la basílica de San Pedro en Roma, se alzaba allá en lo alto: el lugar más elevado de todo Estambul, como bien sabía el serasquier. Mientras avanzaba lentamente, a un trote corto, estudió la configuración del terreno por enésima vez, instalando mentalmente sus baterías de artillería, disponiendo sus soldados.

Para cuando llegaron al cuartel, ya había tomado la decisión. Diseminar sus fuerzas por toda la ciudad sería inútil, pensó; podría incluso aumentar el peligro para sus hombres. Mejor elegir dos o tres posiciones, mantenerlas bien defendidas, y efectuar todas las incursiones que fueran necesarias para conseguir sus objetivos. Aya Sofía era un punto de reunión; la mezquita del sultán Ahmet, hacia el suroeste, sería otro. Le habría gustado meter a sus hombres en los establos del viejo palacio del gran visir, justo frente a las paredes del serrallo, pero dudaba de que le concedieran el permiso. Había una colina más al oeste que proporcionaba una buena visión de palacio.

Era en el palacio, esencialmente, en lo que tenía que pensar.

Tras haber regresado a sus apartamentos, convocó a una docena de oficiales superiores a una sesión informativa.

A dicha sesión le siguieron unas breves palabras de ánimo. Todo, dijo, dependía de cómo ellos y sus hombres se comportaran durante las cuarenta y ocho horas siguientes. La obediencia era la clave. Tenía toda la confianza en que, juntos, podrían hacer frente al desafío que se había presentado.

Eso era todo.

Capítulo 114

Yashim se agarró a la puerta. El hombre del umbral saltó hacia delante y durante unos segundos lucharon para no perder el apoyo, separados solamente por la delgada puerta que había entre ellos. Pero Yashim había sido pillado desequilibrado y fue el primero en ceder. Se separó de la puerta de un salto y su asaltante entró disparado en la habitación, casi dando un traspié, pero se volvió de repente para enfrentarse a Yashim poniéndose de cuclillas.

«Es un luchador», pensó Yashim. El hombre llevaba completamente afeitada la cabeza. Su cuello formaba una línea continua con sus anchos hombros, que sobresalían de las sisas de un jubón de cuero sin mangas. La piel era negra y brillaba como si hubiera sido untada con aceite. Tenía las piernas cortas, observó Yashim, y los pies descalzos bien plantados en el suelo, con una separación de casi un metro, las rodillas dobladas, y una esbelta cintura. No había ningún signo de arma, al margen de la cuerda enrollada en su puño derecho.

«Un hombre que podría partirme en dos sin esforzarse», pensó Yashim. Dio un paso atrás, deslizando sus desnudos pies sobre las pulidas tablas.

«Necesito que me echen una mano.»

El hombre soltó un gruñido y se lanzó hacia delante, bajando la cabeza como un carnero; llegó hasta Yashim con sorprendente velocidad. Yashim echó hacia atrás el brazo mientras retrocedía de un salto, y alargó la mano hacia el tajo de la cocina. Sus dedos tocaron el cuchillo, pero sólo consiguió empujarlo. Debió de haberlo hecho girar, porque, al intentar cerrar sus dedos sobre el mango, sólo encontró el aire, y cuando el enorme hombro del luchador se aplastó contra su diafragma, la embestida lo proyectó contra el tajo de tal manera que su cabeza sufrió un latigazo. Jadeó, tratando de respirar, y notó que los brazos del luchador subían para inmovilizar los suyos.

Yashim sabía que, si el luchador conseguía hacer su presa, estaba acabado. Embistió, pues, hacia la derecha, arrojando todo el peso de la parte superior de su cuerpo contra el brazo en ascenso del luchador, extendiendo al mismo tiempo un brazo para agarrar el asa del recipiente del caldo. De un tirón la agarró y la llevó hasta la espalda de su atacante. La tapa del recipiente estaba como pegada. No pudo más que apretar el recipiente contra la espalda del otro antes de que el atacante lo agarrara por el brazo. Pero el borde del cuello del jubón del desconocido empujó la tapa y la levantó.