Iván Lenov había supervisado en persona las instalaciones de los delfines. Para acomodarlos, los ingenieros habían ideado una piscina a partir de uno de los tanques esféricos de combustible.
La nave transportaba agua en sus tanques, más fácil de almacenar que el hidrógeno líquido; de ella se obtenía por electrólisis hidrógeno para la fusión y oxígeno para el sistema de soporte vital.
El tanque estaba lleno de agua salada en un ochenta por ciento, y podía girar sobre su eje cuando la nave no aceleraba, de modo que Tik-Tik y Semi tuvieran siempre suficiente espacio libre para nadar y un hueco lleno de aire en forma de tubo, donde podían respirar. Cuando la nave acelerase, el volumen de aire adoptaría la forma de un casquete. El sentido de la rotación era contrario al de la cubierta, para dar un momento angular cero. Claro está, el tanque, mucho más masivo, debía girar más despacio. Pero a los delfines no les afectaba.
La flotación de un cuerpo no está influida por la gravedad. Su masa y la del volumen de agua que desplaza se multiplican por el mismo factor. Obvio. Pero Lenov estaba especialmente orgulloso de otra idea.
Tanto en aceleración como en rotación, el ecuador siempre estaría sumergido. Sugirió la instalación de una compuerta y un túnel que comunicase el tanque con la cabina de pilotaje. Los delfines podían moverse por él con ayuda de una cinta transportadora, cada vez que se relevasen: una instalación funcional y práctica. Los mandos eran simples y los delfines podían accionarlos presionando con el morro. Lenov no se veía recorriendo media nave con un delfín en brazos, a cada cambio de turno.
Sólo había un inconveniente, pero era pequeño. La esfera giraba en el interior de otra un poco mayor, estacionaria, de la que partía el túnel, con agua rellenando el espacio intermedio. Éste relleno no giraba, y los delfines debían vencer la corriente para entrar y salir. Una insignificancia para aquellos poderosos nadadores.
Mientras estaba dando los últimos toques, alguien se acercó a él.
– Supongo que es usted el señor Lenov… -dijo una voz de mujer, en un ruso muy aceptable. Lenov, cogido por sorpresa, alzó la vista.
– Sí, eh… -leyó el TIM de la mujer- doctora Rajman.
Se quitó la máscara de soldar y contuvo un silbido de admiración. Le tendió la mano. Ella se la estrechó.
La mujer llevaba el pelo recogido en una larga y elaborada trenza, tan negra como el mismo espacio. Fue una verdadera sorpresa; pero no había esperado encontrarse con esa beldad de piel oscura y grandes ojos color avellana.
– ¿Cómo se encuentran sus delfines, señor Lenov? ¿Será apropiada esta piscina?
– Oh, sí, por supuesto -Lenov se alegró de que tocase un tema familiar. Empezaba a sentirse como un zopenco-. Pero no los llame «mis delfines», no les gusta. Sus nombres son: Salta Olas Como Torpedo Furioso, éste de ahí. La otra es una hembra, Fuyu no Ara-Umi. Muy hermosa, como ve.
– ¿Fuyu no Ara-Umi? ¿Se llama de verdad «Mar Invernal Embravecido»? -tradujo ella divertida.
Se le formaban dos graciosos hoyuelos en las mejillas cuando sonreía. Lenov también sonrió.
– Tienen unos nombres muy rimbombantes. A Salta Olas Como Torpedo Furioso lo llamo «Tik-Tik»; y a Fuyu no Ara-Umi la llamo «Semi», por su voz. Parece una chicharra.
– ¿Por qué lleva un nombre japonés?
– La educaron en un instituto de la Kobayashi, en las islas Daito. El otro es un viejo amigo mío. Se llevan bien, los delfines siempre lo hacen. En eso son superiores a los… ejem… los humanos.
Carraspeó al darse cuenta de lo que decía. Macho y hembra. Sin duda se llevarían pero que muy bien.
La mujer no dio señales de haber captado el equívoco. Alargó una mano hacia el tanque y Tik-Tik se alzó del agua, como esperando un obsequio de pescado. Lenov trató de recordar dónde había oído el nombre de ella.
– Benazir Rajman. Así que usted descubrió ese cometa raro.
– Sí -sonrió ella-. Imagino que le habrán puesto al corriente de nuestra misión.
– Más o menos -dudó el ruso-; no creo haber entendido ni la mitad de todo… Bueno, hace un año no lo hubiera creído…
Benazir se inclinó sobre el borde del tanque. El delfín se había alejado, y preguntó:
– ¿Lleva usted mucho tiempo con los delfines?
– Toda mi vida, doctora… ¿puedo llamarla Benazir?
– Por supuesto.
– Precioso nombre. ¿De dónde es usted?
– Marroquí.
– Conozco ese país. Maravilloso.
– Usted es ruso…
– Da. ¿Tanto se nota?
– Me temo que sí.
– Bueno, en realidad mis padres eran emigrantes georgianos. Pero yo nací en San Petesburgo… casi por casualidad.
Apoyó los codos sobre la barandilla.
– ¿Dónde empezó a trabajar con delfines? -preguntó ella.
– En Moscú.
– ¿No queda el mar un poco lejos de allí?
– No… es decir, sí, claro. Pero yo empecé entrenándome con ellos en el Instituto Paulov. Desde pequeño había soñado hablar con ellos. Con enterarme de cómo veía el mundo una inteligencia no humana… quiero decir…
– Le comprendo.
– Sí. Como suele decirse, algunos de mis mejores amigos son cetáceos. En mi oficio, decimos que un delfín es más fiel que…
Se detuvo. Iba a decir que una mujer, pero temió ofenderla. Improvisó un dicho ingenioso.
– … que un cepillo de dientes.
– Bien, bien -dijo Benazir sacudiendo la cabeza-. Un cepillo de dientes, ¿eh?
– Ajá.
– Bueno, tengo que irme…
– No le he mostrado el corredor de acceso -dijo Lenov rápidamente- es diseño mío, le gustará.
– En otra ocasión. Ahora tengo cosas que hacer.
– Que lástima.
– No se canse demasiado, Lenov. Hasta luego. -Se despidió con un gesto de la mano mientras desaparecía por la escalerilla de acceso.
El ruso la vio marchar, inclinándose levemente hacia la escalerilla para admirar sus bien torneados tobillos.
– ¿Está usted a cargo de los delfines?
La voz retumbó en el espacio vacío. Lenov se volvió, sorprendido e irritado. Al parecer, hoy era el día de visita en Acualandia. Otra mujer le observaba desde la barandilla de acceso, al otro extremo del tanque.
– ¿Quién es usted? -se preguntó cuánto tiempo llevaría allí.
– Susana Sánchez -dijo la mujer mientras recorría el perímetro en dirección a él-. No pude evitar oír lo de su experiencia con los delfines. ¿Cuál era su trabajo antes?
Susana se plantó frente a él. Lenov era un hombre de aspecto tosco, mandíbula cuadrada, musculoso como un levantador de pesas, y con la piel curtida por el sol y el aire libre. Ella era pequeña, pero parecía el doble de curtida que él.
– Trabajaba en la flota del Atlántico de la Hanashima. ¿Por qué?
– Usted era un arador.
Lenov se sintió repentinamente incómodo. Había casi escupido la palabra, como si se hubiera ganado la vida curtiendo pieles de bebés.
En realidad era un trabajo muy duro, recordó él.
El sol convertía la cubierta de los pesqueros en una plancha candente de quinientos metros de largo, sombreada por las enormes velas controladas por ordenador; interrumpida por las escotillas de las bodegas donde se almacenaban toneladas y toneladas de anchoas. Por medio de una ancha tubería se transfería a bordo parte de la captura diaria. Una interminable cascada de pescado, con destino a millares de hambrientas bocas.
Entonces Lenov tenía la sensación de pertenecer a un ejército en constante guerra por la conquista de proteínas.