– Bien -dije-, si me indica usted en qué dirección está Kerselec no me exigirá mañana más tiempo que el que me exigió venir.
Volvió a mirarme casi con expresión de piedad.
– Ah -dijo-, venir es fácil y exige horas; volver es diferente… y puede exigir siglos.
La miré asombrado, pero decidí que no entendía lo que había dicho. Entonces, antes que yo tuviera tiempo de hablar, cogió un silbato de su cinturón y lo hizo sonar.
– Siéntese y descanse -me dijo-; ha recorrido una larga distancia y está fatigado.
Se recogió las faldas plisadas y haciéndome señas de que la siguiera se abrió camino graciosamente entre los espinos hasta una roca plana entre los helechos.
– Estarán aquí en seguida -dijo, y sentándose en un extremo de la roca, me invitó a sentarme en el otro. La luz crepuscular empezaba a menguar en el cielo y una estrella solitaria titilaba débilmente en la niebla rosada. Una larga saeta aleteante de aves acuáticas se dirigía hacia el sur sobre nuestras cabezas, y desde las ciénagas nos llegaba el llamado de los chorlitos.
– Son muy hermosos… estos páramos -dijo serenamente.
– Hermosos, pero crueles con los forasteros -le respondí.
– Hermosos y crueles -repitió con aire de ensueño, hermosos y crueles.
– Como una mujer -dije estúpidamente.
– Oh -exclamó reteniendo un instante el aliento, y me miró. Sus ojos oscuros se encontraron con los míos y me pareció enfadada o asustada.
– Como una mujer -repitió en voz queda-. ¡Qué crueldad decir una cosa semejante! -Luego, al cabo de una pausa, como si hablara en alta voz consigo misma:- Qué crueldad de su parte decir cosa semejante.
No sé qué clase de disculpa ofrecí por mi tonta aunque inofensiva observación, pero sí sé que parecía tan perturbada, que empecé a pensar que había dicho algo terrible sin saberlo, y recordé con horror los abismos y las trampas que la lengua francesa tiene para los extranjeros. Mientras intentaba darme cuenta de lo que podría haber dicho, a través del páramo llegó un sonido de voces y la joven se puso de pie.
– No -dijo con una huella de sonrisa en la cara pálida-, no aceptaré sus disculpas, monsieur, pero tengo que probar que se equivoca y esa será mi venganza. Mire. Allí vienen Hastur y Raoul.
Dos hombres se destacaban en el crepúsculo. Uno llevaba un saco sobre los hombros y el otro, un aro por delante como un camarero lleva una bandeja. El aro estaba ajustado con correas a sus hombros y en el círculo había posados tres halcones encapuchados que tenían campanillas tintineantes. La joven avanzó hacia el halconero y con un veloz movimiento de la muñeca, trasladó su halcón al aro donde se posó entre los compañeros que sacudieron las cabezas encapuchadas y erizaron sus plumas hasta que sus pihuelas con cascabeles resonaron nuevamente. El otro hombre avanzó e inclinándose respetuosamente cogió la liebre y la dejó caer en el saco de caza.
– Estos son mis piqueurs -dijo la joven volviéndose hacia mí con gentil dignidad-. Raoul es un buen halconero y algún día lo haré grand veneur. Hastur es incomparable.
Los dos hombres silenciosos me saludaron con respeto.
– ¿No le había dicho, monsieur, que le probaría que se equivoca? -continuó-. He, pues, aquí mi venganza: tenga usted a bien que le ofrezca alimento y albergue en mi propia casa.
Antes que pudiera responderle, habló con los halconeros, que instantáneamente se pusieron en camino por el brezal, y haciéndome un gracioso ademán, ella los siguió. No sé si le hice entender cuán profundamente agradecido me sentía, pero ella parecía escucharme con agrado mientras andábamos entre el brezal bañado de rocío.
– ¿No está muy cansado? -me preguntó.
En su presencia había olvidado por completo mi fatiga y así se lo dije.
– ¿No le parece que su galantería es algo anticuada? -preguntó; y cuando yo la miré confundido y humillado, añadió tranquilamente-: Oh, me agrada, me agrada todo lo anticuado, y es delicioso oírlo decir cosas bonitas.
El yermo a nuestro alrededor estaba muy silencioso ahora bajo la fantasmal sábana de niebla. Los chorlitos ya no llamaban; los grillos y todas las criaturas minúsculas callaban a nuestro paso, aunque me parecía que empezaban otra vez muy lejos a nuestras espaldas. Bastante por delante los dos altos halconeros iban a largos pasos entre el brazal, y el ligero tintineo de los cascabeles de los halcones llegaban a nuestros oídos como tañidos distantes.
De pronto un espléndido perro de caza saltó de entre la niebla por delante, seguido de otro y otro más, hasta que media docena de ellos brincaban y saltaban en torno a la joven a mi lado. Ella los acariciaba y los tranquilizaba con su mano enguantada, y les hablaba con aquellos extraños términos que recordaba haber leído en viejos manuscritos franceses.
Entonces los halcones en el aro que llevaba el halconero por delante, empezaron a batir las alas y a gritar, y desde algún sitio invisible vinieron flotando por el páramo las notas de un cuerno de caza. Los perros se alejaron saltando delante de nosotros y se desvanecieron en el crepúsculo, los halcones aletearon y chillaron en su percha y la joven, siguiendo la canción del cuerno, empezó a cantar. Su voz sonó clara y dulce en el aire de la noche
Chasseur, chasseur, chassez encore,
Quittez Rosette et Jeanneton,
Tonton, tonton, tontaine, tonton,
Ou, pour rabattre, dès l'aurore,
Que les Amours soient de planton,
Tonton, tontaine, tonton.
Mientras escuchaba su encantadora voz, una masa gris que pronto hízose más distinta surgió frente a nosotros, y el cuerno resonó alegremente entre el tumulto de los perros y los halcones. Una antorcha brilló junto a un portal, una luz llegó desde la puerta abierta y subimos a un puente de madera que temblaba bajo nuestros pies y se elevaba crujiente y tenso tras de nosotros al cruzar el foso y entrar en un pequeño patio de piedra enteramente rodeado de muros. Por una puerta abierta vino un hombre que se inclinó en señal de saludo y ofreció a la joven a mi lado una copa.
Ella cogió la copa, la rozó con los labios y luego, bajándola, se volvió hacia mí y me dijo en voz baja:
– Sea bienvenido.
En ese momento uno de los halconeros vino con otra copa, pero antes de alcanzármela, se la ofreció a la joven, que probó su contenido. El halconero hizo ademán de cogerla, pero ella vaciló un instante y luego, avanzando hacia mí, me la ofreció de su propia mano. Sentí que era éste un acto de extraordinaria gracia, pero no sabiendo muy bien qué se esperaba de mí, no la llevé a mis labios de inmediato. La joven se puso roja. Vi que debía actuar de prisa.
– Mademoiselle -tartamudeé- un forastero al que ha salvado usted de peligros que quizás él nunca conozca del todo, vacía esta copa a la salud de la más gentil y encantadora anfitriona de Francia.
– En su nombre -murmuró ella persignándose mientras yo vacilaba la copa. Luego, entrando por la puerta, se volvió hacia mí con un bonito ademán y tomando mi mano en las suyas, me condujo a la casa diciendo una y otra vez:
– Es usted bienvenido, muy bienvenido por cierto, al Cháteau d'Ys.
II
Desperté a la mañana siguiente con la música del cuerno en los oídos, y saltando del antiguo lecho, me dirigí a una ventana con cortinas en la que la luz del sol se filtraba a través de pequeños paneles profundamente montados. Cuando miré al patio abajo, el cuerno calló.
Un hombre que podría ser el hermano de los dos halconeros de la víspera, estaba en medio de una jauría de perros de caza. Llevaba amarrado a las espaldas un cuerno curvo y en la mano tenía un largo látigo. Los perros aullaban y gemían a su alrededor con prevención; en el patio amurallado también pateaban caballos.