– Te entiendo -dijo el franciscano-. Quieres decir que si excavásemos una ciudad sumeria, y encontrásemos que un disco rojo con una barra blanca significase: se prohibe el paso de vehículos, sería una coincidencia inaceptable. ¿Es eso?
Susana asintió.
– Por ese motivo -dijo-, muchos científicos no le dieron mucha importancia a la formación vegetal que se encontró en Uzbekistán, ni a las que aparecieron más tarde. Fue más sencillo pensar que se trataba de una mutación, o una especie desconocida hasta entonces. Pero esto no era posible.
– ¿Por qué?
– Las células de estos seres extraños son diferentes a las nuestras. Tienen cromosomas como las nuestras, pero no tienen membrana que los separe del citoplasma. Faltan algunos orgánulos: mitocondrias, aparato de Golgi, retículo endoplasmático… Son un intermedio entre célula procarionte y eucarionte. Algo que la evolución jamás desarrolló en la Tierra.
»Esto desconcertó a los que estudiaron la planta de Uzbekistán, pero no encontraron ninguna explicación que casara con su bioquímica, perfectamente terrestre.
Kenji hizo un gesto de agotamiento; todo aquello le era difícil de seguir y dijo:
– ¿Qué es lo que opinas?
– Los monstruos que nos atacaron son alienígenas, de acuerdo; no obstante, están íntimamente relacionados con nuestra biología. Son extraños… y al mismo tiempo no lo son.
Los supervivientes se miraron nerviosos, sopesando aquella ambigua declaración.
Nadie dijo nada durante un largo rato. Finalmente Kenji rompió el silencio:
– ¿De dónde salieron? En el núcleo del cometa no enconr traste nada parecido…
– Afortunadamente -dijo Susana intentando forzar una sonrisa-. Pero estaban allí. Todos los vimos…
– ¿A que te refieres?, yo solo vi esa especie de icosaedro del que surgían las cuerdas -dijo Lenov.
– He analizado el ADN contenido en el trozo de cuerda que corté.
– ¿Contenían ADN? -preguntó el religioso.
– Sí.
– ¿Y…?
– El mismo ADN que los monstruos que nos atacaron. Esas criaturas debieron desarrollarse clónicamente a partir del icosaedro…
El padre Álvaro suspiró.
– ¿Qué eran entonces? No importa su bioquímica.
Susana se irritó levemente. A ella le importaba mucho. -No lo sé. Carecían de aparato digestivo o sexual, y como vimos, no estaban hechas para durar. Supongo que el cometa las generó como nuestro organismo generaría anticuerpos… como arma contra nosotros.
– No creo -dijo Shimizu-. Ono y yo hemos analizado el problema en términos militares… por cierto, Susana, ¿has logrado averiguar por qué murieron?
Ella aventuró una hipótesis.
– Quizá la exposición al calor, más probablemente al oxígeno… sus células no tienen peroxisomas. -No se molestó en explicar lo que eran, y nadie se lo preguntó-. En el fondo no creo que importe mucho. ¿A quién le interesa lo que pase con una bala perdida?
– Dudo mucho que fueran un arma -insistió Shimizu-. A pesar de su terrible efecto sorpresa, lo cierto es que fueron muy torpes.
– Teniente, ¿recuerda cómo les persiguieron?
– Es difícil de olvidar -dijo Shimizu.
– Dejaron de perseguirles cuando dejaron de verles.
– Eso fue lo que me extrañó. Hasta un niño sabe que, si alguien se esconde tras una cortina, sigue estando ahí.
– Un bebé es un ser vivo programado por la evolución. Para un ser vivo, ser conscientes de un enemigo aunque no esté ahí, tiene un claro valor de supervivencia. La conducta de sabio idiota que mostraron las criaturas es más propia de una máquina.
– Ahora no parecen tan peligrosas, pero… -meditó Lenov- ¿cuántas de esas máquinas podría fabricar un cometa como el Arat?
– Buena pregunta. -Susana le sonrió brevemente-. Yo también me la hice, y analicé las muestras del caldo que llenaba el cometa. En ella se encontraban disueltos todos los elementos constitutivos de esos seres…
De repente, Lenov lo comprendió. Se puso en pie de un salto.
– Susana, ¿crees que las aguas de la Tierra tendrían una composición similar a ese caldo?
– Hace un año, no. Pero ahora -la expresión de la etóloga era desoladora-, con toda la vida acuática muñéndose, descomponiéndose… sí, debe ser algo muy parecido a eso que llenaba el cometa. Los océanos se están eutroficando.
– ¿Euqué?
– Eutroficando -explicó Susana. Su impaciencia fue ahora claramente perceptible-. Es un término que se usa respecto de lagos en los que se vierten aguas residuales. Las bacterias y los hongos descomponen la materia orgánica, si la cantidad es moderada. Si es demasiado alta, adiós ecosistema.
– Pero, entonces -conjeturó Shimizu con horror- ahora todos los océanos son un caldo de cultivo para esos monstruos.
– Sí -admitió Susana.
Hubo otra pausa, mientras digerían la información.
– Estupendo; ¿y qué se supone que debemos hacer ahora? -dijo el japonés negro.
– Debemos regresar -propuso Kenji-. Esto es más importante que nuestra misión inicial. Debemos advertir a los que siguen en la Tierra, si ya no es demasiado tarde.
– Podemos advertirles por radio, no es necesario que regresemos -dijo Yuriko, con cierta irritación.
– Pero ¿no os dais cuenta de lo que ha pasado? -insistió Kenji-. El comandante ha muerto. Benazir ha muerto, ella diseñó esta misión. Hemos sido descabezados, aplastados. Ninguno de nosotros tiene capacidad para tomar una decisión así, no podemos hacer otra cosa que regresar.
Lenov dio un puñetazo en la mesa que los asustó. Susana le lanzó una mirada asesina.
– No -dijo el ruso-, no podemos volver ahora. Benazir diseñó esta misión, sí. Ella sabía que era vital que aprendiéramos sobre nuestros enemigos, si queríamos tener una posibilidad de sobrevivir. Dio la vida por esta idea y debemos completar su trabajo. Debemos viajar hasta Júpiter, tal y como ella había previsto.
– Eso representa perder un año en la ida, y otro para el regreso -dijo Kenji-. Las cosas se están desarrollando con demasiada rapidez. Cuando llegásemos hasta Júpiter, todo podría haber acabado en la Tierra.
– No podemos hacer otra cosa -dijo Lenov con obstinación.
– Podemos regresar ahora. Somos los únicos humanos con experiencia en luchar con esas cosas. Nuestros conocimientos son demasiado vitales…
– Experiencia -dijo Lenov con sorna-. ¡Ja!
Kenji le fulminó con la mirada.
– ¿Qué estás insinuando?
– Necesitamos mucha menos experiencia, y un poco más de valor.
Kenji se incorporó de un salto y se lanzó hacia el ruso, derribándolo de su silla. Shimizu se interpuso entre los dos hombres y logró contener al japonés.
– Estupendo, Vania -dijo Susana furiosa-, tú sí que estás resultando útil en esta misión.
– Lo siento -musitó el ruso mirando hacia el suelo-, hablaba sin pensar. Lo siento, Kenji.
El japonés ya se había tranquilizado, pero Shimizu seguía junto a él.
– De acuerdo -asintió-. Olvídalo, todos estamos muy nerviosos.
– Os diré qué vamos a hacer -dijo Yuriko-. Votaremos, que decida la mayoría. Pero entendedlo bien: una vez tomada la decisión, no podemos echarnos atrás. No vale cambiar de idea. Debemos asumir la decisión colectiva y atenernos a ella.
– Vamos, Yuriko -dijo Kenji-, eso es contrario a toda tradición…