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– Puede que queden más cosas por saber -murmuró Ruth.

Forrest dejó las notas del perito contable sobre la mesa.

– Créame, seguro que quedan más cosas por saber -reconoció.

Capítulo 16

Con el auricular pegado a la oreja, Valerie Duffy oía que el teléfono sonaba y sonaba.

– Contesta, contesta, contesta -susurró, pero los tonos siguieron. Aunque no quería colgar, al final se obligó a hacerlo. Un momento después, logró convencerse de que se había confundido de número al marcar, así que lo intentó de nuevo. La llamada se cursó; comenzaron a sonar los tonos. El resultado fue el mismo.

Fuera, veía a la policía llevando a cabo el registro. Habían sido tenaces pero meticulosos en la mansión y ahora habían pasado a los edificios anexos y los jardines. Valerie creía que pronto decidirían registrar también su casa. Formaba parte de Le Reposoir, y sus órdenes eran -según el sargento al mando- llevar a cabo un registro meticuloso y minucioso de las instalaciones, señora.

No quería plantearse qué estaban buscando, pero se hacía una idea. Un policía había bajado las escaleras con las medicinas de Ruth metidas en una bolsa y, sólo después de recalcar lo imprescindibles que eran los medicamentos para el bienestar de Ruth, Valerie había podido convencer al policía de que no se llevara de la casa todas y cada una de las pastillas. No iban a necesitarlas todas, ¿no? La señora Brouard tenía un dolor terrible, y sin sus medicinas…

– ¿Dolor? -la había interrumpido el policía-. Entonces, ¿aquí dentro hay analgésicos? -Y sacudió la bolsa para enfatizar la pregunta, como si hiciera falta.

Bueno, por supuesto. No tenían más que leer las etiquetas y fijarse en las palabras “para el dolor”, que sin duda habrían visto al coger los medicamentos del botiquín.

“Seguimos instrucciones, señora” fueron las palabras que utilizó el policía para responderle. Por esta declaración, Valerie supuso que tenían que llevarse todos los medicamentos que encontraran, independientemente de para qué sirvieran.

Le pidió si podían dejar la mayor parte de las pastillas allí.

– Cojan una muestra de cada frasco y dejen el resto -sugirió-. Seguro que pueden hacerlo por la señora Brouard. Lo pasará muy mal sin ellas.

El policía accedió, pero no se quedó satisfecho. Mientras Valerie se alejaba para volver a su trabajo en la cocina, sintió los ojos del policía en su espalda y supo que se había convertido en el blanco de sus sospechas. Por este motivo no quiso hacer la llamada desde la mansión. Se dirigió a su casa, y en lugar de telefonear desde la cocina, donde no habría visto lo que sucedía en los jardines de Le Reposoir, llamó desde el dormitorio de arriba. Se sentó en el lado de la cama de Kevin, más cerca de la ventana, y por eso, mientras observaba a la policía dispersarse y dirigirse hacia los jardines y los edificios de la propiedad, percibió el olor de Kev en una camisa de trabajo que había dejado colgada en el brazo de una silla.

“Contesta -pensó-. Contesta. Contesta.” Los tonos seguían.

Valerie dio la espalda a la ventana y se encorvó sobre el teléfono, concentrándose para enviar la fuerza de su voluntad a través del aparato. Si dejaba que la llamada se prolongara el tiempo suficiente, seguro que el irritante sonido forzaría una respuesta.

A Kevin no iba a gustarle aquello. Diría: “¿Por qué lo haces, Val?”. Y ella no sería capaz de darle una respuesta directa y sincera, porque había demasiadas cosas en juego para ser directa y sincera acerca de nada.

“Contesta, contesta, contesta”, pensó.

Kevin se había marchado bastante temprano. El tiempo estaba cada día peor, le había dicho, y tenía que ocuparse de esas filtraciones en las ventanas delanteras de la casa de Mary Beth. Con la orientación que tenía -pues daba directamente a Portelet Bay-, cuando llegaran las lluvias, iba a encontrarse con un gran problema entre manos. Las ventanas de abajo afectaban al salón y el agua destrozaría la moqueta, por no hablar del moho que saldría, y Val sabía que las dos niñas de Mary Beth eran alérgicas a la humedad. Arriba, aún era peor, porque las ventanas correspondían a las habitaciones de las niñas. No podía permitir que sus sobrinas estuvieran durmiendo en su cama mientras la lluvia se filtraba y se deslizaba por el papel de la pared. Como cuñado, tenía responsabilidades y no le gustaba descuidarlas.

Así que se había marchado a ocuparse de las ventanas de su cuñada. La pobre y desvalida Mary Beth Duffy pensó Valerie, empujada a la viudedad prematura por un defecto en el corazón que había matado a su marido cuando iba de un taxi a la puerta de un hotel en Kuwait. Todo acabó para Corey en menos de un minuto. Kev compartía ese defecto en el corazón con su gemelo, pero ninguno de los dos lo supo hasta que Corey murió en esa calle, bajo ese sol infinito, en ese calor de Kuwait. Por lo tanto, Kevin debía su vida a la muerte de Corey. Un defecto congénito en un gemelo sugería la posibilidad de que el otro también tuviera ese defecto. Ahora Kevin llevaba magia en el pecho, un aparato que habría salvado a Corey si alguien hubiera sospechado que le pasaba algo a su corazón.

Valerie sabía que, por todo lo sucedido, su marido se sentía doblemente responsable de la mujer y las hijas de su hermano. Si bien intentaba recordar que Kevin sólo cumplía con un sentido de la obligación que ni siquiera existiría si Corey no hubiera muerto, no pudo evitar mirar el reloj de la mesita de noche y preguntarse cuánto se tardaba realmente en sellar cuatro o cinco ventanas.

Las niñas -las dos sobrinas de Kev- estarían en el colegio, y Mary Beth estaría agradecida. Su gratitud, combinada con el dolor, podía convertirse en un cóctel explosivo.

“Hazme olvidar, Kev. Ayúdame a olvidar.”

El teléfono seguía llamando, llamando, llamando. Valerie escuchó, con la cabeza agachada. Se presionó los ojos con los dedos.

Sabía muy bien cómo funcionaba la seducción. Lo había visto con sus propios ojos. Con miradas de reojo y de complicidad, un hombre y una mujer creaban una historia del mundo. Se definía a partir de momentos de contacto casual para los que existía una explicación: unos dedos que se tocan cuando se pasa un plato; una mano en un brazo que simplemente enfatiza un comentario gracioso. Después de eso, un rubor en la tez presagiaba un deseo en la mirada. Al final, llegaban las razones para rondar, ver al amado, ser visto y deseado.

Se preguntó cómo habían llegado todos a esa situación y adonde conduciría todo eso si nadie hablaba.

Nunca había sido capaz de mentir de manera convincente. Si le hacían una pregunta, tenía que ignorarla, alejarse, fingir que no entendía, o responder la verdad. Mirar a alguien a los ojos y engañarle deliberadamente no estaba entre sus escasas dotes interpretativas. Cuando le preguntaban: “¿Qué sabes sobre esto, Val?”, sus únicas opciones eran salir corriendo o hablar.

Estaba absolutamente convencida de lo que había visto desde la ventana la mañana que había muerto Guy Brouard. Seguía estándolo, incluso ahora. Estuvo segura entonces porque parecía encajar con cómo vivía Guy Brouard: se dirigió temprano a la bahía donde todos los días recreaba un baño que para él no suponía tanto un ejercicio como una reafirmación de una destreza y virilidad que finalmente el tiempo estaba arrebatándole y, luego, unos momentos después, apareció la figura que le seguía. Ahora Valerie estaba segura de quién era esa figura porque había visto cómo se comportaba Guy Brouard con la americana -encantador y encantado de ese modo suyo tan particular, mitad cortesía de la vieja escuela, mitad familiaridad de la nueva- y sabía cómo podía hacer que se sintiera una mujer y qué podía provocar en ella.

Pero ¿matar? Ése era el problema. Podía creer que China River le siguiera hasta la bahía, seguramente para una cita que habían concertado previamente. También podía creer que antes de esa mañana hubiera pasado mucho entre ellos, si no todo y luego algo más. Pero no podía creer que la americana hubiera matado a Guy Brouard. Matar a un hombre -y en especial matarle como le habían matado a él- no era propio de una mujer. Las mujeres mataban a sus rivales por el cariño de un hombre; no mataban al hombre.