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La Tierra estaba indefensa ante cualquier cosa que llegara del espacio.

Con no pocos inconvenientes, se logró lanzar una improvisada sonda de observación, construida a partir de uno de los satélites meteorológicos dejados por los marcianos.

Las fotos mostraron con claridad que aquello no era natural. Unas extrañas construcciones se alzaban en aquel enjambre de cuerpos. Se veían cosas en movimiento, como hormigas sobre el cadáver de un pollo. El objeto estaba en una órbita geosincrónica, suspendido sobre el Dedo de la Tierra. De él sobresalían dos salientes, como cables o tubos: uno hacia la Tierra, el otro diametralmente opuesto.

Al oír esto, los que poseían algún conocimiento de astronáutica adivinaron la verdad. El Dedo del Cielo y el Dedo de la Tierra iban a unirse, formando una torre orbital. Estaba claro el por qué: a once mil metros, quedaba atrás buena parte de la atmósfera, la más densa, agitada por lluvias, vientos y huracanes.

Meses después el Dedo del Cielo estaba casi completo. Ahora, la Tierra poseía un larguísimo apéndice doce veces superior a su radio, como un espermatozoide cósmico.

La torre espacial era apenas visible; su grosor estimado era de unos setecientos metros. Desde el suelo, a mediodía, era como un hilo que ascendía hacia el sol ecuatorial, perdida en el resplandor; era más visible al atardecer y al amanecer, cuando el tramo superior era iluminado por el sol sobre el fondo negro del cielo. Con un telescopio casero o un par de prismáticos, se la podía ver desde todo el hemisferio.

La recién formada isla, que se convirtió en pocos meses en la montaña más alta de la Tierra, estaba rodeada de más de un centenar de barcos, de todos los tamaños y nacionalidades.

El Consejo Católico de Fideicomisos (organismo que coordinaba la reconstrucción, dependiente del Consejo de Seguridad de Marte), no sabía qué hacer con el Dedo. La idea de una torre orbital era vieja, e incluso había sido estudiada por algunos técnicos japoneses para rentabilizar el viaje espacial. Pero nadie había supuesto jamás que fuese posible construirla en menos de un año.

Y nadie esperaba observar, en el curso de sus vidas, aquella fabulosa obra de ingeniería planetaria.

Las reuniones se prolongaron, más que nada, por la suspicacia de los terrestres. No faltaron grupos que acusaron de todo a los marcianos, incluso de la Tormenta de Positrones, o cuanto menos de complicidad con los alienígenas. Enrique Kramer salía agotado de las reuniones, y debía hacer un esfuerzo por serenarse y comprenderlos. Todos estaban aterrados, cansados, desmoralizados; aquello fomentaba los recelos, al margen de ambiciones y rencillas.

Gradualmente, tras laboriosas sesiones, se fue llegando a un acuerdo. Todos coincidieron en dos puntos:

Primero: quienquiera que hubiera levantado el Dedo, no actuaba de modo claramente hostil. Pero tampoco claramente amistoso. No hubo ningún intento de comunicación previa.

Segundo: quien golpea primero, golpea dos veces.

Pero el desacuerdo surgió en cómo golpear. Necesitaban ayuda militar de Marte, y sus representantes insistían en que la colonia no podía distraer más recursos destinados a su propia supervivencia.

La solución se demoró aún más.

23

La Hoshikaze atravesó el gran desierto entre las órbitas de Marte y Júpiter, cabalgando sobre un gran cono de llamas de fusión, y se situó en una órbita muy excéntrica en torno al orbe gigante, una elipse que intersectaba las órbitas de las cuatro lunas galileanas; el periastrio la llevaría más cerca del planeta que Amaltea, la luna más interior. Mientras se acercaban, Semi disparó una andanada de sondas, y pidió al ordenador que despertara a los humanos.

Hay mucho oleaje. Papá ha desempolvado el equipo de construcción y lo prepara para iniciar el crecimiento de un arrecife que haga de rompeolas.

– No me agradaba la idea de quedarme sin esa magnífica playa -nos dijo, y se puso manos a la obra.

Las mellizas se persiguen por la orilla, lanzándose agua con la mano. Yo estoy sola, como casi siempre, sentada sobre una roca, escuchando un mini-discman. Papá se acerca a mí y sonríe torpemente.

Dice algo, pero no le entiendo. Señala mis orejas, y me quito los aurícula, res.

– ¿Qué escuchas? -pregunta él sentándose a mi lado-. ¿Tetsu-Rock?

Intenta ser amable, pero, como casi siempre, el efecto resulta ser el contrario.

Tartam udeo intimidada:

– No, y-yo… esto es…

Papá es un hombre alto y fuerte; había sido atractivo hasta que el atentado de Salónica desfiguró un lado de su cara con una horrible cicatriz.

– ¿Me dejas oír?

Le alargo obedientemente los auriculares. Papá se los pone, y escucha…

Los sonidos son muy variados: largos gemidos que duraban casi medio minuto, golpes sordos, brevísimos clics agudos, trinos como de pájaro y silbidos que cambiaban rápidamente de frecuencia ascendiendo y descendiendo…

– ¡No es música…! -Se quita los auriculares con desagrado- ¿Qué es?

– Nada -replico. Mi cara arde, debo de estar roja como un tomate. Aunque no hay razón alguna, me siento como si me hubiesen pillado haciendo algo inmoral. Miro a un lado y a otro, luchando por disimular mi timidez.

– Algo será -dice él suavemente, intentando quitar el hierro a su voz.

– Ballenas yubarta -respondo con reluctancia. Aprieto la tecla deparada.

Desde hace mucho, escucho fascinada estas grabaciones. Parecen hablarme en un idioma desconocido: golpe, golpe… gemido, golpe, gemido. Trino… trino… clic. Gemido, golpe, golpe… trino… silbido; clic… golpe, trino. Golpe… clic; trino; golpe, silbido, clic…

– ¿Qué?

– Son canciones de ballenas. Es un minicompact de canciones de cetáceos-intento explicarle, hacerle participar en aquello que me apasiona-. Son los sonidos más potentes producidos por un ser vivo; algunas llegan a los ciento ochenta decibelios, que equivale al despegue de un avión. A veces, alcanzan a más de diez mil kilómetros, dependiendo de la temperatura del agua o la presión.

» Tan lejos que es posible que algunas se comuniquen a lo ancho del océano. ¿Puedes imaginarlo…?

Papá sonríe. ¡Cómo he llegado a odiar esa sonrisa suya de suficiencia!

– Entonces será un concierto adecuado para las ballenas, no para las chicas humanas.

– Lo siento. -Me encojo brevemente de hombros, un gesto heredado de mamá.

– No lo digo para que te disculpes -dice él, razonablemente-. Es sólo que creo que estás desperdiciando tu juventud. ¿Sabes?, no vas a tener diecisiete años para siempre. ¿Por qué no sales por ahí de vez en cuando y te diviertes? Hay un baile en el Salón de Actos la próxima semana. ¿Te has apuntado?

Le miro como a un desconocido. ¡Un baile en el Salón de Actos…!

¿Cómo eludir aquel abismo de absoluta incomprensión que se abre entre nosotros?

– No… no tengo ningún interés en ir a ese estúpido baile de quinceañeros con acné.

Él deja caer sus brazos, impotente.

– De acuerdo, de acuerdo. Era sólo una idea. Nunca sé lo que te gusta o no.

Hablamos tan poco…

Permanecemos en silencio un tiempo. Soy yo quién aparta la vista primero, volviéndola hacia el mar.