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– ¿Verlas?

– Rastas. -Reveló que el hombre que llevó los planos tenía aspecto caribeño-. Unas rastas largas hasta ya sabe dónde; sandalias, pantalones cortos vaqueros y camisa hawaiana: un aspecto bastante raro para un arquitecto, pensé. Pero tal vez sólo se encargaba de hacer sus entregas o algo así.

Concluyó diciendo que no había apuntado su nombre. No hablaron. Llevaba puestos unos auriculares y escuchaba música. Le recordó a Bob Marley.

Saint James dio las gracias a Cheryl Bennett y colgó.

Se acercó a la ventana y examinó las vistas de Saint Peter Port. Pensó en lo que le había dicho la secretaria y en lo que podría significar todo aquello. Después de meditarlo, sólo podía llegarse a una conclusión: nada de lo que habían descubierto hasta la fecha era lo que parecía.

Capítulo 28

La desconfianza de Simón espoleó a Deborah, y también el hecho de que su marido seguramente justificara esa desconfianza diciéndose a sí mismo que ella era quien no había entregado el anillo con la calavera y los dos huesos cruzados a la policía cuando debía. Sin embargo, sus dudas actuales no eran un reflejo de lo que sucedía realmente. La verdad era que Simón desconfiaba de ella porque siempre había desconfiado de ella. Era su reacción instintiva a todo lo que exigiera de ella una opinión adulta, algo de lo que, al parecer, la creía incapaz. Y esa reacción era en sí misma la ruina de su relación, el resultado de haberse casado con un hombre que en su día tuvo el papel de segundo padre. No recuperaba siempre ese papel en momentos de conflicto. Pero la mortificaba que lo adoptara cuando fuera y bastaba para animarla a hacer lo que él no quería que hiciera por nada del mundo.

Por eso se dirigió a los apartamentos Queen Margaret cuando podría haber ido a mirar tiendas en High Street, subido la cuesta hasta Candie Gardens, caminado hasta Castle Cornet o curioseado en las joyerías del centro comercial. Pero no obtuvo ningún resultado de su visita a Clifton Street. Así que bajó las escaleras que llevaban al mercado y se dijo que en realidad no estaba buscando a China y que, aunque así fuera, ¿qué más daba? Eran viejas amigas, y China estaría esperando a que alguien la tranquilizara y le dijera que la situación en la que se encontraban ella y su hermano estaba camino de resolverse.

Deborah quería ofrecerle esa tranquilidad. Era lo mínimo que podía hacer.

China no estaba en el viejo mercado al pie de las escaleras, y tampoco en la tienda de comida donde Deborah había encontrado a los River la otra vez. Cuando había abandonado por completo la idea de dar con su amiga, la localizó al doblar la esquina de High Street con Smith Street.

Había empezado a subir la cuesta, resignada a regresar al hotel. Se detuvo a comprar un periódico en un quiosco y, cuando estaba guardándolo en el bolso, vislumbró a China hacia la mitad de la colina. Salía de una tienda y siguió subiendo hacia el lugar donde Smith Street se abría a una explanada donde se erigía el monumento a los caídos en la primera guerra mundial.

Deborah gritó el nombre de su amiga. China se giró y examinó a los transeúntes que también subían, hombres y mujeres de negocios bien vestidos que habían acabado su jornada laboral en los muchos bancos de la calle de abajo. Levantó la mano para saludarla y esperó a que Deborah la alcanzara.

– ¿Cómo va? -preguntó cuando estuvo lo bastante cerca para oírla-. ¿Alguna novedad?

– No lo sabemos muy bien -contestó Deborah. Y entonces, para dirigir la conversación hacia otro tema, uno con el que no corriera el peligro de querer ofrecer detalles para tranquilizarla, dijo-: ¿Qué haces?

– Dulces -dijo.

Al principio, Deborah pensó en pasteles, lo cual no tenía sentido porque a China no le gustaban demasiado. Pero luego su cerebro hizo el pequeño salto que había aprendido en Estados Unidos y tradujo rápidamente la palabra de China a su inglés.

– Ah, dulces -dijo.

– Estaba buscando Baby Ruths o Butterfingers. -China dio unas palmaditas a su amplio bolso en el que, al parecer, había guardado las chucherías-. Son sus preferidas. Pero no hay en ningún sitio, así que le he comprado lo que he podido. Espero que me dejen verle.

China le contó que la primera vez que había acudido al hospital Lañe no la habían dejado. Cuando antes se había despedido de Deborah y su marido, había ido directamente a la comisaría de policía, pero no le habían permitido ver a su hermano. La habían informado de que, durante el período de interrogatorio a un sospechoso, sólo su abogado estaba autorizado a verlo. Tendría que saberlo, naturalmente, puesto que a ella tambien la habían retenido para interrogarla. Había llamado a Holberry. Le había dicho que haría todas las gestiones posibles para que pudiera ver a su hermano, y por eso había salido a buscar las chucherías. Iba hacia allí para dárselas. Miró hacia la explanada y el cruce de calles a poca distancia de donde estaban.

– ¿Quieres venir?

Deborah contestó que sí. Así que caminaron juntas hasta la comisaría, a dos minutos escasos de donde se habían encontrado.

En la recepción, un agente antipático les comunicó que no permitirían a la señorita River ver a su hermano. Cuando China le dijo que Roger Holberry había hecho las gestiones oportunas para que la dejaran pasar, el policía le informó de que él, personalmente, no sabía nada de Roger Holberry, por lo que si a las señoras no les importaba, seguiría con su trabajo.

– Llame al tipo que está al mando -le dijo China-, el inspector Le Gallez. Seguramente Holberry se habrá puesto en contacto con él. Ha dicho que haría las gestiones… Mire. Sólo quiero ver a mi hermano, ¿vale?

El hombre se mostró inflexible. Informó a China de que si Roger Holberry había hecho las gestiones oportunas a través de quien fuera, entonces esa persona -se llamara el inspector en jefe Le Gallez o la reina de Saba- se habría asegurado de que la información llegaba a recepción. A menos que se diera esa situación, no se permitía a nadie, salvo al abogado del sospechoso, entrar a verlo.

– Pero Holberry es su abogado -protestó China.

El hombre sonrió con absoluta antipatía.

– No veo que esté aquí con usted -contestó, y miró ostensiblemente detrás de ella.

China se dispuso a hacer un comentario acalorado que empezaba así:

– Escúchame, maldito…

Sin embargo, Deborah intervino.

– Tal vez pueda llevarle unas chucherías al señor River… -le dijo con calma al policía.

– Olvídalo -dijo entonces China, y salió hecha una furia de la comisaría sin realizar su entrega.

Deborah encontró a su amiga en el patio que servía de aparcamiento, sentada en el borde de una jardinera, tirando ferozmente de los arbustos que contenía. Cuando Deborah se acercó a ella, China dijo:

– Cabrones. ¿Qué creen que voy a hacer? ¿Ayudarle a fugarse?

– Quizá podamos contactar nosotras con Le Gallez.

– Seguro que estará encantado de darnos una oportunidad. -China tiró el puñado de hojas al suelo.

– ¿Le has preguntado al abogado cómo lo lleva Cherokee?

– Todo lo bien que cabría esperar, teniendo en cuenta las circunstancias -contestó China-. Se suponía que tendría que hacerme sentir mejor, pero podría significar cualquier cosa y lo sé perfectamente. Esas celdas son una mierda, Deborah. No hay nada en las paredes ni en el suelo; tienen un banco de madera que, muy amablemente, sólo convierten en cama si te ves obligado a pasar la noche allí, un retrete de acero inoxidable, una pila de acero inoxidable y esa puerta azul grande que no se mueve. No hay ni una revista, ni un libro, ni un póster, ni una radio, ni un crucigrama, ni una baraja de cartas. Se va a volver loco. No está preparado… No está hecho para… Dios mío. Yo me alegré tanto de poder salir. No podía respirar ahí dentro. Incluso la cárcel me parecía mejor. Y es imposible que él… -Pareció que se obligaba a tranquilizarse-. Tengo que avisar a mamá para que venga. Él querría que estuviera aquí. Si hago eso, tendré menos remordimientos por sentirme aliviada de no ser yo quien está encerrada. Dios santo, ¿en qué me convierte eso?