El observatorio del Kilimanjaro era una creación personal del doctor Tariq. Suya exclusivamente había sido la iniciativa de la construcción de un observatorio que centralizara la información de la red de satélites, resultado de patear cientos de oficinas, de lamer metafóricamente traseros encumbrados y de gastar aliento cerca de los Imanes, a los que Dios no había dotado del discernimiento para distinguir un planeta de una estrella. Habían sido muchos años de esfuerzo; sólo cuando empleó el truco del almirante norteamericano Rickover, padre del submarino atómico (le digo al Presidente que los rusos van a mandar un hombre al infierno, y recibo cien millones de dólares para mandar un americano al mismo sitio) fue cuando logró por fin obtener un éxito moderado.
En la plegaria vespertina nunca dejaba de orar para que los satélites no se averiasen allá arriba.
Con ello, naturalmente, había adquirido compromisos de todo tipo; los datos que llovían del cielo eran secretos militares, y el análisis subsiguiente una tarea de defensa. Aquello había representado muchos inconvenientes al principio, hasta que logró convencer a los Imanes. La investigación de las distantes estrellas y galaxias merecía la pena. Los Imanes habían cedido y retirado las reglas de seguridad más ofensivas; ahora el doctor Tariq trabajaba con bastante libertad. Por ello se había irritado enormemente al descubrir algo raro en las imágenes archivadas en el ordenador.
– ¿Qué pasa, doctor? -trató de calmarlo Alí.
– ¿Qué me dices de esto? -El doctor Tariq señaló indignado una amplia zona blanca en el centro de un listado de ordenador-. Alguien ha borrado las lecturas obtenidas por Jomeini L5/3. Fíjate, nada en un espacio de tres horas.
– Hmmm… -Alí jugueteó ociosamente con su rosario-. Vamos a ver.
Examinó una serie de números y letras que el ordenador había impreso en una esquina. Se dirigió a un teclado y empezó a manipular. En pocos momentos, una serie de listados aparecieron en un monitor.
El dedo de Alí señaló unas líneas luminosas. Para cada archivo de la memoria, aparecía una lista de quienes lo habían leído o editado: nombre del operador, hora, fecha, y tipo de operación.
– Nadie manipuló los archivos -dijo al fin.
El doctor Tariq miró la pantalla, inseguro. Su cólera empezaba a enfriarse.
– ¿Estás seguro?
– Seguro. Los archivos gráficos son de tipo sólo lectura, a menos que alguien le cambie el tipo y luego lo abra para escritura. Y eso aparecería aquí.
– Pero no puede ser -meditó el astrónomo-. El satélite no pudo quedarse ciego durante tres horas, así, sin más. Maldita sea, si se ha estropeado…
– No hagas mala sangre, viejo. ¿Un matecito?
Alí dijo esta frase en castellano. Había nacido en Argentina como Arturo Pérez; al convertirse a la Verdadera Fe había adoptado el nombre de un legendario boxeador norteamericano. El doctor Tariq era de Cádiz, y acostumbraban a hablar en dicho idioma cuando se hallaban solos.
– Pero… sí, gracias.
Se dejó caer en una silla, examinando pensativo el listado. Alí puso a hervir agua en una jarra y sacó el paquete de yerba mate.
Llenó la calabacita de hierba hasta dos tercios de su volumen y la sacudió durante un rato. Su jefe examinaba ceñudo el papel.
– Mohamed, no lo entiendo. Si el satélite hubiera resultado dañado, lo habríamos detectado.
– ¿Dónde apuntaba durante esas horas? -preguntó Alí. Añadió azúcar, colocó en el mate un tubito de metal, la bombilla, y echó el agua hirviendo.
– A Sagitario, creo. Una zona de la nube de Oort. -Tariq señaló el papel de ordenador con un dedo sarmentoso.
Mohamed sacudió la cabeza.
– Bueno, recemos a Dios, clemente y misericordioso, para que nuestro querido satélite no haya sufrido ningún contratiempo.
Dijo esto último con una leve sonrisa. A pesar del tiempo transcurrido desde la conquista de Sudamérica, Argentina no era una nación con mayoría islámica como Perú, por ejemplo; y el doctor Tariq siempre había sospechado que la conversión de Alí era puramente de boquilla, y que en el fondo era tan tibio como él mismo. Por supuesto, jamás lo dijeron en voz alta, ni siquiera estando solos.
Quien ceba el mate es el primero que lo prueba. Alí sorbió un poco, y añadió más azúcar. Le alargó el mate al doctor Tariq, junto con una servilleta de papel. Éste limpió la bombilla.
– Voy a ver cuándo… -succionó la caliente infusión con impaciencia, hasta que se oyó un fuerte GRGRGRGRGRGRGRGR- cuándo habrá tiempo libre.
Se levantó bruscamente y buscó la agenda de trabajo. Leyó la programación para las próximas semanas.
Tal como sospechaba, casi llena -murmuró.
Alí añadió más agua hirviendo y chupó a su vez.
– ¿Qué sucede ahora?
– No podemos volver a confiar en Jomeini L5/3 hasta que no cotejemos sus datos con los de algún otro satélite. Pero están todos ocupados durante las próximas semanas.
– Sós el director. ¿No podés hablar con algún otro y que ceda el turno?
Alí añadió agua y azúcar al mate y se lo pasó al director.
– Podría, aunque no me gusta. Después de tanto insistir en que se respeten los turnos de trabajo… -sorbió, pasando las páginas- y además, algunas de estas observaciones son de importancia estratégica… pero, espera. Esta noche hay un par de horas libres.
Como el observatorio dependía de los satélites, era utilizable las veinticuatro horas; de noche había menos usuarios. Era el momento en que solían acudir estudiantes avanzados.
– No voy a poder estar aquí -dijo. Su propia agenda estaba igual de repleta-. Alguno de mis doctorandos podría…
Alí recibió el mate del doctor y le volvió a echar agua.
– ¿Querés que yo me encargue? Sólo es cuestión de apuntar alguno de los satélites libres hacia ese sector y ver qué sucede.
– De acuerdo, si no tienes inconveniente.
– Ninguno. -Alí succionó el mate con un gorgoteo.
Esa misma noche, Alí encendió las luces del observatorio y se dirigió a la sala de terminales. Dio un rápido vistazo a los monitores, alineados como centinelas uno junto a otro, transcribiendo interminables listas de números enviados desde los satélites artificiales, y se sentó frente a la terminal central. Tras una ojeada al menú pidió INCIDENCIAS. Se dirigió hacia la cocina para prepararse un «mate cocido», en taza, mientras el ordenador procesaba. INCIDENCIAS era un programa capaz de seleccionar los datos de algún interés recibidos desde los satélites que había redirigido.
Alí apartó la tetera del fuego cuando el pitido le avisó que el agua estaba hirviendo. Colocó en su interior una cucharada de mate y un puñado de piñones. Se había acostumbrado a tomarlo así desde que había llegado a África, aparte de la forma tradicional. Vertió la infusión en una taza y se dirigió hacia la sala de terminales.
INCIDENCIAS había concluido su trabajo. Una lista de acontecimientos aparecían en el monitor. Ninguno demasiado interesante.
Un satélite meteorológico preveía el inicio de un tornado en Mexi-Texas; varios nuevos incendios registrados en los escasos restos de la antigua selva amazónica; un repentino ennegrecimiento infrarrojo en el Índico indicaba escasez de plancton. Aquel sería un asunto para el Consejo Marino…
Las fotos sobre Ucrania mostraban un inicio de plaga de roya o algo así. Bien, eso lo compensaría. Escasez de pescado en la India, escasez de trigo en Occidente.
Pasó rápidamente sobre los infinitos ojos que, desde el cielo, inventariaban los recursos de la Tierra o las perturbaciones de su cambiante atmósfera. ¿Algún indicio de actividad solar?
De repente se detuvo ante algo sorprendente. Uno de los satélites situado en el punto de Lagrange 4… sí, era uno de los que apuntaban hacia Sagitario, había registrado un aumento inesperado en… ¿qué? La pantalla mostraba: