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– ¡¡LUCAS!!

– NO VENGÁIS -gritó-. PONEOS A SALVO. LA MIS…

Una fuerte explosión lo hizo saltar. Su cabeza golpeó contra el acolchado viscoso que lo envolvía. Aturdido, trató de mirar en torno; algo parecía funcionar mal… no podía interpretar nada de lo que veía… intentó agarrarse. De repente descubrió que no tenía brazo derecho… ¿o era el del robot? Estaba cayendo.

Un tremendo golpe le sumió en la oscuridad.

Flotaban en un cielo azul oscuro sobre un manto de nubes color pergamino, que reflejaban la luz del distante sol.

Sobre el Piccard podían advertirse algunos cirros de amoníaco, nubes altas y leves como plumas. El sol formaba un halo al refractarse su luz a través de los minúsculos cristales de amoníaco sólido.

El paracaídas del que colgaban hacía ahora el papel de un ala delta, llevándolos en un suave planeo hacia las nubes de abajo. Era hora de hinchar el dirigible. Presionó otra palanca.

La complicada estructura se desplegó como un telescopio. Al instante, los calentadores empezaron a llenar las celdillas de gas con hidrógeno caliente.

Al reducirse la velocidad por la resistencia que presentaba el dirigible, el paracaídas colgó inerte. Lenov vigilaba el altímetro; no respiró tranquilo hasta que se mantuvo constante: ahora flotaban apaciblemente en el cielo de Júpiter.

Triunfal, anunció por la radio:

– Aquí Piccard. Hemos tomado tierra… bueno, hemos tomado aire.

El altavoz le llevó un alegre clamor.

– ¡Enhorabuena, Piccard/ Transmite señal de vídeo.

– Enterado… ahí va. -Leyó los instrumentos-. Estamos a diez mil metros sobre el techo de las nubes… Nuestra altura es de 130 kilómetros… qué barbaridad, en la Tierra sería una órbita de satélite… la presión no es alta: 0,4 atmósferas; hace un frío que pela, de 153 bajo cero. Ahora conecto los sensores neurales de Semi. Es todo tuyo, preciosa.

– Enterado, Vania -respondió el delfín.

A partir de ahora, debía confiar en el innato sentido de las corrientes de Semi, amplificado por los instrumentos. El Piccard soltó un poco de gas y la hélice principal empezó a voltear. El delfín inclinó los timones horizontales, y el dirigible empezó un lento picado, descendiendo en dirección a las nubes blancoamarillentas de abajo.

Lenov notó que podía ver el movimiento de las sombras con el paso del tiempo. Sorprendente pero lógico: Júpiter tiene una rotación de unas nueve horas. Trescientos sesenta grados en nueve horas… hmmm… cosa de dos tercios de grado por minuto. O sea, el ancho de la luna llena cada medio minuto. ¡No es raro que se percibiese a simple vista!

A medida que descendían, las nubes eran más claramente visibles. Lenov sabía que eran nubes de cristalitos de amoníaco, muy similares a los cirros terrestres. Sobre sus cabezas se advertían pequeñas colas de gato, como decían los marinos.

A Lenov le preocupó; la atmósfera del colosal planeta no es demasiado sosegada. Como confirmando sus temores, el delfín dijo:

– Siento turbulencias, Vania. Una corriente ascendente.

En efecto, la sonda estaba siendo zarandeada, subiendo y bajando varios metros cada vez.

– ¿Sí? Eso es que descendemos en el centro de la zona. Dirígete un poco al norte.

– Bien.

El Piccard tomó un nuevo rumbo. Los vientos ascendían en tromba por el centro de la zona, dividiéndose en dos, al norte y al sur, en dirección a los bordes.

Al igual que en la Tierra, el aire caliente ascendía y los vapores disueltos se condensaban; tan sólo que aquí los vapores eran de agua y amoníaco, en lugar de agua sola. Las corrientes de aire ascendente caliente y húmedo eran las responsables de la capa de nubes; un efecto comparable a los alisios en la Tierra.

La fuerza de Coriolis, mucho más intensa en Júpiter, desviaba este movimiento al oeste y al este. Allí, en el borde ecuatorial de cada zona, los vientos soplaban hacia el oeste; en el borde opuesto hacia el este. Por ello, el Piccard fue arrastrado a gran velocidad.

– Piccard, estáis derivando al noreste.

– Sí, Yuriko, lo sabemos. El centro de la zona es muy movido.

– Bien, tened cuidado.

Cuando el Piccard alcanzó la capa de nubes, se sumergió en ella. Lenov contempló con suspicacia el marfileño puré que los rodeaba, que tendía a hacerse más y más oscuro.

– Confío que sepas lo que haces.

– Descuida.

Lenov tocó un botón y quedó al descubierto un panel. Allí se quedarían pegadas cualquier clase de partículas atmosféricas, como moscas sobre papel adhesivo. Un tubo inhaló una mezcla de gases y cristales de amoníaco.

– Muestras recogidas. Sigue el rumbo, abajo y al norte.

– Bien. Creo que no tardaremos en salir de las nubes.

– Estupendo.

La luz ambiente empezó a aumentar; la calima se volvió de un blanco luminoso, y se hallaron fuera de la zona, en la frontera con el cinturón adyacente…

Era una visión impresionante.

El Piccard se hallaba en un desfiladero de nubes. A la izquierda, los celajes de amoníaco blancoamarillentos de los que habían salido. A la derecha, separada por una inmensa brecha de aire claro, un imponente murallón de cúmulos color castaño.

Las nubes se retorcían, se arremolinaban y se alejaban a ambos lados, ya que el Piccard flotaba justo donde los vientos son más fuertes, de cuatrocientos kilómetros hora… Naturalmente, no podían advertirlo; su aparato era arrastrado por el propio viento.

– Atención, Piccard. Atención, Piccard.

– ¿Qué sucede, Yuriko?

– Mejor será que os apartéis del camino que lleváis. Ante vosotros se está formando un huracán del tamaño de Rusia.

– ¡Mierda!

Desde la órbita, la tripulación de la Hoshikaze pudo ver cómo nacía. La línea fronteriza entre el blanco y el pardo presentaba enormes ondulaciones. Un pseudópodo blanco se introducía en la banda marrón; como una ola al romper en la playa, se curvaba más y más, hasta que se separó en un vórtice blanco que giraba con lentitud.

Susana lo reconoció; era un mecanismo idéntico al que genera los huracanes en la Tierra, justo en el Ecuador. Ella los conocía bien. Y los temía como a pocas cosas en el mundo.

Júpiter tiene un eje con una inclinación de no mucho más de un grado. No posee estaciones como la Tierra. Por otro lado, la principal fuente de calor es interna, ya que Júpiter emite más calor del que recibe del Sol. Por ello, entre los polos y el ecuador no hay apenas variaciones de temperatura, como las que en la Tierra provocan las borrascas de frente. Las bandas ecuatoriales del planeta eran rasgos estables, como los alisios en la Tierra o la zona de calma intertropical.

En pocas horas se hubo formado la gigantesca perturbación ciclónica. Tenía el aspecto de un pequeño remolino blanco, aunque era efecto del tamaño. Como todo en Júpiter, su escala era gigantesca, abarcando varios millares de kilómetros de radio. Allí, los vientos debían aullar a una pavorosa velocidad, que en la Tierra únicamente se alcanzaría en algunas corrientes en chorro de la estratosfera.

Y el minúsculo Piccard se dirigía hacia ella…

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