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Lamentó no poder ver el cielo; eso no sería posible hasta desprenderse del escudo.

Pasó por la marca de los 160 kilómetros. La presión ya era de 0,1 atmósfera y la temperatura bajado hasta los 173 bajo cero.

150 kilómetros. La temperatura empezó a subir: 163 bajocero.

140 kilómetros, 158 bajo cero…

130 kilómetros, 153 bajo cero…

– Prepárate para abrir el paracaídas, Semi.

– Ya era hora.

Lenov sacó la mano por una especie de manguito y apretó una palanca.

Al instante se abrió un pequeño paracaídas, que tiró de otro mayor, que a su vez tiró de otro y…

¡ZZUMMMMMP! Lenov quedó aturdido del trompazo.

La velocidad de la cápsula, hasta entonces cercana a tres veces la velocidad del sonido en la Tierra, quedó reducida a un nivel subsónico en apenas mil metros. La deceleración alcanzó las cincuenta gravedades durante unos veinte segundos, suficientes como para notarlo incluso en el agua.

El casi irrompible paracaídas de kevlar había cumplido su misión. ¡Cincuenta gravedades! ¡De haber estado en seco, sería como tener un elefante sobre su pecho! Un coche viajando a cien por hora, equipado con aquel paracaídas, hubiera frenado en tan sólo un metro… dejando a su conductor convertido en picadillo, claro está.

El escudo ablativo se había desprendido, y Lenov observó afuera con emoción.

No había sino cielo y nubes.

27

La horda alienígena trepaba hacia ellos. Eran cosas que emitían un apagado resplandor granate en los infrarrojos; al principio, Lucas apenas pudo distinguir su forma, como algo agusanado, del tamaño aproximado a un ser humano. Luego, cuando estuvieron más cerca de lo que jamás hubiera deseado, comprobó que eran una versión adaptada de los que atacaron la Hoshikaze: cuerpo de gusano, cabeza apepinada con una docena de ojillos… las semejanzas acababan aquí.

Las criaturas del Dedo eran de un negro melánico, oscuras y brillantes como los élitros de un escarabajo. Tenían extremidades adecuadas a la alta gravedad, y órganos manipuladores en forma de pinza para cubitos de hielo. Su morfología presentaba múltiples variantes, del tamaño de un niño de diez años al de un caballo, bípedas, cuadrúpedas y hexápodas. Sus armas parecían formar parte de su cuerpo: lásers de baja intensidad, lanzadores de proyectiles (parecían dispararse mediante explosivos químicos) y afiladas cuchillas y púas en sus miembros.

Un grupo descendía hacia él por una de aquellas vigas. Lucas apuntó y apretó mentalmente el gatillo. Sus armas sonaron como la camisa de un gigante al rasgarse, la llamarada le cegó momentáneamente, los alienígenas fueron destrozados, y algunos de ellos huyeron a grandes saltos, ágiles como monos.

Sandra y Karl disparaban contra los de abajo. El cañón de partículas hizo saltar las vigas, en cegadoras explosiones blancas.

– TENEMOS QUE INSTALAR LAS BOMBAS -se oyó a Sandra.

A buena hora se le ocurre, pensó Lucas. Aún estaban demasiado altos; y estaba claro que no podrían hacerlo ante… testigos.

Lucas vigilaba nerviosamente hacia lo alto, en busca de más alienígenas. Vio la mancha descendente de uno de los elevadores.

– AHORA VERÁN ESOS CABRONES -profirió Karl.

– ¡¿Qué vas a hacer?! -gritó Lucas.

Todo sucedió tan rápidamente que Lucas se maravilló de haber podido captar tantos detalles. Karl disparó el cañón de partículas contra la jaula hexagonal del ascensor, en un punto situado más abajo, cortando dos de las vigas longitudinales con precisión. El elevador pasó como un rayo… y descarriló.

El vehículo atravesó el entramado de vigas como una bala un cesto de paja, abriendo un amplio boquete, rozó contra la pared con una cascada de chispas blancoazules, rebotó, chocó con la pared opuesta… y se perdió de vista allá abajo, siempre golpeando, girando, rebotando, destrozándose y pulverizándose a cada choque.

– ¡Eso les dará un buen dolor de cabeza! -dijo Karl, jubiloso.

Las ametralladoras de Lucas abrieron un ancho surco en las filas alienígenas. El cañón de partículas disparó sobre él, quemando y aniquilando a los restantes.

Parecía que no quedaban más… por el momento.

– ¡No podremos contenerles si siguen viniendo! -exclamó- ¿Está despejado el camino hacia abajo?

– Sí… eso creo -dijo Karl-. Deberíamos plantar las bombas, y bajar tan pronto como podamos.

– Será una catástrofe -acordó Sandra-, pero no podemos hacer otra cosa. Vamos a separarnos ciento veinte grados cada uno: yo a la derecha, Lucas a la izquierda. Karl, tú las plantas aquí y luego vigilas con esa pieza de artillería. Si aparecen más de esos bichos…

– Me los cargo. Descuida.

Captaron la idea. Si venían más alienígenas, Karl los atraería.

– Colocad las bombas escondidas… debajo del voladizo, tal vez, donde sea, pero que resulten difíciles de encontrar.

A Lucas le disgustaba separarse de sus compañeros, aunque convino en que era el plan óptimo.

– Dejemos unas cuantas para que las encuentren -sugirió-. Tenemos de sobra.

– Buena idea. ¿De acuerdo?

– De acuerdo.

– Conforme.

Lucas se alejó en la selva surrealista, siempre saltando sobre las vigas. Trató de orientarse en aquel laberinto; no era fácil, muchas vigas estaban destrozadas por el impacto del elevador. Bueno, eso proporcionaría más escondites. Confiaba en que los alienígenas tuvieran demasiado que desescombrar.

Se sentía fatigado de tensión. La atmósfera del robot era húmeda, pegajosa y maloliente como unos calcetines sudados. Poco tiempo atrás se lamentaba del aburrimiento… el largo y tedioso descenso le parecía ahora tan remoto como las vacaciones veraniegas del año anterior.

Calculó que estaba en el punto indicado. Soltó una de las pesadas esferas de su cintura y, manejando la pinza con sumo cuidado, activó la espoleta y programó la explosión, según el ciclo horario convenido (las piezas tenían el tamaño adecuado; sin embargo, era tan difícil como enhebrar una aguja).

Adhirió la bomba bajo el saliente y comenzó a caminar de nuevo. Debía dispersar las bombas para dificultar su localización. Situó la siguiente entre un amasijo de vigas destrozadas.

Siguió caminando. Empezaba a extrañarle la ausencia de enemigos. ¿Sería posible que no los hubiesen descubierto? Indudablemente, la torre era grande, con mil lugares en que buscarlo, pero la zapatiesta que armó Karl debió alertarlos, por tontos que fueran.

O tal vez, sí eran tontos… aquellos bichos quizá no fuesen distintos a los que nombraba el informe de la Hoshikaze. La facultad de autorreparación de la torre quizás incluyese brigadas de mantenimiento.

¿Dónde poner la siguiente? Aquí, pegada a una de las vías del elevador. No había visto descender ninguno, quizás habían suspendido el tráfico. Estaba buscando un lugar para instalar la cuarta cuando los alienígenas cayeron sobre él.

Muchos kilómetros más abajo, el mar se había convertido en un escenario de pesadilla. Los proyectiles caían desde el cielo levantando inmensos surtidores de agua y vapor; raras veces impactaban sobre un barco, pero eso no importaba. Las enormes olas se sucedían una tras otra, causando estragos en los puntos de caída. Nubes de vapor recién condensado cubrían el cielo, descargando lluvias calientes.

Cuando el primer monstruo cayó sobre él, Lucas pensó que era un fragmento de las vigas. Súbitamente reparó en las patas.

Gritó de terror. Una criatura se arrastraba sobre la cabeza de su robot, como un horrible insecto o araña. Trató de sacudirla con una pinza, y casi pegó contra la cabeza. Otras dos saltaron.

Lucas las aplastó contra la viga más cercana, golpeando su cabeza contra la misma, como un toro embistiendo. Las cosas surgieron de sus escondrijos, y sus ametralladoras rugieron barriéndolas. Otras más aparecieron bajo él. Furioso, las aplastó con las patas. Parecían estar por todas partes… disparó de nuevo, las aplastó con pinzas y patas…