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– ¡Montad! -gritó una voz en bretón, y con estrépito de cascos los dos halconeros, con halcones en las muñecas, entraron cabalgando al patio en medio de los perros. Entonces oí otra voz que me hizo palpitar el corazón:

– Piriou Louis, lleva a los perros y no escatimes látigo ni espuela. Tú, Raoul y tú, Gastón, cuidad de que el epervier no se comporte como un niais, y si a vuestro juicio resulta mejor, faites courtoisie à l'oiseau. Jardinier un oiseau como el mué que lleva Hastur en la muñeca no es difícil, pero a ti Raoul puede que no te sea tan fácil gobernar a ese hagard. La semana pasada en dos ocasiones se irritó au vif y perdió la beccade aunque está acostumbrado al leurre. El ave actúa como un estúpido branchier. Paître un hagard n'est pas si facile.

¿Soñaba yo acaso? El viejo lenguaje de halconería que había leído en manuscritos amarillos… el viejo francés olvidado de la Edad Media sonaba en mis oídos mientras los perros aullaban y las campanillas de los halcones servían de acompañamiento a los cascos de los caballos. Ella volvió a hablar otra vez la dulce lengua olvidada:

– Si prefieres llevar el longe y dejar tu hagard au bloc, Raoul, no pondré reparos; porque sería una lástima estropear el deporte de un día tan bello como un sors mal adiestrado. Quizá me apresuré demasiado con el ave. Exige tiempo llegar à la filière y a los ejercicios d'escap.

Entonces el halconero Raoul hizo una inclinación desde sus estribos y replicó:

– Con el beneplácito de Mademoiselle, conservaré el halcón.

– Ese es mi deseo -respondió ella-. Conozco halconería, pero tú tienes muchas lecciones que darme aún sobre Autoursede, mi pobre Raoul. Sieur Piriou Louis, montad!

El cazador pasó veloz bajo una arcada y volvió al instante montado en un vigoroso caballo negro, seguido de un piqueur también montado.

– ¡Ah! -exclamó ella regocijada-. ¡Rápido Glemarec René! ¡Rápido! ¡Apresuraos todos! ¡Haced sonar el cuerno Sieur Piriou!

La música argentina del cuerno de caza colmó el patio, los perros atravesaron el portal y los cascos de los caballos resonaron en las piedras del patio; fuerte en el puente, apagados de pronto, perdidos en los brezales y los helechos del páramo. El cuerno sonó más y más distante hasta que fue tan débil que el súbito canto de una alondra que alzaba vuelo lo apagó en mis oídos. Oí la voz abajo que respondía a un llamado desde dentro de la casa.

– No lamento la cacería, iré en otra ocasión. ¡Cortesía para el forastero, Pelagie, recuérdalo!

De la casa llegó una débil voz trémula:

– Courtoisie.

Me desnudé y me froté de la cabeza a los pies en la enorme tina de cerámica llena de agua helada sobre el suelo de piedra al pie de mi lecho. Luego busqué mis ropas. Habían desaparecido, pero sobre un banco había un montón de ropas que examiné con asombro. Como las mías habían desaparecido, me vi obligado a vestirme con el atuendo evidentemente dejado allí para que yo lo usara mientras mi ropa se secaba. Todo, estaba allí, gorra, calzado y una casaca de caza de tejido doméstico gris plateada; pero el vestido que se me ajustaba a la perfección y las botas sin costuras pertenecían a otro siglo; recordé el extraño atuendo de los tres halconeros en el patio. Estaba seguro que no era la vestidura moderna de sitio alguno de Francia o de Bretaña; pero sólo cuando me vi en un espejo entre las ventanas advertí que estaba vestido con un traje de caza de la Edad Media y no como un bretón de la actualidad. Vacilé y cogí la gorra. ¿Bajaría con tan extraña vestimenta? No parecía haber otro remedio, pues mis prendas habían desaparecido y no había campana en la antigua cámara con qué llamar a un criado, de modo que me contenté con quitar una pequeña pluma de la gorra, abrí la puerta y bajé.

Junto al hogar en una gran estancia al pie de las escaleras, una vieja bretona estaba sentada hilando en una rueca. Me miró cuando yo aparecí y, sonriendo francamente, me deseó salud en lengua bretona, a lo cual le respondí risueño en francés. En el mismo instante apareció mi anfitriona y devolvió el saludo con una gracia y dignidad que me sobrecogió el corazón. Su adorable cabeza de oscuros cabellos rizados se coronaba de un tocado que tranquilizó toda duda acerca de la época de mi propio atuendo. Su esbelta figura resaltaba con exquisitez en el traje de caza de hilado doméstico bordado de plata y en la mano enguantada llevaba a uno de sus halcones favoritos. Con perfecta simplicidad me cogió la mano y me condujo al jardín del patio, y sentándose a una mesa, me invitó a hacer lo mismo a su lado. Entonces me preguntó con su suave y extraño acento cómo había pasado la noche y si me incomodaba llevar el atuendo que la vieja Pelagie había puesto en mi habitación mientras yo dormía. Vi mis propias ropas y calzado secándose al sol junto al muro del jardín y las detesté. ¡Qué espanto eran en comparación con la graciosa vestimenta que ahora llevaba! Se lo dije riendo, pero ella estuvo de acuerdo conmigo muy seriamente.

– Las tiraremos -dijo con voz serena. Con asombro intenté explicarle que no sólo no concebía recibir ropas de nadie, aunque quizá fuera costumbre de la hospitalidad en ese sitio del país, pero que ofrecería una figura inaceptable si volvía vestido como lo estaba en aquel momento.

Ella rió y sacudió su bonita cabeza diciendo algo en francés antiguo que no entendí, y en ese momento Pelagie salió trotando al patio con una bandeja en la que había dos cuencos de leche, una hogaza de pan blanco, fruta, un plato de panales con miel y un frasco de vino de subido color rojo.

– Ya ve, no había todavía roto mi ayuno porque deseaba que comiera usted conmigo. Pero estoy hambrienta -dijo con una sonrisa.

– ¡Antes moriría que olvidar una sola palabra de lo que acaba de decirme! -espeté con las mejillas ardientes-. Me creerá loco -añadí para mí, pero ella me miró con ojos resplandecientes.

– ¡Ah! -murmuró-. Entonces monsieur conoce todo lo que hay por conocer de la caballerosidad…

Se santiguó y partió el pan; yo me quedé sentado mirando sus blancas manos sin atreverme a alzar mis ojos a los suyos.

– ¿No come? -me preguntó-. ¿Por qué parece tan turbado?

¡Ah! ¿Por qué? Ahora lo sabía. Sabía que daría la vida por rozar con mis labios esas palmas rosadas; comprendía ahora que desde el momento en que miré sus ojos oscuros allí en el páramo la noche antes la había amado. Mi súbita gran pasión me dejó sin habla.

– ¿No se siente usted cómodo? -me preguntó.

Entonces, como un hombre que pronuncia su propia sentencia le respondí en voz baja:

– No, no me encuentro cómodo porque la amo. -Como permaneció imperturbable y no me contestó, el mismo impulso movió mis labios a mi pesar y dije:- Yo, que soy indigno del menor de sus pensamientos, yo, que abuso de su hospitalidad y devuelvo su gentil cortesía con audaz presunción, la amo.

– Yo lo amo a usted. Sus palabras me son caras. Lo amo.

– Entonces la ganaré.

– Gáneme -me contestó.

Pero todo ese tiempo había estado sentado en silencio con la cara vuelta hacía ella. Y ella, también en silencio, con su dulce cara apoyada en la palma vuelta hacia arriba, estaba sentada frente a mí, y cuando me miró a los ojos, supe que ni ella ni yo habíamos hablado con lenguaje humano; pero supe también que su alma había respondido a la mía, y me levanté sintiendo un juvenil y alegre amor que se precipitaba por cada una de mis venas. Ella, con arrebolado rostro, parecía alguien recién despierto de un sueño, y sus ojos buscaron los míos con una mirada de interrogación que me llenó de deleite. Quebramos nuestro ayuno hablando de nosotros mismos. Le dije mi nombre y ella me dijo el suyo: Demoiselle Jeanne d'Ys.