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Entonces, levantando la cabeza de las manos, dijo:

– Abre la carta, Alec; es para los dos.

Rompí el sobre. Era el testamento de Boris fechado un año antes. Dejaba todo a Geneviève, y en caso de que ella muriera sin tener hijos, yo debía hacerme cargo de la casa de la rue Sainte-Cécile, y Jack Scott, de la administración en Ept. Al morir nosotros, la propiedad debía volver a la familia de su madre en Rusia, con excepción de los mármoles esculpidos ejecutados por él. Estos me los dejaba a mí.

La página se anubló ante nuestros ojos y Jack se puso de pie y se dirigió hacia la ventana. En seguida volvió y se sentó nuevamente. Tenía miedo de oír lo que iba a decir, pero él habló con la misma sencillez y gentileza.

– Geneviève yace ante la Madona en el cuarto de mármol. La Madona se inclina tiernamente sobre ella, y Geneviève sonríe a su vez a esa cara serena que jamás habría existido de no haber sido por ella.

Se le quebró la voz, pero me cogió la mano diciendo:

– Coraje, Alec.

A la mañana siguiente partió a Ept para cumplir el cometido de su cargo.

IV

Esa misma tarde cogí las llaves y me dirigí a la casa que tan bien conocía. Todo estaba en orden, pero el silencio era terrible. Aunque fui dos veces hasta la puerta del cuarto de mármol, no me decidí a entrar. Estaba más allá de mis fuerzas. Fui al cuarto de fumar y me senté frente a la espineta. Sobre el teclado había un pañuelito de encaje y me alejé ahogado por la congoja. Era evidente que no podía quedarme allí, de modo que cerré todas las puertas, todas las ventanas y los tres portales delanteros y traseros y partí. A la mañana siguiente Alcide preparó mi maleta y dejándolo a cargo de mis apartamentos, cogí el expreso Oriente en dirección de Constantinopla. Durante los dos años que erré por el Oriente, en un principio nunca mencionábamos a Geneviève y a Boris en nuestras cartas, pero gradualmente sus nombres fueron apareciendo. Recuerdo en particular un pasaje de una de las cartas de Jack en respuesta a una de las mías.

"Lo que me dices de que viste a Boris inclinándose sobre ti y que te tocó la cara y que oíste su voz, por supuesto, me perturba. Lo que describes debió de haber sucedido una semana después de haber muerto. Me digo a mí mismo que estabas soñando, que eso formaba parte de tu delirio, pero la explicación no me satisface, ni tampoco te satisfaría a ti".

Hacia fines del segundo año me llegó una carta de Jack a la India tan distinta de nada que pudiera esperarse de él, que decidí volver a París sin demora. Escribía:

"Me encuentro bien y vendo mis cuadros como suelen hacerlo los artistas que no necesitan dinero. No tengo preocupaciones propias, pero me encuentro tan inquieto como si las tuviera. Me es imposible desembarazarme de cierta ansiedad por ti. No es aprensión, es más bien una expectativa extrema de Dios sabe qué. Por la noche siempre sueño contigo y con Boris. No recuerdo nunca nada después, pero me despierto a la mañana con el corazón palpitante y durante todo el día la excitación aumenta hasta que me quedo dormido a la noche para repetir la misma experiencia. Ello me tiene agitado, y me he decidido a terminar con tan mórbida situación. Debo verte. ¿Iré yo a Bombay o vendrás tú a París?"

Le telegrafié diciéndole que me esperara en el próximo vapor.

Cuando nos encontramos, lo encontré muy poco cambiado; yo, insistía él, tenía aspecto de gozar una perfecta salud. Era bueno escuchar nuevamente su voz, y cuando nos sentamos y conversamos acerca de lo que la vida nos tenía aún reservado, sentimos que era hermoso estar vivos en el esplendor de la primavera.

Nos quedamos en París una semana juntos, y luego fui con él por una semana a Ept, pero antes que nada visitamos el cementerio de Sévres donde yacía Boris.

– ¿Pondremos los "Hados" en el bosquecillo sobre su cuerpo? -preguntó Jack.

– Creo que sólo la "Madona" debería vigilar la tumba de Boris -le respondí.

Pero mi regreso en nada mejoró la situación de Jack. Los sueños de los que no podía retener ni el menor esbozo definido continuaron, y decía que en ocasiones la sensación de expectativa intensa le resultaba sofocante.

– Ya ves que te hago daño en lugar de bien -le dije-. Prueba un cambio de vida sin mí.

De modo que él inició un viaje entre las Islas del Canal y yo regresé a París. No había entrado en casa de Boris, ahora mía, desde mi retorno, pero sabía que tendría que hacerlo. Jack la había mantenido en orden; había sirvientes en ella, de modo que abandoné mi propio apartamento y fui a vivir allí. En lugar de la agitación que había temido, descubrí que podía pintar allí tranquilamente. Visité todos los cuartos… menos uno. No podía decidirme a entrar en el cuarto de mármol donde yacía Geneviève y, sin embargo, sentía día a día crecer el anhelo de verla la cara, de arrodillarme junto a ella.

Una tarde de abril estaba tendido soñando en el cuarto de fumar, como lo había estado dos años antes, y mecánicamente busqué la piel de lobo entre las atezadas alfombras orientales. Por fin distinguí las orejas puntiagudas y la cruel cabeza achatada, y recordé el sueño en que había visto a Geneviève reclinada junto a ella. Los yelmos todavía colgaban sobre los raídos tapices, entre ellos el antiguo morrión español que Geneviève se había puesto una vez cuando nos divertíamos con las viejas armaduras. Miré nuevamente la espineta; cada una de las teclas amarillentas parecía dar expresión a su mano acariciante, y me puse en pie, atraído por la fuerza de la pasión de mi vida hacia la puerta sellada del cuarto de mármol. Las pesadas puertas giraron hacia adentro bajo mis manos temblorosas. La luz del sol se vertía por la ventana tiñendo de oro las alas de Cupido y se demoraba como una aureola sobre la frente de la Madona. Su tierna cara se inclinaba compasiva sobre una forma de mármol tan exquisitamente pura, que me arrodillé y me persigné. Geneviève yacía en la sombra bajo la Madona y, sin embargo, a través de sus blancos brazos veía la pálida vena azul, y bajo sus manos ligeramente asidas los pliegues de su vestido estaban teñidos de rosa, como si emanara de alguna luz apenas cálida dentro de su pecho.

Inclinándome con el corazón roto, roce con los labios los pliegues de mármol, y luego volví a la casa silenciosa.

Vino una doncella que me trajo una carta, y me senté en el pequeño conservatorio para leerla; pero cuando estaba por romper el sello, al ver que la joven se demoraba, le pregunté qué quería.

Tartamudeó algo acerca de un conejo blanco que había sido atrapado en la casa y preguntó qué debía hacerse con él. Le dije que lo dejara libre en el jardín vallado tras la casa y abrí la carta. Era de Jack, pero tan incoherente que pensé que habría perdido el juicio. No era más que una serie de ruegos de que no abandonara la casa hasta que él regresara; no podía decirme por qué, eran los sueños, decía; no le era posible explicar nada, pero estaba seguro de que no debía abandonar la casa de la rue Sainte-Cécile.

Cuando terminé de leer, levanté la vista y vi a la misma sirvienta a la puerta que sostenía una pecera de cristal en la que nadaban dos pececillos dorados.