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– Semi acabó con él. Me salvó.

– Muy bien, Semi.

La hembra delfín silbó con orgullo.

– Vaya un revoltijo -exclamó Lenov-. Me hubiera gustado tener el equipo de buceo a mano, pero con este lío, Semi tendrá que ayudarme a volver al pasadizo. Por favor, Susana, traduce.

– ¿Volver?

– Al otro lado del agua hemos dejado granadas de mano, municiones, un rifle láser y otras cosillas. Ño íbamos a nadar con ellas, ¿verdad?

En la escotilla del puente, Shimizu y Ono apuntaban cuidadosamente y luego disparaban contra los alienígenas de abajo. Éstos no hacían el menor gesto para ocultarse. Una vez más, al teniente lo desconcertó la extraña mezcla de estupidez e inteligencia. Ni siquiera aprovechaban la ingravidez para subir al puente. Era difícil ver si hacían blanco. Los alienígenas muertos no caían.

De repente oyeron un disparo a sus espaldas.

– ¡Teniente! -gritó Yuriko.

Nadie tuvo tiempo de reaccionar cuando el alienígena apareció en el puente.

Cierto, Liz Thorn disparó contra el monstruo, alcanzándolo de lleno y haciéndolo saltar contra el mamparo… Pero el alienígena ya había lanzado un proyectil que aceleró desde la boca de aquel extraño miembro, hacia ella…

El comandante Okedo se interpuso.

El diminuto misil chocó contra su pecho, estalló, abrió un cráter sanguinolento en su espalda.

– ¡Jefe! -gimió Yuriko. Un segundo monstruo apareció en la puerta. Liz disparó antes, partiéndolo en dos de una ráfaga.

Se acercó al quicio con precaución. En el corredor sonó otra ráfaga.

– ¿Teniente? -preguntó Liz, por precaución.

– Sí, voy a entrar. He disparado contra uno de esos monstruos… ¿Qué ha pasado?

– El comandante… -Liz no supo qué más decir. Ono se reunió con ellos.

– ¡Entraron por la cámara de descompresión de proa! ¡No debieron caer cuando aceleramos! ¡Qué necios hemos sido!

– ¿Hay más? -gritó el teniente.

– Creo que no, pero…

– ¡Registremos la proa!

Los guardias salieron del puente. Yuriko tenía los ojos llorosos.

– Él lo quiso así -sollozó.

Kenji le puso el brazo sobre los hombros.

Cuando Lenov y Martínez, cargados con su armamento, llegaron al hangar, se encontraron con un extraño espectáculo: los monstruos se estaban disolviendo. Quedaban inmóviles, sus órganos internos, cubiertos de feas manchas marrones, cesaban en su hormigueante movimiento y, poco a poco, sus patas se desprendían entre gotas flotantes de un repugnante líquido opalino…

Susana, que les acompañaba (por nada del mundo se iba a quedar sola en el tanque), soltó una risita histérica. Fue la única que tuvo humor para hacerlo. Lenov estaba demasiado deprimido para vengarse.

En el puente, Shimizu sintió un escalofrío casi supersticioso. La muerte de Okedo parecía la ofrenda que una divinidad implacable exigía a cambio de la de los monstruos.

Martínez, cargado con una docena de granadas y el rifle láser, se sentía bastante ridículo.

21

El universo era un inmenso vacío gris, en el que flotaban millones de pequeños objetos. Susana veía el mundo tal como lo vería una de sus células, a escala 1:350.000.000. El nanosubmarino se deslizaba hacia las células del alienígena, a una velocidad de diez mieras por segundo.

La máquina era uno más de los maravillosos ingenios legados por la extinta civilización marciana. Estaba diseñada para ser pilotada por control remoto; recibía órdenes mediante señales de microondas que el nanoordenador traducía en acciones. En cuanto a la visión, el microtomógrafo proyectaba en la pantalla hemisférica la reconstrucción de lo que la máquina vería de tener cámaras. Susana disfrutaba de la ilusión de estar sentada frente a los mandos de un submarino de bolsillo, rodeada por una cúpula transparente. Podía ver parte del nanosubmarino bajo ella, pintado con brillantes colores por el ordenador, que adaptaba las imágenes del microtomógrafo. La pinza destacaba a proa, mientras los impulsores gemelos, con aspecto de sacacorchos, giraban frenéticamente a popa.

Naturalmente, un objeto tan diminuto no podía fabricarse por medios habituales ni con materiales habituales. El casco estaba formado por una red de moléculas compatibles con el sistema inmunitario humano. La red formaba un finísimo armazón en el que únicamente penetraban las moléculas más pequeñas.

El ordenador del nanosubmarino no era electrónico sino mecánico, formado por engranajes y varillas; cada engranaje era un anillo de benceno, una molécula de seis carbonos unidos en un hexágono. Las varillas eran finas cadenas de átomos de carbono. Dibujado, aquel ordenador parecía el que Charles Babbage intentó construir en el siglo XIX, pero funcionaba. Como consecuencia de su tamaño microscópico, sus piezas giraban a tal velocidad que rivalizaban en rapidez con un ordenador electrónico.

El nanosubmarino era impulsado por un motor de glucosa, que oxidaba dicho azúcar y movía dos flagelos helicoidales a popa. No poseía otro órgano manipulador que una nanopinza, ni otro instrumento sensor que una especie de «mano» capaz de palpar moléculas. Disponía de diferentes palpadores.

Era extraordinario, pensó una vez más Susana. Con un aparato como aquel la biología avanzaría siglos en pocos años. Les abría la puerta a lo más pequeño, y la capacidad de manipularlo con sencillez.

Para ella había sido una ayuda inapreciable. En pocos días había realizado ella sola un trabajo de investigación sobre la fisiología celular alienígena, que en condiciones normales hubiera ocupado a todo un laboratorio de biólogos durante meses.

Susana manejó con habilidad los controles, aproximando el nanosubmarino a la membrana de una célula, y con una red de gelatina tomó unas muestras. Programó el regreso a donde esperaba la micropipeta, con la cual capturaría al nanosubmarino.

Susana regresó al mundo real simplemente saliendo de la cabina. Ésta era una semiesfera, como un cuenco metálico invertido situado en el centro del laboratorio biológico de la Hoshikaze. En una mesa cercana, encerrado en una caja de Petri, estaba el micromundo que había explorado: un trocito de tejido alienígena no más grande que la punta de un lápiz.

Aplicó el ojo a un microscopio óptico, esperando la llegada del nanosubmarino. No tardó mucho: una cosita cuadrada que nadaba en círculos. Con la micropipeta capturó a la máquina.

La reunión era un remedo de las antiguas; Benazir y el comandante no estaban ya con ellos. Se hallaban presentes Yuriko, Kenji, Shikibu, Lenov, el teniente Shimizu, el padre Álvaro, y Susana. Por una vez, era ella la que llevaba la voz cantante. -Lo asombroso es que no hay nada extraño -informó Susana-. ADN, proteínas, azúcares… todo normal. Demasiado normal.

– No lo entiendo-dijo Yuriko, débilmente. El manto de la jefatura parecía pesarle sobre los hombros.

– La biología de los alienígenas es similar a la nuestra. Similar, y al mismo tiempo distinta. Es…

Se detuvo para observar la reacción de sus compañeros. No la comprendían. Con un suspiro, casi un débil resoplido de impaciencia, explicó:

– Los compuestos orgánicos tienen una variabilidad increíble. Se conocen más de medio millón de compuestos de carbono, y sólo veinte mil de los demás elementos. Algunas biomoléculas simples quizá serían idénticas en diferentes planetas, pero, con toda esa variabilidad, es improbable que otro mundo haya producido una forma de vida con las mismas macromoléculas… esto es, ADN, proteínas… ¿Lo veis?, exactamente igual que la vida terrestre, con las mismas cuatro bases en el ADN, con los mismos azúcares de cinco carbonos, y la misma estructura en doble hélice…

»Y esto no es lo más chocante. El código genético es el mismo. La misma tripleta de nucleótidos traduce el mismo aminoácido. Y esto es peor, porque la correspondencia de tripletas y aminoácido es, por lo que sabemos, arbitraria. Mirad… nosotros representamos el sonido a por el carácter escrito «A» -dibujó la letra con el dedo en el aire-. Se trata de una correspondencia arbitraria. Convenimos que el sonido a se representa por este símbolo. Todos usamos el mismo alfabeto, usamos el mismo código. Pero se trata de un convenio.