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– En la Oficina de Asesoramiento al Ciudadano. Pregúntame qué hará.

– Nobby… -Frank estaba cansado.

– Escribir sus malditos folletos -dijo Nobby con otra carcajada, esta vez más fuerte y desmedida-. Ha pasado de Architectural Review a Asesoramiento al Ciudadano, gracias a mí. Le dije que dimitiera, que escribiese su novela, persiguiera su sueño, como he hecho yo.

– Lamento lo que ha pasado -dijo Frank-. No te imaginas cuánto.

– Supongo que no. Pero así es la mala suerte. Todo ha sido en vano desde el principio. ¿Te has dado cuenta? ¿O lo sabías desde siempre?

Frank frunció el ceño.

– ¿Cómo? ¿Qué iba…?

Nobby llevaba uno de los delantales de su mujer. Se lo quitó y lo dejó en el respaldo de una silla de la cocina. Parecía una locura, pero era como si disfrutara con aquella charla, y su placer aumentó con su siguiente revelación. Dijo que los planos que Guy dispuso que le enviaran de Estados Unidos eran falsos. Los había visto personalmente y no tenían validez. En su opinión, ni siquiera eran los planos para un museo. ¿Qué opinaba Frank de eso?

– No tenía ninguna intención de construir un museo -le informó Nobby-. Fue todo un juego que consistía en ponernos por las nubes y luego echarnos por tierra. Y nosotros éramos los bolos: tú, yo, Henry Moullin y cualquiera que estuviera involucrado en el proyecto. Infló nuestras expectativas con grandes planes y luego se quedó mirando cómo nos retorcíamos y suplicábamos mientras nos deshinchábamos: ésa es la historia. Pero el juego sólo llegó hasta mí. Entonces se cargaron a Guy y el resto de vosotros os quedasteis preguntándoos cómo sacar adelante el proyecto ahora que él no estaba ahí para dar su bendición. Pero quería que lo supieras. No tiene sentido que yo sea el único que coseche los frutos del insólito sentido del humor de Guy.

Frank se esforzó por digerir la información. Se contradecía con todo lo que sabía de Guy y todo lo que había experimentado como amigo suyo. Su muerte y los términos de su testamento habían acabado con el museo, pero que nunca hubiera tenido intención de construirlo… Frank no podía permitirse pensar en eso ahora; ni nunca, en realidad. El precio era demasiado alto.

– Los planos… -dijo-. Los planos que trajeron los americanos…

– Falsos como un billete de tres libras -dijo Nobby en un tono agradable-. Los he visto. Un tipo de Londres me los trajo. No sé quién los dibujó ni para qué son, pero lo que sí sé es que no son para construir un museo en la calle de la iglesia de Saint Saviour.

– Pero tenía que haber… -¿Qué?, se preguntó Frank. Tenía que haber ¿qué? ¿Sabido que alguien estudiaría con detenimiento los planos? ¿Cuándo? ¿Aquella noche? Había descubierto un dibujo especializado de un edificio que anunció que era el proyecto seleccionado, pero nadie pensó en preguntarle por los planos-. Debieron de engañarle -dijo Frank-. Porque sí que pensaba construir ese museo.

– ¿Con qué dinero? -preguntó Nobby-. Como bien señalaste, en su testamento no dejó ni un céntimo para construir nada, Frank, y no dejó ninguna indicación para que Ruth lo financiara si le ocurría algo. No, Guy no se dejaba timar por nadie; pero nosotros sí. Todos nosotros le seguimos el juego.

– Tiene que haber algún error, un malentendido. Quizá hizo alguna mala inversión últimamente y perdió los fondos con los que pensaba construir el museo. No querría admitirlo… No querría quedar mal, así que siguió adelante como si no hubiera cambiado nada para que nadie supiera…

– ¿Eso crees? -Nobby no se esforzó por disimular la incredulidad en su voz-. ¿De verdad crees eso?

– ¿Cómo explicas entonces…? El proyecto estaba en marcha, Nobby. Se sentiría responsable. Tú habías dejado tu empleo y te estableciste por tu cuenta. Henry había invertido en la fabricación del vidrio. Salían artículos en el periódico y la gente se había creado sus expectativas. Si había perdido el dinero, tenía que confesar o fingir que seguía adelante, con la esperanza de que, si iba dando largas al asunto, la gente perdiera interés con el tiempo.

En la mesa, Nobby cruzó los brazos.

– ¿De verdad piensas eso? -Su tono sugería que el ex alumno se había convertido ahora en el maestro-. Sí, por supuesto. Ya veo por qué necesitarías aferrarte a esa creencia.

Frank creyó percibir en el rostro de Nobby que, de repente, el arquitecto lo había comprendido todo: el propio Frank, poseedor de miles de objetos de la guerra aparentemente queridos, no deseaba que ese material viera nunca la luz del día. Y si bien aquélla era la verdad de la cuestión, era imposible que Nobby Debiere lo supiera. Era un tema demasiado complicado para que se diera cuenta. Para él, Frank Ouseley sólo era otro miembro decepcionado del grupo que confió en un plan que había quedado en agua de borrajas.

– Supongo que no me he recuperado de todo esto -dijo Frank-. No puedo creer… Tiene que haber alguna explicación.

– Acabo de dártela. Ojalá Guy estuviera aquí para poder disfrutar del resultado de sus maquinaciones. Mira, deja que te lo enseñe. -Nobby se dirigió a un rincón de la encimera, donde parecía que la familia guardaba el correo del día. A diferencia del resto de la casa, era una zona desordenada, con fajos de cartas, revistas, catálogos y listines telefónicos amontonados todos juntos. De debajo de este montón, Nobby sacó un papel y se lo entregó.

Frank vio que era el texto y las ilustraciones para un anuncio. En ella, un Nobby Debiere dibujado estaba junto a una mesa de delineante en la que descansaba una especie de boceto. Alrededor de sus pies había pergaminos desenrollados en los que aparecían otros bocetos. La copia presentaba la nueva empresa como Arreglos, Reformas y Restauraciones Bertrand Debiere, y la dirección del local estaba justo allí, en Ford Road.

– He tenido que despedir a mi secretaria, naturalmente -dijo Nobby con una alegría forzada que helaba la sangre-. Así que ella también se ha quedado sin trabajo, lo que le habría encantado a Guy si hubiera vivido para verlo.

– Nobby…

– Y trabajaré desde casa, como ves, lo cual es magnífico, naturalmente, puesto que Caroline probablemente pasará la mayor parte del tiempo en la ciudad. Quemé las naves con la empresa cuando dimití, pero no hay duda de que con el tiempo podré entrar en otra si no me hacen el vacío. Sí, ¿verdad que es maravilloso ver cómo ha acabado todo? -Le quitó a Frank el anuncio y lo metió arrugado debajo del listín telefónico.

– Siento -dijo Frank- que las cosas hayan acabado así…

– Es lo mejor, sin duda -dijo Nobby-, para alguien.

Capítulo 27

Saint James encontró a Ruth Brouard en el pabellón acristalado. Era mayor de lo que le pareció cuando la vio por primera vez el día del entierro. El ambiente en el interior era húmedo y cálido. En consecuencia, el cristal del pabellón estaba lleno de gotas de condensación. El agua de las ventanas y de un sistema de irrigación trazaba un dibujo constante de salpicaduras a medida que las gotas caían sobre las anchas hojas de las plantas tropicales y sobre el camino de baldosas que serpenteaba entre ellas.

Ruth Brouard estaba en el centro del invernadero, donde las baldosas se ensanchaban y formaban una zona circular de asientos lo bastante grande para acomodar una chaise longue, una silla de mimbre blanca, una mesa similar y un pequeño estanque en el que flotaban unos nenúfares. Estaba en el sofá con las piernas sobre un cojín bordado. Una bandeja de té descansaba en la mesa a su lado. Tenía un álbum de fotografías sobre las rodillas.

– Disculpe el calor -le dijo Ruth señalando la estufa eléctrica que había sobre las baldosas y que añadía calor al pabellón-. Me consuela. No altera mucho el rumbo de las cosas, en realidad, pero yo siento que sí. -Su mirada se posó en el cuadro que Saint James llevaba enrollado; pero no comentó nada sobre él, sino que le invitó a acercar una silla para poder enseñarle “quiénes éramos”.