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– Son antiguos mineros de la Velwaltungsstab -le dijo Casanova señalando a los trabajadores-. Por supuesto, supervisado por un equipo multidisciplinario de técnicos y arqueólogos jesuítas, a fin de evitar que destruyan algo valioso, si apareciera.

– No parece un objeto artificial visto desde aquí-comentó la etóloga alzando la vista.

Un submarinista egipcio le había descrito las pirámides de Gizeh:

Las ves de lejos y no parecen gran cosa, contaba. Tú dices: pues no es para tanto, un montón de piedras. Pero ves que te acercas y te acercas, y empiezas a decir: vaya, no son tan pequeñas como parecen. Y cuando estás al lado, te quedas sin aire y dices: esto no lo han levantado hombres como nosotros, es imposible.

Las enormes construcciones marcianas, vistas de cerca, eran mucho más impresionantes. Aquellos tetraedros de roca tenían más de ochocientos metros de arista, superando en mil veces el volumen de la mayor de las tumbas de los faraones. Y éstas no las habían hecho hombres. Literalmente.

Con sus dedos enguantados, Susana siguió las grietas de la roca.

– ¿Hay más de estas estructuras? -preguntó.

– Oh, sí -dijo Casanova-. La Pirámide del Domo, a 41 grados de latitud norte y 9 grados de longitud oeste. Cosa de dos mil kilómetros de aquí. A trescientos kilómetros al norte del Domo, la pirámide del Borde del Cráter. Más cerca de aquí, en el cuadrángulo de Cebrenia, unos 35 grados norte y 213 oeste, el Pentágono, un inmenso objeto que parece truncado, de unos quince mil metros de alto; la Pista, que va de este a oeste y tiene protuberancias cada pocos cientos de metros, y una gran melladura llamada la Cantera. Pero estas de Elysium son las únicas que nos han llegado perfectamente conservadas.

Susana intentó rascarse la barbilla, pero su mano chocó con la placa facial del casco. No se habituaba a aquella armadura; allá en los mares de la Tierra, estaba más acostumbrada a la libertad de la escafandra autónoma.

Siguiendo las indicaciones de Casanova, avanzó por el estrecho túnel que daba acceso al interior de la pirámide. Atravesaron una compuerta neumática instalada por los técnicos de Markus en la zona más estrecha del corredor, y al fin ambos pudieron librarse del aparatoso traje espacial.

Caminaron hasta una abertura con forma triangular, y atravesaron otro largo pasillo horadado en la roca. El pasillo terminó súbitamente; Susana pensó que habían vuelto a salir al exterior, pero la luz que les rodeaba era artificial. Estaban dentro de la pirámide, la primera en la que entró Markus, con cuyo nombre había sido bautizada.

Una criatura en forma de sapo, con seis brazos, se materializó repentinamente a escasos metros de Susana.

7

La cabeza del marciano era parecida a la de un sapo, ancha y de gran bocaza. Su piel lampiña y verdosa estaba cubierta de verrugas, también como las de un sapo. Tenía seis patas con dobles articulaciones, y un rabo pelado salía de su trasero. Sus ojos emitían un brillo amarillento. Si la escala era uno-uno, el ser era del tamaño de un chimpancé.

Susana extendió una mano, atravesando la figura.

– Un nativo de Marte -dijo Casanova con voz profunda.

Susana contempló boquiabierta los fantasmas de los marcianos, conforme iban apareciendo. Se volvió hacia Casanova:

– ¿Hologramas?

– Los marcianos dejaron mucha información en forma de hologramas -explicó el hombre, como si se tratara de la cosa más natural del mundo.

Los marcianos, observó Susana, no guardaban relación con los vertebrados terrestres. Aquellas criaturas tenían tres pares de extremidades, algo inexistente en el árbol evolutivo terrestre. Las manos anteriores tenían tres dedos y un pulgar oponible, largos y divididos en cuatro falanges, con las yemas almohadilladas. Las centrales tenían también cuatro dedos, ninguno oponible. Las inferiores, cuatro dedos cortos, gruesos y de piel recia.

A juzgar por las imágenes, el par central era una especie de comodín. Podía asir objetos, pero no manipularlos con delicadeza, y también ayudar en la locomoción. Las manos centrales estaban siempre listas para, nunca mejor dicho, echar una mano a las anteriores o posteriores.

– Investigar la vida de los marcianos -decía Casanova mientras caminaban por la amplia sala- es como recomponer un puzzle: las imágenes han sido fotografiadas y clasificadas por sus actitudes, hemos recopilado un vasto archivo gráfico.

Fue señalando lo que se había descubierto. Los hologramas los mostraban comiendo, durmiendo en una especie de cunas triangulares, empuñando herramientas adaptadas a sus manos, fabricando telas, muebles o metales, investigando la Naturaleza con instrumentos de vidrio y metal curiosamente similares a los terrestres… Las representaciones eran tanto estáticas como dinámicas: corrían sobre cuatro o seis extremidades, trepaban a árboles en forma de candelabro, flotaban en el agua, nadaban con brazadas que les hacían parecer barcas de seis remos.

Sobre su vida diaria habían abundantes referencias. Cultivaban unas plantas herbáceas de las que colgaban unos racimos carmesíes, pescaban una especie de medusas con patas, o trabajaban en talleres o factorías. Viajaban en barco o automóvil y volaban en aviones semejantes a murciélagos; también conocieron los viajes espaciales. Nunca aparecían cazando, sin embargo, ni luchando entre ellos.

– ¿De dónde han salido todos estos hologramas? -preguntó Susana-. ¿Qué soporte ha podido durar todo ese tiempo?

– Se lo mostraré.

Casanova avanzó hacia el centro de la gran sala. Allí se abría un gigantesco pozo, de paredes perfectamente lisas. Habían colocado vallas de protección, pintadas en vivos colores, en torno a su perímetro, y una manguera luminosa descendía hacia las profundidades. Un pequeño ascensor había sido adosado a la pared.

A una orden suya, unos asistentes les proporcionaron un par de trajes térmicos, semejantes a los utilizados por los exploradores polares.

– ¿Hace frío ahí abajo?

– Mucho frío. Ese pozo desciende cinco kilómetros en la corteza marciana. A esa profundidad desemboca en una especie de caverna tallada en la roca viva. La temperatura es de sesenta grados bajo cero, así que conecte la calefacción del traje antes de que lleguemos abajo.

Descendieron. La manguera luminosa discurría frente a ellos como una serpiente de fuego, proyectando sombras fantasmagóricas contra las paredes pulidas como cristal. Susana siguió el consejo de Casanova y conectó la calefacción. El frío aún no había empezado a dejarse sentir, pero el fantasmal aspecto del túnel vertical le provocaba escalofríos.

El ascensor se detuvo en el centro de una caverna cuyo techo estaba apenas a dos metros de altura, pero se extendía a su alrededor, hasta donde alcanzaba la vista. Las paredes eran de roca cubierta de escarcha.

– Ésta es la parte realmente importante de la pirámide. El resto es sólo un reclamo… -Casanova buscó la palabra adecuada-, una boya señalizadora.

Al hablar emitía un espeso vaho blanco. Realmente hacía frío. Susana se colocó la capucha y la máscara para caldear el aliento.

Casanova se puso en marcha hacia el fondo de la cueva, alejándose de la boca del túnel. Se cruzaron con varios técnicos y trabajadores, todos embutidos en trajes térmicos.

– ¿No podrían calentar esto un poco?

– No. Y hay una buena razón. Ahora la verá.

Después de caminar unos minutos, alcanzaron la pared de la cueva. Esta relucía a la luz de los focos instalados en el techo, como una gigantesca joya multicolor.

Susana se fijó con más atención. Toda la pared estaba recubierta por prismas triangulares de unos quince centímetros de lado, cuidadosamente apilados unos contra otros. A izquierda y derecha, la pared luminosa se perdía en la distancia. Susana se sintió como una mosca en el escaparate de una joyería.