Estaba sentada en el fondo, como otras tantas veces, mirando hacia donde los azules se superponen hasta formar un muro uniforme.
Ve algo y esfuerza sus ojos para enfocarlo.
Una forma, casi una sombra, surge del muro azul, y empieza a cobrar relieve y color… se acerca a ella en línea recta, con una actitud nada temerosa… acostumbrada a los diminutos peces del coral, aquello le parece mostruosamente grande… la criatura está casi sobre ella, y le vienen a la cabeza las advertencias de papá sobre los tiburones que, de repente, le parecen muy juiciosas.
Patalea con desesperación, hasta la superficie. Las piernas le cosquillean, espera sentir la dentellada de un momento a otro.
Nerviosa, mira hacia abajo, temiendo ver surgir al monstruo que la arrastrará hacia las profundidades.
Pero emerge a un par de metros frente a ella y, evidentemente, no es un tiburón. El animal le devuelve una mirada divertida, echa la cabeza hacia atrás, y se carcajea con su estrecha boca repleta de dientes, que ahora parecen inofensivos.
Se siente aturdida. ¡Aquel bicho se estaba riendo de ella! Y eso no parecía propio de un animal.
Una nueva inmersión le revela algo fascinante: hectáreas de delfines, jugueteando en las aguas someras como bebés felices. Parecen sentirse atraídos por el suave fondo de la playa. Frotándose contra él se desprenden de los parásitos y alivian sus picores.
Aquellos delfines iban a ser mis únicos amigos…
Susana salió de su sueño.
A través de la ondeante masa de agua del tanque, había escuchado gritar claramente su nombre. Semi pasó junto a ella, rozándola con su cuerpo tibio y suave; la etóloga se cogió a la aleta del delfín, que la arrastró rápidamente a la superficie.
Vio a Lenov en la pasarela, a punto de saltar al agua. Era él quién había gritado.
– ¿Está bien? -preguntó el ruso con la voz claramente alterada-. ¿Qué demonios hacía durante tanto tiempo ahí abajo?
Susana sacudió la cabeza para apartar las greñas de sus ojos. Dijo con furia:
– ¿Ahora se dedica a espiarme, Lenov?
– Y un cuerno espiarla. ¿Qué pretendía hacer…? Llevaba más de cuatro minutos bajo el agua.
Ella nadó hacia la pasarela.
– ¿Ha conocido usted a alguien que se ahogara en una piscina en compañía de un delfín?
– No -dijo Lenov confuso-, pero…
– Entonces déjeme en paz. Lo que hiciera no es asunto suyo.
– Permita que le recuerde que está en la única parte de la nave que es asunto mío. -Su voz era tan fría como educada.
Susana se mordió la lengua. No debía olvidar que Lenov era el responsable de los delfines. Al resto del personal, si bien el tanque no les estaba prohibido, tampoco se les alentaba a ir sin permiso. Un informe negativo del ruso y a Okedo podría ocurrírsele prohibirle la entrada. Era una eventualidad en la que Susana no podía ni pensar.
– De acuerdo, lo siento. Lamento haberle asustado, pero no era mi intención; mi marca está en diez minutos bajo el agua, así que…
– ¿Cómo ha dicho? ¿Diez minutos?
– Sí.
– Eso es imposible.
Susana se encogió de hombros.
– No para mí. ¿Puede tirarme el albornoz?
– Sí, claro.
Lenov tomó dicha prenda y notó algo sobre ella…
– ¿Me lo da?
– Cuidado que no se moje.
Lo arrojó. Susana sacó un brazo fuera del agua y lo atrapó en el aire. Se lo puso mientras trepaba hasta la pasarela.
Lenov miró al trasluz el diminuto objeto. Una cápsula.
– ¿Por qué ha cogido eso?
– ¿Y qué es eso} -El ruso sostuvo la cápsula entre índice y pulgar.
Esta vez Susana estuvo a punto de perder los estribos. Intentó arrebatársela a Lenov, que apartó la mano.
– ¿Qué es? -insistió.
– Es usted un… -Susana intentó contenerse-. Ha estado hurgando en mis ropas.
– No he hurgado en sus ropas. Estaba sobre sus ropas y no pude dejar de verlo.
Susana tendió su mano derecha.
– Devuélvamelo.
– De acuerdo. -Lenov obedeció-. Pero ¿de qué se trata?
– Un… preparado a base de algas -dijo Susana guardando la cápsula en un bolsillo del albornoz-. Vitaminas. Ahora, si me disculpa…
Lenov esperó hasta que Susana hubo abandonado el tanque y abrió su puño izquierdo. En él había un poco del polvillo blanco que contenía la cápsula.
… Santificado sea Tú Nombre…
… Venga a nosotros Tú Reino…
… Hágase Tú Voluntad…
… en la Tierra…
Era agradable rezar, consideró el padre Álvaro en la soledad de su camarote; dejar que la mente pisara los mismos caminos una y otra vez, dejando la realidad atrás como postes junto a la cuneta, trasformándola en algo intangible, casi anecdótico.
… en el Cielo…
Estaba sentado en el borde de su litera, su cabeza descansando entre sus manos, su frente perlada por un sudor frío. Acababa de despertar…
La misma pesadilla de siempre.
El Exterminio… todos aquellos cadáveres amontonándose en las calles… cadáveres pequeños, hinchados, cadáveres de niños…
… El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy… y perdona nuestras ofensas…
… así como…
Poco antes de la Tormenta de Positrones había visitado periódicamente Alto-Amu. Ser recibido por un enjambre de chiquillos, se había convertido en una agradable costumbre; los hijos de los colonos, que revoloteaban ruidosos en torno al aparato apenas se detenía.
Habían pasado cinco meses desde que descubriera aquella extraña planta cerca de aquel poblado. Fray Álvaro casi se había olvidado de ella. En realidad, nadie se había tomado la molestia de explicarle de qué se trataba. Cuando los expertos llegados desde Europa se hicieron cargo del asunto, él pasó a convertirse en un cero a la izquierda.
No le importaba en absoluto. Había descubierto algo mucho más precioso en aquel poblacho olvidado por Dios.
– Ayudadme con esto, venga -dijo el religioso dirigiéndose a la parte de atrás del ultraligero, cercado por la barahúnda de chavales.
El paquete cilindrico estaba envuelto por una lona y atado con cuerdas. Nerviosos, los muchachos le ayudaron a soltarlo.
Lo depositaron con cuidado sobre el suelo de arena y lo desenvolvieron. Contenía un grueso tubo de cobre de unos veinte centímetros de diámetro, y un juego de lentes.
– Id montándolo… Con cuidado. -Él ya les había enseñado a hacerlo.
Una de las niñas se acercó al religioso y le tendió un librito muy delgado, forrado cuidadosamente con papel de periódico. El franciscano la reconoció: Alexandra, una pequeña encantadora.
– ¿Lo has leído? -preguntó fray Álvaro, pasando con rapidez las páginas repletas de los ingenuos dibujos del aviador francés.
– Sí. Es fantástico -dijo la chiquilla, abriendo sus grandes ojos oscuros-. Me ha gustado mucho, hermano.
Fray Álvaro sonrió. El Principito había sido el primer libro que él había leído en su vida. Las imágenes de la serpiente abierta y la serpiente cerrada habían formado parte de su infancia.
– Quédatelo -dijo el franciscano devolviéndole el librito-, como mi regalo.
– ¿Qué?…, ¿de veras? Gracias.
– ¡Ya está, hermano! -gritaron a coro los chicos.
Fray Álvaro se acercó al telescopio que él mismo había construido, y comprobó que estaba perfectamente montado sobre su base. Sacó un pequeño ocular de un bolsillo y lo encajó en un orificio lateral. Después se dirigió al ultraligero y volvió con un grueso filtro de color verde.
– Hoy exploraremos el Sol -anunció mientras colocaba el filtro en la boca del telescopio-, la fuente de toda nuestra luz. Y los astrónomos siempre nos hemos dirigido hacia la luz… como las polillas. -Los niños rieron con escandalosa sinceridad-. Aja, ya está.