Mi apartamento estaba en la última planta de la casa sobre el medio del patio, y se llegaba a él por una escalera que descendía casi hasta la misma calle dejando libre sólo un estrecho pasaje. Puse el pie en el umbral de la puerta abierta; la amistosa y ruinosa escalera se alzaba ante mí para conducirme al descanso y el abrigo. Al mirar por sobre el hombro derecho, lo vi a diez pasos de distancia. Había entrado en el patio conmigo.
Avanzaba derecho, ni lenta ni velozmente, sino derecho hacia mí. Y ahora me estaba mirando. Por primera vez desde que nuestras miradas se cruzaron en la iglesia, volvían ahora a encontrarse nuevamente, y supe que la hora había llegado.
Retrocediendo por el patio, lo enfrenté. Tenía intención de escapar por la entrada de la rue du Dragon. Sus ojos me dijeron que jamás podría hacerlo.
Parecieron transcurrir siglos mientras yo retrocedía y él avanzaba por el patio en perfecto silencio; pero por fin sentí la sombra de la arcada, y el paso siguiente me llevó a su interior. Había tenido intención de volverme aquí y de un salto huir a la calle. Pero la sombra no era la de una arcada; era la de una bóveda. Las grandes puertas de la rue du Dragón estaban cerradas. Lo sentí por la negrura que me rodeaba, y en el mismo instante pude leer en su rostro. ¡Cómo brillaba su rostro en la oscuridad mientras se me acercaba! La profunda bóveda, las enormes puertas cerradas, los fríos cerrojos de hierro estaban todos de su lado. Aquello con que me había amenazado había llegado: se recogía y pesaba sobre mí en las insondables sombras; el punto desde el cual atacaría eran sus ojos infernales. Sin esperanzas, apoyé la espalda contra las puertas atrancadas y lo desafié.
Hubo arrastrarse de sillas en el suelo de piedra y crujir de vestidos al ponerse la congregación de pie. Podía oír a la guardia suiza en el pasillo sur que precedía a Monseigneur C- al dirigirse a la sacristía.
Las monjas arrodilladas abandonaron su devota abastracción y, haciendo una reverencia, partieron. La dama elegante, mi vecina, también se levantó con graciosa reserva. Al partir su mirada recorrió ligeramente mi rostro con desaprobación.
Medio sordo, o así me lo pareció a mí, aunque con suma intensidad atento a la menor trivialidad, me quedé séntado entre la multitud ociosa que avanzaba; luego me levanté yo también y me dirigí hacia la puerta.
Había estado dormido durante todo el sermón. ¿Lo había estado en realidad? Levanté la cabeza y lo vi dirigirse por la galería a su sitio. Sólo lo vi de lado; su delgado brazo en su negra cobertura parecía uno de esos diabólicos instrumentos sin nombre esparcidos por las cámaras de tortura inutilizadas en los castillos medievales.
Pero me había escapado de él a pesar que sus ojos me habían dicho que no podría hacerlo. ¿Me había escapado de él? Del olvido, donde había tenido esperanzas de dejarlo, volvió lo que le daba poder sobre mí. Porque ahora lo conocí. La muerte y la espantosa morada de las almas perdidas a donde mi debilidad hacía ya mucho que lo había enviado, lo habían cambiado para cualesquiera ojos que no los míos. Lo había reconocido casi desde el principio; ni un momento dudé de lo que se proponía hacer; y ahora sabía que mientras mi cuerpo estaba sentado a salvo y animado en la pequeña iglesia, él había estado persiguiendo mi alma en el Patio del Dragón.
Me arrastré hacia la puerta; el órgano irrumpió en lo alto con estruendo. Una luz deslumbrante llenó la iglesia que borró el altar de mis ojos. La gente se desvaneció, los arcos, el techo abovedado desaparecieron. Dirigí mis ojos agostados al insondable resplandor y vi las estrellas negras en el cielo y los vientos húmedos del lago de Hali me helaron el rostro.
Y ahora, a lo lejos, sobre leguas de nubosas olas agitadas, vi la luna con perlas de rocío; y más allá las torres de Carcosa se alzaban tras la luna.
La muerte y la espantosa morada de las almas perdidas donde mi debilidad hacía ya mucho que lo había enviado, lo habían cambiado para cualesquiera ojos que no los míos. Y ahora oí su voz que se alzaba, crecía, tronaba en la luz relumbrante, y al yo caer, la irradiación que aumentaba más y más vertía sobre mí olas de fuego. Entonces me hundí en las profundidades y oí al Rey de Amarillo que me susurraba al oído:
– ¡Es terrible caer en las garras del Dios vivo!
EL HACEDOR DE LUNAS
He escuchado lo que los Conversadores conversaban: la conversación
Del principio y el fin;
Pero yo no converso del pnncipio y el fin.
I
Respecto a Yue-Laou y el Xin no sé más que lo que sabrán ustedes. Siento una tremenda ansiedad por aclarar el asunto. Quizá lo que escriba salve el dinero y las vidas del Gobierno de los Estados Unidos, quizás impulse al mundo científico a la acción; de cualquier modo pondré fin a la terrible incertidumbre que sufren dos personas. La certeza es mejor que la incertidumbre.
Si el Gobierno se atreve a no tener en cuenta esta advertencia y se niega a enviar sin demora, una expedición bien equipada, el pueblo del Estado se vengará sin vacilar de toda la región y dejará un desvastado yermo ennegrecido donde ahora arboledas y prados florecidos bordean el lago de los Bosques del Cardenal.
Ustedes conocen ya parte de la historia; los periódicos de Nueva York publicaron abundantes y supuestos detalles. Esto sí es cierto: Barris atrapó al "Abrillantador" con las manos rojas o, más bien amarillas, porque sus bolsillos, sus botas y sus sucios puños estaban llenos de piezas de oro. Yo digo oro con conocimiento de causa. Ustedes llámenlo como quieran. Saben también cómo Barris fue… pero a no ser que empiece por el principio de mis propias experiencias, no estarán ustedes después de todo mejor enterados.
El tres de agosto de este año estaba yo en Tiffany's conversando con George Godfrey del departamento de diseño. Sobre el mostrador de cristal que nos separaba había una serpiente enrollada, una exquisita pieza de oro cincelado.
– No -replicó Godfrey a mi pregunta-, no es obra mía; me gustaría que lo fuera. ¡Vaya, hombre, es una obra maestra!
– ¿De quién? -pregunté.
– También a mí me gustaría saberlo -dijo Godfrey-. Se la compramos a un viejo charlatán que dice que vive en el campo no lejos de los bosques del Cardenal. O sea cerca del lago Luz de Estrellas, según creo…
– ¿El lago de las Estrellas? -sugerí.
– Algunos lo llaman lago Luz de Estrellas… es igual. Pues bien, mi rústico Reuben dice que él representa al escultor de esta serpiente para todo fin práctico y comercial. Obtuvo su precio, por lo demás. Esperamos que traiga alguna otra pieza. Ya hemos vendido ésta al museo Metropolitan.
Yo me inclinaba ocioso sobre la caja de cristal, observando los ojos penetrantes del artista que parecían preciosos metales mientras observaban de cerca la serpiente de oro.
– ¡Una obra maestra! -musitó para sí mientras acariciaba la ondulante figura. ¡Mire la textura! ¡Vaya!
Pero yo no estaba mirando la serpiente. Algo se movía, salía arrastrándose del bolsillo de la americana de Godfrey, el bolsillo que tenía más cerca de mi, algo blando y amarillo con patas de cangrejo, cubierto de áspero vello amarillo.
– ¡Por Dios! -exclamé-. ¿Qué tiene usted en el bolsillo? Está saliendo… ¡Está tratando de subir por su americana, Godfrey!
Él se volvió rápidamente y cogió a la criatura con la mano izquierda.
Yo me eché atrás mientras sostenía al repulsivo bicho colgando delante de mí; rió y lo puso sobre el mostrador.
– ¿Vio alguna vez algo parecido? -preguntó.
– No -dije con sinceridad-, y espero no volver a verlo nunca. ¿Qué es?
– No lo sé. Pregúntaselo al museo de Historia Natural… ellos pueden decírtelo. Es, creo, el eslabón perdido, entre el erizo de mar, la araña y el diablo. Parece venenoso, pero no le encuentro colmillo ni boca. ¿Es ciego? Puede que estos sean sus ojos, pero parecen pintados. Un escultor japonés podría haber creado una bestia así de inverosímil, pero es difícil creer que sea obra de Dios. Además, parece sin terminar. Se me ocurre la loca idea de que esta criatura es sólo una parte de un organismo más grande y todavía más grotesco… parece tan solitaria, tan desesperadamente dependiente, tan desdichadamente inacabada. La utilizaré como modelo. Si no sobrepaso a los japoneses en japonesidad, no me llamo Godfrey.