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Y yo pensé en El Rey de Amarillo y en la Máscara Pálida.

Estuve muy enfermo, porque la tensión que padecí durante dos años desde la mañana de mayo en que Geneviève murmuró "Te amo, pero creo que amo más a Boris", me afectó por fin. Nunca imaginé que podría superar mi capacidad de resistencia. Exteriormente tranquilo, me había engañado a mí mismo. Aunque la batalla interior se libraba furiosa noche tras noche y solo en mi cuarto me maldecía por concebir rebeldes pensamientos desleales para con Boris e indignos de Geneviève, la mañana siempre me traía alivio, y volvía a Geneviève y a mi querido Boris con el corazón lavado por las tempestades de la noche.

Nunca de palabra, hecho o pensamiento había delatado mi dolor delante de ellos, ni siquiera a mí mismo.

La máscara del autoengaño no era ya una máscara para mí, era una parte de mí mismo. La noche me la quitaba dejando al desnudo la verdad sofocada por debajo; pero no había nadie que la viera con excepción de mí mismo, y cuando rompía el día la máscara se me ajustaba nuevamente de manera espontánea. Estos pensamientos me pasaban por la mente perturbada mientras yacía enfermo, pero se entremezclaban implacables con visiones de blancas criaturas, pesadas como la piedra, que se arrastraban por la tina de Boris: de la cabeza de lobo sobre la alfombra que con la boca espumante trataba de morder a Geneviève, que estaba tendida junto a ella sonriente. También pensaba en el Rey de Amarillo envuelto en los fantásticos colores de su capa harapienta y el amargo grito de Cassilda: "¡No a nosotros, oh Rey, no a nosotros!" Febrilmente luchaba por apartarlo de mí, pero veía el lago de Hali, incoloro e inmóvil sin onda ni ráfaga que lo agitara, y veía las torres de Carcosa tras la luna. Aldebarán, las Hiadas, Alar, Hastur se deslizaban por entre las nubes desgarradas que ondulaban y flameaban como los harapos bordados del Rey de Amarillo. Entre todos estos, un pensamiento sano persistía. Jamás oscilaba, no importa qué fuera lo que acaecía en mi mente desordenada: que la razón fundamental de mi existencia era satisfacer algún requerimiento de Boris y Geneviève. Nunca estuvo claro en qué consistía esta obligación; a veces parecía protección, otras apoyo en medio de una gran crisis. Lo que fuere, su peso recaía todo sobre mí, y nunca me sentí tan débil o enfermo que no estuviera dispuesto a responder con toda el alma. Siempre me rodeaba una multitud de rostros, extraños en su mayoría, aunque a algunos los reconocía, al de Boris entre ellos. Después me dijeron que no era posible que ocurriera, pero sé que una vez al menos se inclinó sobre mí. Fue sólo un contacto, un eco ligero de su voz, luego mis sentidos se anublaron nuevamente y lo perdí, pero él estaba allí, y se inclinó sobre mi una vez al menos.

Por fin, una mañana me desperté y la luz del sol iluminaba mi cama y Jack Scott estaba leyendo a mi lado. No tenía fuerzas suficientes como para hablar en alta voz, ni me era posible pensar y mucho menos recordar, pero sonreí débilmente cuando Jack me miró. Se puso en pie de un salto y me preguntó ansioso si necesitaba algo. Pude musitar:

– Sí, a Boris.

Jack se dirigió a la cabecera de mi cama y se inclinó para arreglar la almohada; no le vi la cara, pero me contestó cordiaclass="underline"

– Debes esperar, Alec, estás demasiado débil aun para ver a Boris.

Esperé y fortalecí; en unos pocos días fui capaz de ver a quien quería, pero entretanto había pensado y recordado. Desde el momento en que el pasado volvió a serme claro, ni por un instante dudé de lo que haría cuando el instante llegara, y me sentí plenamente seguro de que Boris habría adoptado las mismas medidas en lo que a él le concernía; en cuanto a lo que a mí solo me incumbía, sabía que vería las cosas como yo. Ya no pedí ver a nadie. Nunca pregunté por qué no me llegaban mensajes de ellos; todavía más, durante la semana que me estuve acostado esperando y fortaleciéndome no oí pronunciar su nombre una sola vez. Preocupado por mi propia búsqueda del camino correcto y mi débil pero decidida lucha contra la desesperación. sencillamente acepté la reticencia de Jack. teniendo por seguro que no se animaba a hablar de ellos por temor de que me volviera ingobernable e insistiera en verlos. Entretanto me repetía una y otra vez cómo irían las cosas cuando la vida recomenzara para todos nosotros. Reemprenderíamos nuestras relaciones exactamente como habían sido antes que Geneviève cayera enferma. Boris y yo nos miraríamos a los ojos, y no habría rencor, ni cobardía, ni desconfianza en esa mirada. Estaría una corta temporada en la querida intimidad de su hogar y luego, sin explicación alguna, desaparecería para siempre de sus vidas. Boris sabría, Geneviève… el único consuelo era que no lo sabría nunca. Cuando lo volví a pensar, me pareció que había descubierto el significado de esa sensación de obligación que no me abandonó nunca durante mi delirio, y la única respuesta que le cabía. De modo que cuando estuve pronto, le hice señas a Jack de que se me acercara un día y le dije:

– Jack, quiero ver a Boris en seguida: y da mis cariñosos saludos a Geneviève.

Cuando por fin me hizo entender que los dos habían muerto, fue tan grande la cólera que se apoderó de mí, que mis escasas fuerzas de convalesciente quedaron reducidas a átomos. Rabié y me maldije hasta recaer en la enfermedad, de la que salí arrastrándome al cabo de una semana convertido en un muchacho de veintiún años convencido de que había perdido la juventud para siempre. Parecía haber perdido la capacidad de sufrir más todavía, y un día, cuando Jack me dio una carta y las llaves de la casa de Boris, las cogí tembloroso y le pedí que me lo contara todo. Era cruel de mi parte pedírselo, pero no era posible evitarlo, y él se inclinó fatigado sobre sus delgadas manos para reabrir la herida que nunca podría curar por completo. Empezó a hablar con plena calma.

– Alec, a no ser que tengas una clave de la que nada sé, no podrás explicar más que yo lo que ha sucedido. Sospecho que preferirías no escuchar estos detalles, pero debes saberlos, de otro modo te ahorraría el relato.Dios es testigo de que querría hacerlo. Utilizaré pocas palabras.

"Ese día en que te dejé al cuidado del doctor y volví a lo de Boris, lo encontré trabajando en los 'Hados'. Geneviève, dijo, estaba dormida bajo el efecto de sedantes. Había estado por completo fuera de sí, me dijo. Siguió trabajando sin decir ya nada y yo me quedé observándolo. Antes que no mucho transcurriera, advertí que la tercera figura del grupo -la que mira directamente hacia adelante por sobre el mundo- tenía su cara; no como nunca se la viste, sino como lucía entonces y como lució hasta el final. Me gustaría encontrar una explicación para esto, pero no me será nunca posible.

"Bien, él trabajaba y yo lo observaba en silencio, y así seguimos casi hasta medianoche. Entonces oímos una puerta que se abría y se cerraba después de un golpe, y una rápida carrera en el cuarto vecino. Boris salió disparado por la puerta y yo fui tras él; pero llegamos demasiado tarde. Ella estaba en el fondo del estanque con las manos cruzadas sobre el pecho. Entonces Boris se disparó un tiro en el corazón. -Jack dejó de hablar, tenía gotas de sudor bajo los ojos y las delgadas mejillas le temblaban-. Llevé a Boris a su habitación. Luego volví y quité el infernal fluido del estanque y, dejando correr el agua, lavé el mármol hasta la última gota. Cuando por fin me atreví a descender los peldaños, la encontré yacente allí, blanca como la nieve. Por último, cuando hube decidido cuál sería la mejor medida por adoptar, fui al laboratorio, y primero vertí la solución del cuenco en el tubo de evacuación; luego, tras ella, vertí el contenido de todas las botellas y todos los frascos. Había leña en el hogar, de modo que hice un fuego y rompiendo el cerrojo del gabinete de Boris, quemé todos sus papeles, las libretas de notas y las cartas que allí había. Con un mazo que hallé en el estudio, hice pedazos todas las botellas vacías y cargándolas en un cubo para carbón, las llevé al sótano y las arrojé al suelo calentado al rojo del horno. Seis veces repetí el viaje, y por fin ni el menor vestigio quedó de nada que pudiera servir de ayuda para reencontrar la fórmula que Boris había descubierto. Entonces, por fin, me atreví a llamar al doctor. Es un buen hombre y juntos luchamos por mantener el secreto ante el público. Sin su ayuda nunca yo lo habría logrado. Por último pagamos a los sirvientes y los enviamos al campo, donde el viejo Rosier los mantiene tranquilos. con el cuento de los viajes de Boris y Geneviève por tierras distantes, desde donde no retornarán en largos años. Dimos sepultura a Boris en el pequeño cementerio de Sèvres. El doctor es un buen hombre y sabe cuándo tener piedad de alguien a quien no le es posible soportar ya más. Dio su certificado de una enfermedad cardíaca y no me formuló preguntas.