Ruth había estado mirándose las manos, pero, al oír aquello, alzó la cabeza.
– No. He hecho lo que quería mi hermano.
– ¿Que era?
Le Reposoir, le explicó, se donaría al pueblo de Guernsey para su uso y disfrute, con un fondo fiduciario que cubriría el mantenimiento de los jardines, los edificios y los muebles. El resto -las propiedades en España, Francia e Inglaterra; las acciones y los bonos; las cuentas corrientes, y todas las pertenencias personales que no se hubieran utilizado a su muerte para amueblar la mansión o decorar los jardines de la finca- se vendería y lo que se recaudara con esta venta serviría para financiar el fondo infinitamente.
– Accedí porque era lo que él quería -dijo Ruth Brouard-. Me prometió que se acordaría de sus hijos en su testamento, y así ha sido. No de un modo tan generoso como si las cosas hubieran sido normales, naturalmente. Pero se ha acordado de ellos de todas formas.
– ¿Cómo?
– Utilizó la opción que le permitía dividir su patrimonio en dos. Sus tres hijos se han llevado la primera mitad, dividida a partes iguales entre ellos. La segunda mitad es para dos jóvenes, dos adolescentes de Guernsey.
– Les ha dejado más de lo que recibirán sus propios hijos.
– Yo… Sí -dijo-. Supongo que así es.
– ¿Quiénes son estos adolescentes?
Le contó que se llamaban Paul Fielder y Cynthia Moullin. Su hermano, dijo, era su mentor. Conoció al chico a través de un programa de patrocinio de la escuela de secundaria de la isla. A la chica la conoció a través de su padre, Henry Moullin, un vidriero que había construido el pabellón acristalado y cambiado las ventanas en Le Reposoir.
– Las familias son bastante pobres, en especial los Fielder -concluyó Ruth-. Guy lo sabría y, como le caían bien los chicos, querría hacer algo por ellos, algo que sus propios padres nunca serían capaces de hacer.
– Pero ¿por qué querría ocultárselo a usted, si es lo que hizo? -preguntó Saint James.
– No lo sé -dijo-. No lo entiendo.
– ¿No habría estado usted de acuerdo?
– Tal vez le habría dicho que iba a causar muchos problemas.
– Dentro de su propia familia.
– Y en las de los chicos. Tanto Paul como Cynthia tienen hermanos.
– ¿Que no son recordados en el testamento de su hermano?
– Que no son recordados en el testamento de mi hermano. Así que uno recibiría un legado y los otros no… Le habría dicho que existía la posibilidad de provocar una fractura en sus familias.
– ¿Él la habría escuchado, señora Brouard?
Ella negó con la cabeza. Parecía infinitamente triste.
– Ése era el punto débil de mi hermano -le dijo-. Guy nunca escuchaba a nadie.
Margaret Chamberlain se vio en un apuro para recordar un momento en el que hubiera estado tan furiosa y hubiera sentido una necesidad tan apremiante de hacer algo respecto a su furia. Creía que era posible que hubiera estado igual de encolerizada el día que sus sospechas acerca de las aventuras amorosas de Guy dejaron de ser sospechas y se convirtieron en una realidad palpable que le sentó como un puñetazo en el estómago. Pero ese día quedaba tan lejos y habían sucedido tantas cosas en los años transcurridos -tres matrimonios más y tres hijos más, para ser concretos-, que ese momento se había transformado en un recuerdo deslustrado al que, por lo general, no sacaba brillo porque, igual que la plata antigua y pasada de moda, ya no lo utilizaba. Sin embargo, creía que lo que la consumía por dentro era similar a esa anterior provocación. ¿Y no era irónico que la semilla de lo que la consumió entonces y lo que la consumía ahora tuviera el mismo origen?
Cuando se sentía así, por lo general, le costaba trabajo decidir qué frente quería atacar primero. Sabía que tenía que hablar con Ruth, puesto que las provisiones del testamento de Guy eran tan absolutamente extrañas que sólo podían tener una explicación y Margaret estaba dispuesta a apostar su vida a que esa explicación se deletreaba R-U-T-H. Sin embargo, más allá de Ruth, la mitad de lo que pretendía ser todo el patrimonio de Guy tenía dos beneficiarios. Por nada en el mundo Margaret Chamberlain pensaba quedarse mirando cómo dos don nadie -que no estaban emparentados con Guy ni siquiera por la gotita más minúscula de sangre- se marchaban con más dinero que el propio hijo de ese cabrón.
Adrián no la ayudó demasiado con la información. Se había retirado a su dormitorio, y cuando lo abordó allí, exigiendo saber más de lo que Ruth estuvo dispuesta a divulgar sobre quién, dónde y por qué, sólo había dicho:
– Son unos chavales que miraban a papá como él creía que tenía que mirarle la carne de su carne. Nosotros no quisimos colaborar. Ellos estuvieron encantados. Eso es papá para ti, ¿no? Siempre recompensaba la devoción.
– ¿Dónde están? ¿Dónde puedo encontrarlos?
– Él vive en Bouet -contestó-. No sé dónde. Es una especie de barrio de viviendas de protección oficial. Podría estar en cualquier parte.
– ¿Y la otra?
Eso era mucho más fácil. Los Moullin vivían en La Corbiére, al suroeste del aeropuerto, en una parroquia llamada Forest. Vivían en la casa más delirante de la isla. La gente la llamaba la Casa de las Conchas, y si uno estaba por los alrededores de La Corbiére, era imposible que no la viera.
– Bien. Vamos -le dijo Margaret a su hijo.
En ese momento, Adrián dejó muy claro que él no iba a ninguna parte.
– ¿Qué crees que vas a conseguir?
– Voy a que se enteren de con quién están tratando. Voy a dejar claro que si esperan robarte lo que te corresponde…
– No te molestes. -Adrián no paraba de fumar, se paseaba por la habitación, arriba y abajo por la alfombra persa como si estuviera resuelto a crear una depresión en ella-. Es lo que quería papá. Es su última… Ya sabes… La gran bofetada de despedida.
– Deja de regodearte en todo esto, Adrián. -No pudo remediarlo. Era demasiado tener que plantearse el hecho de que su hijo estuviera totalmente dispuesto a aceptar una derrota humillante sólo porque su padre así lo había decidido-. Aquí intervienen más factores que los deseos de tu padre. Están tus derechos como hijo suyo. Si quieres, también están los derechos de tus hermanas, y no me digas que JoAnna Brouard se quedará con los brazos cruzados cuando se entere de cómo ha tratado tu padre a sus hijas. Esto podría demorarse años en los tribunales si no hacemos algo. Así que primero nos enfrentaremos a esos dos beneficiarios. Y luego nos enfrentaremos a Ruth.
Adrián caminó hacia la cómoda, alterando su ruta por una vez, gracias a Dios. Apagó el cigarrillo aplastándolo en un cenicero que aportaba al dormitorio el noventa por ciento de su mal olor. Se encendió otro de inmediato.
– Yo no voy a ningún lado -le dijo-. Me quedo al margen, madre.
Margaret se negó a creerlo, al menos como condición permanente. Se dijo que Adrián simplemente estaba deprimido, Se sentía humillado. Estaba de luto; no por Guy, por supuesto, sino por Carmel, a quien había perdido a manos de Guy. Que Dios castigara su alma por traicionar a su propio, su único, hijo de ese modo tan inimitable suyo, el judas redomado. Pero se trataba de la misma Carmel que volvería corriendo y suplicando que Adrián la perdonara en cuanto ocupara el lugar que le correspondía a la cabeza de la fortuna de su padre. A Margaret no le cabía la menor duda.
– Muy bien -dijo Margaret, y Adrián no preguntó nada más mientras su madre hurgaba en sus cosas. No protestó cuando le cogió las llaves del coche de la chaqueta que había dejado en el asiento de la silla-. De acuerdo -añadió ella-. Quédate al margen de momento. -Y se marchó.
En la guantera del Range Rover, encontró un mapa de la isla, de esos que reparten las empresas de alquiler de coches, en los que sus locales están perfectamente señalados y todo lo demás se desvanece en la ilegibilidad. Pero como la empresa de alquiler de coches estaba en el aeropuerto y La Corbiére no estaba lejos de allí, pudo localizar la aldea con exactitud cerca de la orilla sur de la isla, en un sendero que no parecía más ancho que el bigote de un gato.