– Pero le encontraron. -Susana miró el reloj con impaciencia.
– Sí; comprendí que Dios quería mantenerme con vida, porque me había reservado un papel en todo esto. Yo era tan sólo un monje menor, un hermano, pero me ordené sacerdote, y cuando llegaron los hombres del Proyecto Arca me uní a ellos… Usted, aunque ahora su mente esté llena de dudas, también ha recorrido un largo camino para llegar hasta aquí. Un camino trazado por el Señor. Él cuidará de usted ahí abajo, como cuidó de mí cuando estaba solo y perdido. Estoy seguro de ello…
La mirada del hombre era cálida y sincera.
– Es casi la hora -dijo Susana poniéndose en pie-. Gracias por sus palabras, no me han servido de gran cosa, claro, pero aprecio su esfuerzo.
Tik-Tik había trabajado durante un año en el Ártico y contaba con más experiencia que Semi en nadar bajo los hielos. Aunque Lenov no estaba muy seguro de que el caso fuera comparable al actual. Como en todo, nadie podía presumir de experto.
Se había ofrecido para acompañar a Susana, sin éxito. Okedo fue tajante; arriesgar a los dos era inaceptable. Tuvo que conformarse con un modesto papel de auxiliar.
Lenov y varios guardias lo transportaron hasta el hangar. En la ingravidez, el cetáceo no pesaba nada, pero su masa era considerable. El ruso montó un complicado artilugio de poleas que facilitó la tarea.
Era digno de verse: un enorme mamífero acuático, flotando en el aire y protestando en delfines por la sequedad del mismo, mientras lo rodeaban varias personas semidesnudas y flotando asimismo en el aire, tirando de aquí y empujando de allá, sudando como estibadores, maniobrando con cuidado al atravesar las escotillas.
Jenny Brown y Ozu Shikibu embutieron al delfín en el interior del traje de vacío diseñado para él. El ordenador haría aparecer sus mensajes en el monitor del traje de Susana (había encontrado la manera de desactivar la voz del ordenador; los mensajes serían escritos). La cabo Oji Toragawa también se introdujo en su traje.
Atravesaron el portalón, y humanos y delfín se encontraron en el exterior.
Susana puso los dedos sobre una cajita provista de teclas, instalada en su muñeca. Era una ingeniosa réplica electrónica de su viejo silbato, fruto del talento de Kiyoko Fujisama. Lo prefería al ordenador.
– ¿Cómo te encuentras? -silbó. Se utilizaba igual que el silbato, excepto que no tenía que soplar por él.
– De maravilla -repuso el delfín.
Eso era bueno. Lenov dijo:
– Cuida a Susana, muchacho.
Por primera vez desde que el cometa se condensó a partir de la nebulosa solar, su blanco interior de hielo era iluminado por el sol. El fragmento grande presentaba un aspecto más tosco e irregular que el cometa entero; parecía una gigantesca piedra de sílex, tallada por un cavernícola torpe. Susana tenía la sensación de aproximarse a un enorme ventisquero.
– Susana -la llamó Oji-. ¿Qué te parece eso de ahí?
– ¿Dónde?
– A la izquierda. ¿No te parece que la superficie tiene un aspecto distinto del resto?
Susana estudió el blanco muro, que conservaba los volátiles encerrados en él cuando el sol aún no brillaba. Las superficies de fractura eran aproximadamente planas, limpias. No obstante, aquella zona parecía una especie de… cicatriz.
– ¿Piensas que aquí fue donde el agua escapó y se congeló?
– Sí.
– El volcán que llevó a Otto Liddenbrock al centro de la Tierra.
Bromeaba a medias. Bien pensado, aquello era un volcán… de agua.
Se aproximaron despacio al volcán. Era una mancha difusa de unos cinco metros de diámetro, sorprendentemente similar al cráter de Tycho en la Luna: una deslumbrante mancha blanca de la que irradiaban rayos. Cuando se acercaron a ella, vieron que estaba formada por una masa de cristalitos blancos, como azúcar finamente molido. Susana estrujó un puñado en su mano blindada.
– Creo que tienes razón -dijo-. Los cristales no han crecido mucho. No han tenido tiempo, ¿ves?
– Vamos a ver si el… tapón de lava es lo bastante grueso.
Oji desplegó uno de los instrumentos que habían llevado consigo, una caja de unos cuarenta centímetros de lado de la que salía un cable acabado en una especie de micrófono. Lo enterró en el hielo y apretó un botón.
Nada pareció suceder. Pero Susana sabía que un fino haz de ultrasonidos se había propagado por el hielo.
Unos números aparecieron en una pantallita. La japonesa apretó el botón otra vez, para asegurarse. La misma cifra.
– Agua líquida a dos metros -dijo-. Es mejor de lo que esperaba. Montemos la cámara.
Desplegaron otra de sus piezas de equipo. Mientras, incapaz de ayudarles, el delfín les observaba, flotando junto a ellos como un torpedo vivo.
Alzaron una estructura en forma de cúpula, formada por tubos de aleación de titanio, que anclaron en el hielo con grapas en tirabuzón. A continuación extendieron sobre ella una resistente cubierta de plástico; originalmente, había sido una gran tienda de campaña para vacío, a la que no habían encontrado uso. Ahora, como una ciudad lunar, encajaba con el cráter de hielo.
Oji, con el corazón latiéndole en el pecho, hizo el último preparativo.
Instaló en el centro de la tienda un objeto cilindrico acabado en un cono metálico, parecido a la boca de un trabuco, en el centro de tres largueros radiales, separados ciento veinte grados y firmemente anclados en el borde de la tienda. Conectó dos cables al otro extremo y los desenrolló.
Oji flotó hasta Susana, que se había situado al borde de la tienda.
Mientras tanto, había levantado un pequeño muro protector de hielo, y había protegido al delfín tras él.
– ¿Lista?
– Supongo que sí -confesó ella. Se resguardaron tras el muro, atándose por cables al suelo.
Llegó el momento de la verdad; Oji tomó una batería portátil. Arrolló un cable a uno de los bornes y ofreció el otro a la etóloga.
– Si me haces el honor… -dijo, con exagerada cortesía.
Susana tocó el otro borne con el cable.
– Arigato gozeimashita.
Fue como estar sentado bajo la cola de un reactor durante el despegue.
Hubo un brillante resplandor anaranjado, un repentino huracán de vapor y un silbido taladratímpanos, que parecía llegar a través de sus huesos.
La cámara se llenó de inmediato de gas.
El traje dio un suave bip y apareció FORMACIÓN DE ESCARCHA SOBRE EL TRAJE en la pantallita sobre la ceja izquierda de Susana. Informe innecesario, ella ya lo había notado. Pronto se disolvió, cuando la temperatura empezó a subir. Susana echó un vistazo sobre el muro. Oji le advirtió que tuviera precaución, pero la etóloga no podía dejar de contemplar, fascinada, cómo el cohete de combustible sólido agujereaba implacable el corazón del cometa.
El espacio interior de la tienda pronto quedó invadido por una turbulenta mezcla de vapor y gases de combustión, que amenazaba con lanzarles girando por los aires. Susana sujetó al delfín con fuerza, silbando algo para tranquilizarlo.
De repente hubo un siseo, como agua derramada sobre una plancha asadora caliente. Un chorro de agua surgió del agujero, como un surtidor. Enormes gotas esféricas flotaron en la cámara, temblando, girando, rompiéndose y juntándose, hasta que la cámara quedó llena de agua en estado líquido.
La llama naranja se extinguió. Hubo un silencio.
– ¿Susana?
Era Benazir, desde el puente de la Hoshikaze.
– Sí… parece que los fuegos artificiales han acabado -respondió Susana.