Uno a uno, los puntos de luz se dilataron, formando nuevos parches cuadrados, que se fueron alineando junto al primero. Cada uno mostraba imágenes de artefactos.
Sus formas eran muy variadas: esferoidales, lenticulares, elípticas, aovadas, cuadrangulares, poliédricas…
– ¡Los anillos fueron colonizados por un montón de especies diferentes! -exclamó Yuriko sin dar crédito a lo que veía.
– ¿Son todos tan antiguos como el primero?
– Hasta el momento, el primer traje es el más reciente de todos -dijo Kenji-. Algunas fechas pueden remontarse a diez millones de años antes del primer traje.
– Efectivamente, esas cosas llegaron a la órbita de Júpiter -prosiguió Susana- y se establecieron en sus anillos. Me pregunté qué edad tendrían estos. Mandamos a Marte todo lo que hemos descubierto sobre ellos, análisis del hielo, contenido en isótopos y un montón de datos más, y…
– Los anillos son tan antiguos como la primera de las sondas -dedujo Lenov.
– No pueden precisarlo con exactitud; los astrónomos están de acuerdo en que los anillos llevan ahí, cuanto menos, quinientos millones de años. Sin embargo, esto no fue lo más sorprendente: la composición del hielo es igual al caldo orgánico que llenaba el interior del Arat…
– Hace más de quinientos millones de años -repitió Susana-, criaturas llegadas desde la nube de Oort se establecieron aquí. Quizás usaron los restos de varios cometas en los que viajaron, para construir un habitat parecido al que habían abandonado en Oort. Los desmenuzaron y crearon los anillos de Júpiter. Me pregunto si los anillos de Saturno, Urano y Neptuno tienen el mismo origen.
– Tan sólo suposiciones -titubeó el franciscano-. ¿Cómo puedes estar tan segura?
– Mirad.
Susana ordenó los diferentes tipos de trajes, de más antiguos a más modernos, y pidió al ordenador que mostrara el vaciado de todos ellos.
Vieron aparecer, alineadas una junto a otra, una serie de formas sorprendentes, que empezaban en una especie de icosaedro con tentáculos, y concluían en la ballena gigantesca.
– FUNDIR -ordenó Susana.
Lentamente, el ordenador transformó la criatura con tentáculos en Taawatu.
– Alienígenas llegados de la Nube de Oort se adaptaron a la atmósfera de Júpiter. Para ello debieron modificar su constitución, y por supuesto, todo su metabolismo…
»Me pregunté: ¿como lo hicieron?, y volví a descongelar los cadáveres de los invasores. Habíamos aceptado que eran máquinas, hechas con carne y sangre, pero máquinas al fin y al cabo. Pero encontré algo que me llevó a pensar que el fantasma de Jean Baptiste Lamarck iba a tomarse la revancha definitiva sobre el pobre Charles Darwin…
Susana dibujó algo en la pantalla del ordenador. -Éste es el dogma básico de la biología molecular:
ADN – › ARN – › Proteína
»Las flechas indican que la información viaja siempre del ADN a la proteína, de los genes a los caracteres observables, nunca a la inversa. No hay herencia de caracteres adquiridos: si juegas al tenis, tus hijos no nacerán con el brazo derecho más fuerte.
»Y estamos tratando con algo similar: un organismo que, literalmente, puede modificar de modo voluntario su propia herencia…
– Ingeniería genética -concretó Kenji.
– No, algo mucho más simple, y más complejo a la vez. Los genes de esas criaturas son capaces de aprender, de registrar información.
Susana borró la anterior fórmula de la pantalla del ordenador, y escribió:
ADN ‹ – › ARN – › Proteína
– No se trata de algo tan extraordinario como pudiera parecer. Los virus con ARN, los retrovirus, realizan la transcripción inversa, copiar ARN como ADN.
– ¿Y eso que demuestra? -preguntó Yuriko.
Era evidente que no comprendían. Tamborileó impaciente con los dedos sobre la mesa.
– La enfermedad de Alzheimer.
– ¿Qué?
– La enfermedad de Alzheimer forma parte de un grupo de enfermedades, cuyo agente causal es una extraña cosita: una molécula de proteína sin ADN. ¿Cómo puede algo así transmitir su herencia?
Susana añadió una nueva flecha a la fórmula:
ADN ‹ – › ARN ‹ – › Proteína
– La traducción inversa -exclamó triunfante-. El mecanismo molecular por el que los genes pueden aprender. Una rareza en la Tierra… y algo perfectamente posible para esas criaturas. Su ADN puede ser, literalmente, programado igual que un ordenador.
– Susana -Lenov sacudió la cabeza-, no te estamos siguiendo… bueno, al menos yo no… ¿Qué quieres decir con…?
Susana recorrió la sala con sus ojos. De todos, sólo el padre Álvaro parecía comprender el alcance de sus descubrimientos. Y era patente que no le gustaba.
Susana se volvió hacia la pantalla que mostraba el monumental disco de Júpiter. Apenas podía contener la salvaje alegría que burbujeaba en su interior; una excitación que sólo estaba al alcance de unos pocos: el éxtasis intelectual ante el problema resuelto…
Para Susana, no había nada comparable al momento en que todas las piezas encajan y la verdad aparece ante los ojos, pura y cristalina.
Pero necesitaba pruebas. Y sabía lo que eso significaba.
Miró a Lenov.
– La verdad sobre nuestro -¡nuestro!- pasado, ha permanecido sepultada bajo esos nubarrones, durante quinientos millones de años.
Por primera vez en mucho tiempo, el ruso sonrió con sinceridad.
– Eso quiere decir que ha llegado la hora de los héroes -dijo feliz-. Habrá que descender a Júpiter para averiguarlo, ¿verdad?
26
– ¿Fue alguien a quien querías? -le preguntó suavemente Lenov.
– ¿Qué?
Susana estaba ayudando a Lenov a ajustar el traductor de lenguaje delfín. El ruso se había embutido en el interior de un traje de goma fabricado a partir de un molde de su cuerpo. Se ajustaba como una segunda piel, y estaba completamente cubierto de circuitos y sensores. El traductor tenía forma de collar, y se fijaba en torno al cuello del traje.
Susana estaba pendiente de su trabajo, no de Lenov, y la pregunta la había pillado desprevenida.
– ¿De qué estás hablando?
– En la sala de ordenadores… me dijiste que habías pasado por algo semejante… ¿recuerdas?
– Mi padre era militar… Unos terroristas pusieron una bomba en nuestro coche, en Salónica. Mamá murió. Mi padre y yo resultamos heridos. De alguna forma le culpé de todo, y esto amargó nuestra relación hasta el final. -Susana rió con una risa desabrida y rota-. ¡Alienígenas…!, ¿sabes?, de todos nosotros yo era la única con experiencia en tratar con alienígenas. Lo hacía cada día que iba a la ciudad y me encontraba rodeada de otros seres humanos… ¿Puedes imaginar lo que pasa por la mente de un individuo mientras prepara una trampa mortal para una familia de su propia especie? Yo no. Si esos terroristas eran humanos, entonces yo debía pertenecer a otro grupo.
Lenov se sentó junto a ella y acercó una mano a su pelo, sin rozarlo, como si la chica estuviera hecha de un material tan frágil que temiera tocarla.
Susana se apartó; suavemente, pero con firmeza.
En el hangar, Kenji y Yuriko daban la última revisión a los sistemas de soporte vital del Piccard.
El Piccard, la sonda atmosférica tripulada, era en realidad un dirigible rígido. Su esqueleto estaba formado por un entramado de fibras de carbono, en donde se almacenaban una docena de celdillas de gas. La cola poseía grandes timones plegables, verticales y de profundidad.
Una góndola en forma de cuña encajaba en el armazón, sin presentar el menor saliente. La impulsión principal consistía en una gran hélice de dieciséis palas, situadas sobre un anillo giratorio en la cola; seis motores eléctricos direccionales, que accionaban sendas hélices, servirían para la orientación.