– ¿Qué pasa si descarrila a toda velocidad?
– Oh, nada grave. El tren escaparía del campo de gravedad de Deimos y se pondría en órbita en torno a Marte. Volveríamos a coincidir en la siguiente órbita, treinta horas más tarde -dijo Casanova con toda naturalidad.
Se abrió la esclusa y el tren rodó con suavidad fuera de la estación, con un zumbido apenas perceptible, sobre la quebrada superficie. Los raíles desaparecían tras el horizonte; en un mundo tan pequeño, el horizonte se hallaba a apenas doscientos metros.
– ¿Conoce al padre Markus? -preguntó Casanova-.
¿Ha oído hablar de él?
– No… un momento, ¿Markus, el jesuíta arqueólogo?
– Sí.
Susana frunció el ceño mientras luchaba por recordar lo que decía la contraportada de un libro suyo, leído mucho tiempo atrás. Trataba de… sí, de las influencias de las lenguas semíticas en el griego koiné.
– Sólo tengo referencias bibliográficas sobre él. Una autoridad reconocida en lenguas muertas; y al parecer hablaba varias con fluidez. Fenicio, ugarítico, acadio, hitita, sumerio…
– Habría sido un buen intérprete en la corte de Asurbanipal.
– Y sus excavaciones en el Cercano Oriente aclararon muchas dudas sobre los orígenes de las grandes religiones monoteístas.
– Aclararon demasiadas dudas -admitió Casanova con cierta sorna.
El tren empezó a acelerar. Cuando alcanzó los doce kilómetros por hora, los pasajeros se encontraron ingrávidos. Cuando los superó, una débil fuerza tiró de sus cuerpos hacia el techo. El interior del vagón giró para adaptarse a la nueva situación.
El tren les condujo hasta un anexo del espaciopuerto, donde un gran cartel indicaba en varios idiomas que la entrada estaba restringida a los jesuitas. Tras identificarse ante los guardias de la entrada, Casanova le mostró el transporte Deimos-Fobos.
Era un vehículo con la estética de un cementerio de coches. Un armazón cilindrico con grandes tanques esféricos de combustible, varios contenedores herméticos, y una cabina en forma de doble cono rematándola en lo alto. Un tubo neumático permitía acceder a ella, ya que el hangar estaba al vacío.
– Lo llamamos un saltador -explicó Casanova-. Lo usamos para transporte de carga o pasajeros a la órbita de Deimos o a la de Fobos. Es un viaje corto y todo cuesta abajo.
Atravesaron el tubo y se introdujeron en la cabina. Casanova cerró la compuerta y, tras un chequeo del tablero, salieron al espacio. Dada la baja velocidad de escape de Deimos, ni siquiera tuvieron que sentarse.
Se separaron de la pequeña luna, elevándose sobre su horizonte. La quebrada superficie de Deimos se hundía bajo ellos. La navecilla se inclinó, y se dirigieron hacia el lado que miraba a Marte. Pronto el gran bulto naranja del planeta, treinta y dos veces mayor que la Luna vista desde la Tierra, apareció sobre el curvo horizonte. Con lentitud comenzó a escalar el cielo.
Marte se encontraba en la fase de lleno, despidiendo una brillante luz que iluminaba la cabina. El Sol se hallaba en la dirección contraria, ya que habían despegado durante el día de Deimos. Susana estaba fascinada: el brillante Sol, Marte, la oscura superficie de Deimos.
Susana observó alrededor intentando orientarse.
– Parece que caemos hacia Marte -dijo.
– De eso se trata. Aunque nos encontraremos con Fobos en el camino. Marte será la segunda parada.
5
Si Deimos parecía un huevo desde el espacio, Fobos parecía una patata. Pero, al contrario que Deimos, Fobos daba una impresión de abandono desolado. No había luces de navegación ni instalaciones visibles. La superficie era tan oscura como el carbón, con un aspecto verdaderamente ominoso.
El trípode de aterrizaje del saltador la tocó.
– ¿Cuánto mide de altura? -preguntó Casanova.
– Un metro sesenta y cuatro -dijo Susana-. ¿Vamos a salir al exterior?
– Sí. Este espaciopuerto no es un sitio tan importante como para tener un tubo de desembarco. Y en el lugar al que vamos necesitaremos trajes.
Abrió el guardarropa y seleccionó un par de trajes de entre varios de diferentes tallas. Cuando ambos se hubieron embutido en su interior, Casanova vació el aire de la cabina y salieron afuera, a una especie de balcón que la rodeaba.
– ¿Vamos a viajar en eso? -preguntó la mujer, con suspicacia.
Eso era una plataforma en la que dos hombres podían ir de pie, uno delante, pilotando, y otro detrás, sujeto a unas anillas como el pasajero de un autobús. Entre ambos se hallaba la propulsión cohete y sus tanques de propelente. Las toberas orientables se encontraban al extremo de dos largos brazos semejantes a los de un manillar, que sobresalían del centro, a la altura de los hombros de un ser humano.
– Creí que utilizaríamos mochilas impulsoras…
– Y lo es. Una mochila tándem, llamada familiarmente una alfombra voladora. Lo considero preferible a una individual; hace falta cierta experiencia para volar sobre Fobos. No se debe sobrepasar los veinticinco kilómetros hora…
– Ya.
– No se preocupe, Susana. Sujete su cinturón a la estructura, cójase de las anillas y disfrute del paseo.
Susana hizo lo que le decía, no muy segura de la última parte. Había unos enganches para el cinturón y estribos para asegurar los pies. Cuando se sintió firmemente sujeta, dijo adelante.
Los cohetes silbaron a través de la suela de sus botas y la alfombra voladora se alzó, a una velocidad prudente, aunque algo inquietante para Susana. Iba paralela al suelo, ascendiendo en ángulo de cuarenta y cinco grados. Pronto el saltador quedó atrás. La terrestre se alegró de que la oscuridad le impidiese ver el suelo.
El silbido de los cohetes se redujo en volumen. Ahora se limitaban a compensar la insignificante atracción de Fobos y se mantenía la velocidad horizontal adquirida, como mandan los cánones newtonianos.
El Sol había empezado a trepar poco a poco por el cielo, seguido de la enorme hoz anaranjada de Marte en cuarto menguante. Era mucho más imponente que visto desde Deimos. Desde aquella corta distancia, Marte era ochenta veces más ancho que la Luna de la Tierra, cubriendo un cuarto de cielo. Cuando estuviese en la fase de Marte lleno, los rasgos superficiales serían visibles a ojo desnudo, e iluminaría el terreno como un gigantesco plafón.
– ¿Ve esa mancha? -El brazo de Casanova señaló a Marte. Susana logró distinguir una brillante mancha blanca en la oscuridad de la noche marciana, cercana al lado diurno.
– La veo.
– ¿Sabe qué es? Es el Olympus Mons. Es tan alto, que su cima es iluminada por el Sol al amanecer y al atardecer, mientras es de noche en el terreno circundante.
Susana no habló, impresionada por el fantástico panorama.
Miró hacia el enorme y cambiante mundo rojo. La hoz iluminada se ampliaba poco a poco… pero no, comprendió, era Fobos quien creaba este efecto. Marte tiene un día de poco más de veinticuatro horas, pero Fobos giraba en torno a él tres veces y media cada sol, un día marciano. Era eso lo que creaba las fases.
– Estamos llegando.
La voz de Casanova le trajo de nuevo a la realidad. Susana bajó la vista hacia el suelo. Ante ella se erguían las imponentes murallas de un enorme cráter.
– El cráter de Stickney. Situado en el ecuador de Fobos y casi en el centro de la cara que mira a Marte -explicó Casanova, manipulando los controles.
La alfombra voladora se dirigió vertiginosamente hacia la superficie. Cuando los cohetes se apagaron, Susana se soltó con precaución y flotó hasta el suelo.
– Diez kilómetros de ancho -dijo Casanova abriendo los brazos-, el cuarenta por ciento del diámetro de Fobos. Cubre prácticamente este extremo. ¿Qué le parece?