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Según su costumbre, examinó uno a uno los sistemas de detección: radares, infrarrojos, ultravioletas, eco-sonar, hidrófonos, sismógrafos enterrados en el fondo… Prestó especial atención a estos últimos.

El problema era que detectaban demasiadas cosas. Le resultaba raro pensar que, a dos mil metros bajo ellos, el lecho oceánico se rasgaba lentamente como una sábana vieja, burbujeando con la lava, sacudido por numerosos microsismos, a medida que los continentes se separaban centímetro a centímetro, como venían haciendo desde hacía cien millones de años. En la Dorsal Atlántica se detectan más de un centenar de terremotos al año. El almirante pensaba que aquello camuflaría cualquier actividad alienígena, por ello le interesaba.

Cuando acabó la inspección, el almirante Al-Hassad salió al tórrido aire libre. La flota se mantenía a más de diez millas náuticas de la Isla del Cielo, formando un gran círculo.

La examinó con los prismáticos, más que nada por curiosidad. Difícilmente podría ver algo que se les hubiese escapado a los sistemas de vigilancia.

La isla no era más que una pirámide de roca negra, totalmente desprovista de vegetación. Lo más inquietante era el largo dedo azabache que señalaba al cénit. Examinó el cable, apenas visible en el índigo neblinoso de la distancia. Se elevaba recto hacia el cielo, hasta perderse de vista casi sobre su cabeza.

– Hábleme de su plan, Leontiev -dijo, volviéndose hacia uno de sus hombres.

– Es sencillo, almirante -respondió el aludido-. Enviamos un vehículo submarino hacia la isla…

– Robotizado, por supuesto.

– Sí, almirante. Un vehículo con ruedas guiado por cable. Cuando esté a poca profundidad, iza unas boyas con cámaras de televisión, igualmente por cable, y las fija al fondo. Así evitamos emisiones que puedan ser detectadas. También podríamos instalar otro tipo de sensores…

– Parece bastante discreto -reflexionó el almirante-. Me gusta, aunque ¿tiene idea de dónde podemos conseguir un vehículo de esas características?

– No debería ser difícil. Las compañías petrolíferas los usan en operaciones de mantenimiento.

– Bien.

El almirante volvió a mirar a la isla con los prismáticos. No parecía haber ninguna abertura. Y eso le daba que pensar. ¿Por dónde vendría el ataque?

Se ajustó la gorra y mandó preparar su helicóptero. El día anterior había visto que, en varios buques, los marinos iban en calzoncillos. Cierto es que hacía calor, pero ese descuido no debía tolerarse.

Lenov se vistió con un judogi, ceñido por un cinto más ancho de lo común, y se sentó sobre sus talones, en el centro de la vacía sala de juegos.

Durante largo rato, mantuvo la mirada fija al frente, centrada en un punto situado a unos dos metros; sus ojos brillaban de furia. Llevaba en el cinto una katana, atravesada sobre la cadera izquierda, con el filo hacia arriba y formando un ángulo de treinta grados con el eje del cuerpo, de modo que la empuñadura o tsuka cruzaba y protegía su abdomen, además de quedar cerca de la mano derecha.

Respiraba lenta y profundamente con el diafragma, reteniendo levemente el aire. Aquello era el zanshin: acción dentro de la calma. Debía permanecer neutral, libre de toda emoción, deseo o idea preconcebida, con total disponibilidad física y mental, alerta todo el tiempo, para que la acción surgiese libre del pensamiento o de las emociones, lo que le permitiría reaccionar frente al adversario de la misma manera que el espejo refleja instantáneamente el objeto que aparece ante él; cada movimiento debía ser sobrio y preciso, el resultado de la armonía y unidad absoluta entre la mente, el cuerpo, el sable y el ki, la energía vital. Su mirada era viva y penetrante, como si realmente mirara a un adversario sentado frente a él. La mirada revelaría a los observadores el grado de concentración y conocimiento real de la kata que iba a realizar.

Y, en un momento dado, comenzó el nuki-tsuke.

Realizó varias acciones simultáneas: apoyó los dedos de los pies en el suelo, enderezó el cuerpo, emitió una espiración corta, al tiempo que el índice y el pulgar derecho se apoyaban en la empuñadura del sable, y la mano izquierda sujetaba la vaina, empujando la guarda o tsuba con el pulgar. Empezó a desenvainar, con el pomo apuntando al abdomen de su enemigo imaginario.

Los primeros veinticinco centímetros de la hoja surgieron con el filo hacia arriba; en ese momento su mano izquierda giró la vaina, situándola horizontal. Al mismo tiempo adelantó el pie derecho. El resto de la hoja fue surgiendo con velocidad gradualmente creciente, máxima al final. Lanzó un fuerte «¡YIAAA!», mientras golpeaba el tatami con toda la planta del pie derecho, al tiempo que atrasaba el hombro y cadera izquierdos, procurando mantener los pies paralelos y, estirando el tronco y el brazo derecho hacia delante, lanzó un veloz corte en oblicuo ascendente hacia la garganta de su enemigo imaginario: seme, el desequilibrio.

Su adversario, de existir, estaría sorprendido ante la velocidad de su amenaza y la fuerza de su kiai, y se habría inclinado hacia atrás, perdiendo el equilibrio durante unos valiosos segundos. Y era sólo el principio. Ahora venía el furikabute (armar el sable): con el cuerpo bien derecho, flexionó el codo y alzó el sable sobre su cabeza, hasta ponerlo en un ángulo de unos cuarenta y cinco grados sobre la horizontal, donde lo empuñó su mano izquierda, mientras hacía una profunda inspiración abdominal. Lo sujetó sin crispación, con pulgares, anulares y meñiques.

Y llegó el momento del kiri-tsuke: ¡cortar! Cuerpo vertical, tensión en el abdomen, brazos relajados, piernas paralelas, espiración brusca, ¡ahora!

– ¡YIAAA! -aulló, concentrando su ki en el grito.

El sable relampagueó velozmente en vertical de arriba abajo, con la mano izquierda haciendo palanca sobre la derecha, en un fulminante shomen uchi que hubiera partido la cabeza de su adversario imaginario. Antes de que tocara el suelo, Lenov lo frenó en seco con un leve giro de muñecas.

Quedaban dos tiempos: chiburi (limpiar el sable de sangre imaginaria) y noto (envainar); pero Lenov siguió dando sablazos al vacío, cortando con saña a sus enemigos invisibles… hasta que, finalmente, cayó de rodillas agotado.

Acurrucada en la penumbra, Susana observaba al ruso. Sentía deseos de acercarse a él. Estaba segura de que Lenov necesitaba urgentemente la compañía de alguien, un hombro sobre el que llorar, unos oídos que escucharan su dolor.

Ella sabía cómo se sentía; lo sabía perfectamente, casi era experta en el tema. Pero no podía hacer nada; no podía exponer a otros ojos su propia debilidad. Enfrentarse al ridículo, era la única cosa que temía más que la soledad.

Era preferible seguir allí, mirarle desde la zona no iluminada de la sala de juegos, bien protegida por la oscuridad, en silencio.

Los tres robots de combate llevaban días bajando por el cable. Lucas se sentía bastante molido. Era mucho tiempo envuelto en aquella cosa, entumecido por la falta de movimiento. Sentía que su piel iba a pudrirse por la humedad. Pero sabía que esa sensación sólo existía en su cerebro, su piel estaba perfectamente oxigenada y nutrida por aquella cosa que la envolvía.

Los científicos afirmaban que un hombre podría pasarse años metido en aquella cosa, sin ningún inconveniente para su organismo.

Y no había enemigos a la vista. El Universo se había reducido al Cable y la Tierra a sus pies. Por ello, acogió con reservas el plan de Karl.

– Puede ser peligroso.