– Aquí no se ve nada -de nuevo Benazir.
Encendieron los faros de sus trajes. Estaban rodeados de agua líquida. El interior de la tienda era un revoltillo, en el que flotaban minúsculos cristales de hielo y burbujas de vapor.
Examinó el agujero que habían perforado. Se extendía recto hacia las entrañas del cometa.
– Habremos de ensancharlo -dijo Oji-. Vuestros trajes no caben por ahí.
– De acuerdo.
Con ayuda de un par de piquetas, originalmente martillos de geólogo, empezaron a ampliar la luz del túnel. Fue una tarea penosa, aunque el agua absorbía los golpes e impedía que fueran lanzados por el retroceso, como hubiera pasado en el vacío.
– Será capullo -masculló Susana.
– ¿Qué dices? -preguntó Oji sin dejar de picar.
– Nada. Estaba pensando en ese cura que hay a bordo de la Hoshikaze. Vino a verme poco antes de salir.
– ¿Álvaro? Parece una buena persona.
– Sí, eso piensa él.
Cuando el orificio fue lo bastante ancho, el delfín y Susana se deslizaron uno tras otro hacia el núcleo líquido del cometa. Susana se aseguró de que la cámara de vídeo sobre su hombro estaba grabando y comprobó el encuadre; el traje usaba como monitor la pantalla de mensajes.
Oji les esperaría en el interior de la tienda llena de agua. Su misión era hacer de enlace con la Hoshikaze, pues Okedo temía que las comunicaciones se vieran dificultadas por los amplios muros helados que rodeaban el núcleo del Arat.
Susana, que abría la marcha, descubrió que ya no hacía falta picar más hielo. Desembocaron en un inmenso espacio oscuro, que le recordó una inmersión en la fosa de Tonga.
Pero aquello era infinitamente más siniestro. El faro de su casco no bastaba para taladrar la ominosa oscuridad rojiza que se abría frente a ella. Encendió un potente foco que, en el vacío, iluminaría de un extremo a otro de aquel enorme hueco interior, pero no en la opacidad de aquellas aguas. El haz del foco no revelaba ninguna estructura, solamente oscuridad.
El agua tenía un tono rojinegro, y en ella flotaban infinidad de partículas que danzaban ante la luz de su foco. Era como nadar en sangre.
Susana sintió un fuerte deseo de dar media vuelta y salir huyendo de allí. Pero Okedo, Lenov y los demás estaban siguiendo sus reacciones gracias a la cámara de su casco. No quería aparecer ante ellos como una cobarde en la primera oportunidad que le daban de hacer algo.
Recordó su experiencia. A veces, uno podía sentirse desorientado por el muro azuclass="underline" sentirse en el centro de una esfera azul-verdosa en la que se confunden arriba y abajo. El buceador debe fijarse en las burbujas, que siempre ascienden. Pero ese recurso no era de aplicación aquí. Y el extraño color de aquellas aguas tampoco ayudaba a tranquilizarla.
Gracias a Dios había venido con un gran nadador. Silbó:
– Adelante, Tik-Tik. Es tu turno.
Susana le cedió el puesto de cabeza. A partir de ese momento tendría que confiar en el extraordinario sentido de la orientación del animal y en su radar natural, amplificado y mejorado por los sentidos electrónicos del traje.
– Precaución. No pierdas el rumbo. -Silbó. Y murmuró para sí-. O nos costará un infierno encontrar la salida.
– Es un noproblema. Fácil.
A pesar de sus palabras, el delfín le pareció un tanto desconcertado en este nuevo ambiente. No era extraño, debían ser los primeros buzos sobre otro cuerpo celeste. O, más bien, dentro de otro cuerpo celeste.
El eco-láser indicaba que el hueco medía 519,13 metros de diámetro, y que había algo, vagamente esférico, ocupando el centro geométrico. Susana instaló un pequeño espejo convexo al lado del agujero, a fin de poder encontrarlo por la nitidez de su eco. Una vez seguros de poder orientarse dentro de aquella oscuridad, empezaron a nadar, Susana ayudándose de sus propulsores de gas.
El delfín se adelantó unos metros, cimbreándose elegantemente dentro de su traje elástico. Súbitamente se detuvo, y giró sobre sí mismo, como si intentara evitar algo.
– ¡¡…!! -gritó Tik-Tik. Susana se volvió y estuvo a punto de gritar a su vez.
Un leucocito plateado de tres o cuatro metros de alto estaba a punto de tragársela.
El faro de su casco se reflejaba en un brillante objeto, que cambiaba de forma, desde la aproximadamente esférica hasta la de una patata irregular, ondulando, retorciéndose y temblando. No era el único: otros aparecieron en su campo visual, con los mismos movimientos casi obscenos. Frenética, se giró, descubriendo que estaban rodeados por aquellas cosas.
– Susana -dijo la voz de Oji por la radio-, ¿qué sucede?
Susana trataba de huir, nadando desesperada y torpemente en su traje espacial, olvidándose del propulsor.
Aquella masa informe y brillante se precipitó sobre ella, envolviéndola. Como un frenético y patoso fantasma, atravesó la membrana.
El delfín, por su parte, hizo un esfuerzo por acercarse. La silueta de la Adiestradora aún era parcialmente visible a través de la membrana plateada.
– Resiste. Voy-dijo Tik-Tik.
– ¡Susana! -preguntó Oji.
Se llevó una sorpresa. Oyó a Susana reír.
– Puedes entrar, Tik-Tik. Nopeligro.
Con precaución, el delfín se detuvo ante la cosa. La mano enguantada de la mujer salió y tiró de su aleta igualmente enguantada. Tik-Tik atravesó la membrana.
– ¿Puede alguien explicarme qué está pasando? -preguntó Oji con voz alterada.
– Una burbuja -exclamó Susana, que aún se reía entre dientes-. Estamos dentro de una burbuja de tres metros.
– Una burbuja de tres… ¿cómo es posible?
– Evaporación. -Fue recuperando la calma-. La presión ha bajado, quizá por nuestra causa, quizá por una fuga. Parte del agua se ha evaporado. Se han formado burbujas por todo el líquido y he topado con una… ya veo.
– Pero… no, no me lo digas. Ingravidez. Las burbujas se han estado fusionando unas con otras, en lugar de ascender a la superficie.
– Exacto.
– Pues vaya susto.
– No lo sabes bien, tomodachi. -Susana palmeó afectuosamente el traje de Tik-Tik.
Siguieron avanzando sin alejarse mucho de las paredes.
El delfín fue el primero en verlo.
Se trataba de una especie de cuerda blanca, con el grosor de un dedo meñique. Surgía de la pared de hielo, y se perdía en la oscuridad. Susana la pellizcó tentativamente: era muy recia, y tan elástica como una goma.
– ¿La ves, Oji? -Se giró para que la cámara de vídeo pudiera captarla.
– Sí. Pero no muy claro. ¿Qué es?
– No lo sé. -Intercambió unos silbidos con Tik-Tik-. Desde luego, no se trata de algo natural…
– ¿Qué quieres decir? -preguntó Oji.
– Acabamos de encontrar algo auténticamente alienígena. Ya no hay duda, Oji. Transmite mis felicitaciones a Benazir; una vez más se ha demostrado que tenía razón. Toda la razón.
– Las imágenes siguen sin ser claras. ¿Puedes describirlo?
– Una cuerda. Aspecto orgánico. A juzgar por su orientación, yo diría que se dirige del centro a la periferia del hueco. Vamos a seguirla.
– ¿Hasta el centro?
– Para eso hemos venido, ¿no?
– Un momento…
Hubo un momento de silencio, mientras la japonesa consultaba con Okedo.
– Adelante -dijo.
La mujer y el delfín comenzaron a impulsarse a lo largo de la cuerda blanca.
Era como adentrarse en la cueva de un Minotauro cósmico, guiados por un grueso hilo de Ariadna. Susana no veía otra cosa ante sí que un muro de oscuridad, sin otro detalle que rompiera la monotonía que la cuerda blanca tendida ante sí. De vez en cuando, la luz de su faro se reflejaba en una burbuja gigante.